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Comedia sobre la vejez dulce, amena y divertida

Por Enrique Fernández Lópiz

Gaspard Dassonville es un famoso productor y presentador de TV en el ocaso de su carrera, que a pesar de sus 63 años largos, pretende vivir como si fuera un joven, haciendo una flagrante negación de su edad. Entre otras, anda con mujeres treintañeras y se niega a reconocer signo alguno de envejecimiento; incluso a veces el físico no le da para poder mantener las relaciones sexuales que pretende. Por cosas de la vida, su anciano padre sufre una caída y se accidenta de forma que queda postrado en una silla de ruedas, lo cual que Gaspard se ve obligado a acoger en su casa a su padre, quien ya no se las puede arreglar por su cuenta. Pero su padre es otro personaje que encara singularmente su “cuarta edad” de ochenta y bastantes, de manera que con su actitud indómita y furiosa, el anciano no hace sino entorpecer la vida libre de su hijo, que antes hacía lo que le venía en gana. Una tras otra las cuidadoras se van marchando ante la actitud ofensiva del anciano padre. Hasta que llega Zana, una extravagante cuidadora con una gran imaginación y encanto personal. La figura de Zana hará que padre e hijo rivalicen por la mujer, pues cada uno a su manera, se ha enamorado de ella. Y a la vez, en ambos se producirán cambios sustanciales.

El director Nick Quinn dirige la película En la flor de la vida con solvencia y sentido del gusto y del humor, la idea de que el curso de los años pasa factura al cuerpo, pero no necesariamente al corazón. Es claro que Quinn busca gustar a un público amplio de adultos mayores, construyendo un film de formas suaves y afables, y personajes entrañables, a pesar de sus particularidades, con una forma lineal y fácil de narrar, sin aportaciones nuevas y sin correr riesgos. Tiene la cinta un buen guión de Andréïa Barbosa y Santiago Amigorena, que engarzan una tras otra escenas y episodios que tienen sus gags de humor surrealistas (la secuencia de los melones) y situaciones disparatadas (la escena del restaurante). Todo ello a través de una historia con moralina, con lineamientos sutiles y en ocasiones esperpénticos, pero siempre con toques sutiles, ingenuos e incluso naífs, que incluyen la figura del hada madrina de Zada, siempre dispuesta a una amable y alentadora sonrisa o a una actitud tierna y de amparo, a fin de salvar a padre e hijo, de sus mundos decadentes y egoístas. Tiene una bonita música de Éric Neveux y We Were Evergreen, y una buena fotografía de David Quesemand.

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En el reparto, las interpretaciones de los tres personajes principales encarnados por Pierre Arditti (el pícaro Gaspard), Jean-Pierre Marielle (el imposible Hubert), Julie Ferrier (la risueña Zana), van in crescendo conforme avanza el film, y es mi opinión que hacen excelentes trabajos en sus respectivos roles. El terceto protagonista, pues, se luce. Les acompañan perfectamente los actores y actrices de reparto Audrey Feurot, Radijove Bukvic, Pierre Vernier, Elisabeth Vitali, Cyril Guei y Laura Calamy.

En mi forma de ver estamos ante una comedia limitada, que no pretende ser una gran obra, pero que cumple su cometido como film entretenido, cordial, simpático y que aborda el tema de la vejez desde diferentes ángulos. Pero se subraya la del personaje mayor que pretende hacerse pasar por joven, obviando su edad y sus posibilidades. Esto me recordó una famosa frase de Dalí cuando dijo: Muchas personas no cumplen los ochenta porque intentan durante demasiado tiempo quedarse en los cuarenta”.

Todo esto implica, como decía antes, un ejemplo de la negación de la edad, negación que ha de considerarse como un auténtico mecanismo psicológico inconsciente de defensa contra la angustia a envejecer. De otro lado y paralelamente, el padre, un señor muy mayor (lo que hoy se denomina “cuarta edad”), es el típico anciano cascarrabias e insoportable que ha llegado a la cima de la vida anclado a componentes infantiles, con una estructura narcisista anómala que en palabras del psicoanalista Kohut, y que como se ve en el film se caracteriza por su rigidez, su hosquedad, intransi­gencia, rabietas, mal humor permanente, en fin, el típico viejo insoportable. Y la solución viene como caída del cielo con una mujer que aporta afecto y alegría, cualidades con la que la protagonista cuidadora Zana logra encauzar a ambos hombres mayores, siendo que ambos quedan prendados de ella. La actitud de Zena y su manera de conducirse los cambian radicalmente a los dos. Zana logra que dos zombis parisinos vuelvan a la vida y que el espectador pueda observar los acontecimientos con un optimismo lleno de sana candidez y espontaneidad: ¡la cura por amor!

En resolución, es la historia de un trío que a veces no convence pero que Nick Quinn nos presenta envuelto en cierto encantador envoltorio, más sustentado en la fantasía romántica que en la realidad. De este modo, los protagonistas mayores se encuentran en el camino de superar el síndrome de Peter Pan, aceptando finalmente su realidad, empujados por la fuerza vital de una hermosa y seductora mujer, llena de frescura y brío entrañable. Este hilo argumental, aunque un poco traído de los pelos, es suficiente para que la cinta se pueda ver sin pestañear. Este conjunto dulce, ameno, divertido, tierno y frágil, hace que salgas de la sala con buena onda, cierta contentura y una sonrisa dibujada en los labios. Para mí es recomendable.

Tráiler: https://www.youtube.com/watch?v=BM_NZuBSOZQ.

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