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Comedia ligera que puede cumplir una función educativa

Por Enrique Fernández Lópiz

La hora del cambio, además de comedia ligera, humor y crítica social que produce una angustia cerval, es todo un tratado de antropología cultural de los pueblos latinos, no sólo de Italia o España, sino también de los países del orbe latinoamericano (Chile, Argentina, Perú, Ecuador, etc.), y otros mediterráneos de lengua no latina tipo Grecia. Todos ellos encajan a la perfección en esta historia en la cual, por encima de la humorada o del gag más o menos afortunado, sobrevuela un mensaje lamentable, el de querer estar en misa y repicando, en el caldo y en la tajada. O sea, que avance el progreso ciudadano a través de la elección política pero sin aportar nada a cambio. Y como decía el eminente torero Rafael Gómez Ortega “El Gallo”: “Lo que no ‘pué sé no pué sé’ y además es imposible”.

Los vecinos del imaginario pueblo siciliano de Pietrammare, viven hartos de los políticos corruptos y la mala gestión de Patanè, actual e indeseable alcalde del lugar. En ese contexto prevalece un caos en el que la ley no vale nada. Pero ahora, ante la expectativa de nuevas elecciones, todo el mundo anda esperanzado con la elección de un nuevo alcalde. Con el nuevo edil, piensan, acabará la nefasta gestión de las carreteras de acceso al pueblo llenas de socavones, una mejor regulación del tráfico, coto a las construcciones ilegales, contención de la polución o una decente gestión de la recogida de basuras que yacen apiladas por las calles; también el control de los excrementos perrunos. Tienen también un hermoso puerto de mar pero sin barcos y una fábrica que vierte residuos tóxicos, unido a que los funcionarios del Ayuntamiento cobran pero no trabajan. Mas la ‘hora del cambio’ ha llegado con Natoli, el profesor que ha salido elegido con un exhaustivo y estudiado programa electoral, que además tiene toda la intención de cumplir.

Los directores Salvatore Ficarra y Valentino Picone (también coguionistas del filme y sus actores principales) se disponen a hablar en este su quinto largometraje, de la corrupción institucionalizada y del caciquismo rampante de un pueblo, lo cual que se puede extrapolar a una Comunidad Autónoma o a un País ¿Nos suena? En este film jocosamente lapidario, ambos cineastas, siguiendo la tradición de la comedia italiana de los cincuenta y sesenta, vienen a decirnos que “la corrupción no sale de los de arriba, está institucionalizada desde abajo, forma parte del arraigo social […] apuntan con bala a todos los estratos, desde el más bajo hasta la Iglesia Católica e incluso la Mafia” (Ocaña). Efectivamente, ambos realizadores ponen en solfa, no sólo al establishment, sino igualmente a los ciudadanos acostumbrados al clientelismo y los trapicheos para sobrevivir en una jungla de ilegalidad y anarquía.

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El guion de Ficarra y Picone, junto a Edoardo De AngelisNicola Guaglianone y Fabrizio Testini dibuja en un tono humorístico una realidad lastimosa donde la lógica más simple parece imposible, donde los ciudadanos pretenden que todo vaya bien pero viviendo de forma tan irregular como en el régimen anterior: no pagar impuestos, no acatar las leyes, quejarse de las sanciones de tráfico más evidentes (¡ahora los guardias ponen multas!), hay hasta una grúa que por vez primera se lleva loa autos mal estacionados (¡qué horror!). eso implica muchas medidas reglamentarias y sancionadoras: gorrillas fuera, calles limpias, permisos municipales a los vendedores ambulantes, que al menos por primera vez se incorporen al trabajo los funcionarios municipales, los guardias municipales o los forestales que tienen que cumplir con su jornada laboral, acostumbrados como estaban a pasar el día en el Bar.

Buena fotografía de Ferran Paredes, música de la que no sabría qué decir y una mediocre puesta en escena. Aunque la conclusión es una comedia divertida e igual la demostración de que se puede hacer una película popular directamente crítica y comprensible para todos.

El reparto está compuesto por cómicos provenientes de la televisión o del teatro, actores y actrices que tienen tirón en Italia y que se meten de lleno dentro del espíritu crítico-jocoso de la obra. Son personajes muy esquematizados, como esbozados simplemente, como infantilizados. Los actores Salvatore Ficarra y Valentino Picone destacan sobre el resto poniendo un toque de divertimento y chiste fácil pero resultón, un humor de “trazo grueso en el que es fácil reconocer el funcionamiento de la picaresca institucionalizada” (Bermejo); aunque a mí personalmente mucha gracia no me hacen. Sin embargo me ha parecido excelente la interpretación de Tony Sperandeo como Gaetano Patanè, el alcalde de siempre, el que da discursos pomposos, amigo del amiguismo y que hace regalitos a cambio de votos con una sonrisa impecable y permanente de cínico impenitente: ¡genial, el mejor! Vincenzo Amato cumple con su papel de Pierpaolo Natali, nuevo y medio-honesto alcalde con una interpretación un tanto sosa y de mirada vacía. Antonio Catania y Sergio Friscia son los culpabilizados y llorones guardias urbanos que se dedican por imperativo de la alcaldía a poner multas a diestro y siniestro con gran sentimiento de culpa. Leo Gullotta en exagerada teatralidad, estupendo como el cura del pueblo que mirando por sus intereses, un Hotelito para almas perdidas que no paga impuestos, incluso llega a resultar hereje y muy malsonante poniendo en duda si no estuvo bien la petición de libertad para Barrabás en el Nuevo Testamento. Acompañan Eleonora De Luca, muy simple y mona como hija del nuevo alcalde, Alessia D´Anna y Ersilla Lombardo, entre otros.

El film nos ofrece un humor de corte popular y yo no diría que es una cinta graciosa, quitando algún detalle o gag más o menos ingenioso; tal vez el humor siciliano no sea el nuestro; incluso puede que el humor no sea exportable, que no deba salir del contexto cultural de donde sale, sobre todo si el film tiene un tinte costumbrista o local. Claro está que a estas alturas nadie va a negar que hay un humor universal en el cine, por ejemplo: Jacques Tati, Charles Chaplin, Peter Sellers, Buster Keaton, Monty Python, Woody Allen, Cantinflas, los hermanos Marx, etc.

Yo creo que es una película donde se nos muestra la importancia del factor humano en estas comunidades latinas a las que me refería antes, tan dadas a las componendas. De hecho, las primeras protestas no vienen del incumplimiento del programa electoral, sino al contrario, surgen precisamente porque el nuevo alcalde electo lleva a cabo exactamente lo que había prometido en su programa: restablecer el orden y hacer cumplir las normas.

Aquí se da un fenómeno que psicológicamente yo expresaría como falta de Principio de Realidad. Incluso hay un personaje que ante el levantamiento del pueblo se atreve a poner en evidencia los adelantos que el pueblo ha experimentado con el nuevo intendente, las mejoras palmarias en el urbanismo, el tráfico y otras. Es el Pepito Grillo que habla poco pero contundente, ante el desatino de un pueblo sin razón al que con sus palabras, a modo de espejo, los pone frente a sí mismos. Pero la conclusión es que el único que canta la justa, el único que hace de embajador de la realidad es maniatado y quitado de en medio por la fuerza. Lo que el vecindario quiere es no pagar impuestos, continuar con el enchufismo y no cumplir lo que estiman severas reglas de convivencia, como por ejemplo el reciclado de basuras.

Frente a esto, la evidencia es que el pueblo está acostumbrado al “laissez-faire” “laissez-passer” de siempre; dejar hacer, dejar hacer y ¡viva la Pepa! De manera que lo que parecía resultar en la nueva política una solución, se convierte en un engorro ciudadano, que no quieren pagar el peaje del cambio en sus diversas formas civilizadas. O sea, todo concluye en la restitución en el gobierno local del antiguo alcalde infecto. Como dice Bermejo: “La corrupción no es un fenómeno ni de aquí ni de ahora pero no es un consuelo aceptar que hay sociedades incapaces de prescindir de ella”. Y esta idea, el film sabe trasladarla al espectador poniendo a las claras el funcionamiento corrupto de las instituciones más cercanas y cómo esa corrupción acaba siendo aceptada por los propios ciudadanos; o sea, una sociedad que de tanto tiempo en lo mismo se ha acostumbrado e interiorizado como suyo el caos que conlleva saltarse la ley.

La lástima es que para llevar a la pantalla esta idea tan importante e interesante, tome el film el camino “más burdo en una comedia que pide profundidad y sutileza” (Bermejo). Efectivamente, casi todo el metraje se excede en un humor rayando lo inconveniente con colmo de gags manidos y otros que gracia tienen poca. Además, le falta un tono más atrevido y cáustico para que, al fin, el poder político turbio estalle y salte por los aires, única manera de evitar una comedia pretendidamente simpática, para abordar con valentía una trama compleja que además se da en la realidad. Pues la película tiene un mensaje triste y dramático, el de un pueblo-país irrecuperable, donde el ciudadano en el fondo se niega al cambio, así como se niega también a realizar el mínimo esfuerzo en pos de un mejor bienestar y equidad.

Es una película que “puede resultar incluso dolorosa, pues las sociedades de Italia y España (y otros) tienen comportamientos muy semejantes. Un carácter propio del Lazarillo de Tormes, querer ir siempre por el camino más corto. Y, si esto incluye la picardía de saltarse las reglas, mejor” (Puerto).

La película no se centra en las elecciones, sino en lo que viene tras el tiempo de echar el voto en la urna. La cosa, como debe ser sabida, no es sólo votar sino, luego, comprobar, revisar y controlar qué hacen los cuadros electos. Y sabemos que, después, nos va a costar, como a los ciudadanos del film, la implementación de políticas y principios de convivencia como que no hay que fumar en recintos cerrados, etc. Ojalá con una cinta como esta, algunos se den cuenta de que hay que ceder y pagar por el bien común, que la tarea no es sencilla, pero no hay otra, hay que aportar para que funcione la sanidad, la educación, para que las rutas estén en buen estado o limpias las playas y ríos.

Por último quiero decir que la película funciona como un palíndromo, pues comienza y acaba de la misma forma, con el cambio de hora conforme a la estación, transcurridos seis meses, aunque no habla de años ni fechas (L’ora legale). Esta es otra figura del film y otra paradoja en que los tiempos y la hora se modifican conforme a la estación natural que corresponda, verano o invierno. No por la acción responsable de una ciudadanía que controle a sus políticos.

Tráiler: https://www.youtube.com/watch?v=afc2niEeW2Q.

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