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Comedia amable y respetuosa con la antigua RDA

Por Enrique Fernández Lópiz

Parece que fue ayer cuando, por una coincidencia, vi el estreno de Good bye, Lenin! en un cine de Madrid. Al salir me embargo cierto sentimiento de contento, algo muy diferente a lo que solía sentir cuando recordaba las dictaduras comunistas e imaginaba las calamidades y atrocidades que han pasado quienes han vivido décadas bajo su yugo. Dictadores sanguinarios como Iosif Vissariónovich Stalin en la URSS (1878-1953); Mao Zedong, déspota comunista chino (1893-1976); Nicolae Ceaușescu, un sátrapa en Rumanía (1918-1989); Erich Honecker, dictador en la Alemania oriental (1912-1994); Pol Pot, sanguinario camboyano líder de los Jemeres Rojos (1925-1998); Saparmyrat Nyýazow, autócrata comunista turcomano (Turkmenistán) (1940-2006); Kim Jong-Il, tirano comunista norcoreano (1942); o Fidel Castro Ruz, líder de la dictadura comunista en Cuba (1923).

Yo, que he vivido una dictadura, cuando estábamos aún en vías hacia la transición democrática, tuve oportunidad de visitar diferentes países comunistas, entre otros la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Lo hice pues preveía, como efectivamente habría de ocurrir poco más tarde, que estos aislados y oprimidos regímenes caerían pronto, de modo que quise ver con mis propios ojos qué cosa era el comunismo en la URSS, Bulgaria, Polonia, etc. Y yo digo y mantengo que Franco al lado de aquellos regímenes era poco menos que el pato Donald.

En la URSS se vivía un ambiente asfixiante, había cámaras en las habitaciones de los Hoteles, el mausoleo de Lenin no era nada comparado en cuanto a su dimensión teológica laica con el Vaticano, las fronteras eran tenebrosas y tardabas a veces horas en pasar el control de aduana pues te registraban hasta el dentífrico, no podías pasar prensa occidental, había altavoces dirigiendo a la gente en las plazas moscovitas o de Minsk, soldados y policías por doquier, policía secreta, securitate, etc., etc.

Bueno, esto amén de todo cuanto ya era sabido a lo largo de su triste Historia de purgas, fusilamientos, destierros, matanzas, hambrunas, trabajos forzados, enormes gastos militares en detrimento de la mera subsistencia del pueblo (miremos hoy la Corea del norte o la misma Cuba). Pues bien, todo eso, más lo que yo había leído, me hizo sentir una irrefrenable curiosidad por conocer de primera mano ese gran experimento social que fueron los grandes comunismos de principios del Siglo XX.

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En España, durante mi juventud, el bloque comunista vendió muy bien su propaganda y se hizo con las riendas de la ideología juvenil de aquellos felices años. Pero cuando en Varsovia, por poner un caso, le preguntaba yo a un parroquiano sobre las excelencias del comunismo, además de buscar un lugar discreto para que la policía secreta no lo detuviera, cuando pudo, tras un kiosko, me dijo poco menos que si estaba loco con esa afirmación sobre la bondad comunista. O sea, estaban hartos de la presión Rusa y de su imposición a una forma de imperialismo que como se demostró en Hungría, Checoslovaquia o China (Tiananmén), sólo se mantenía por la fuerza de las armas y el peso de un ejército en ciernes. Se imponía además el ruso como lengua obligatoria en el bachillerato, y a cambio no ofrecían nada atractivo a la juventud. Sin embargo, para rusos, polacos o búlgaros, el occidente, tanto Europa como los EE.UU de Norteamérica, estaba lleno de atractivos: música, moda, posibilidad de prosperar, etc. O sea, ya en aquellos entonces y a tenor de lo que vi, me afiancé en la idea de que a los tales sistemas les quedaba un recorrido breve. Mayormente porque la juventud estaba hasta el peplo de todo ese engaño en el que el Staff vivía de maravilla, y el resto del pueblo en un raro estado mezcla de hastío y gran enojo interior.

Pero mira por donde, con esta película se me volatilizó la mala onda y hasta tuve oportunidad de reír, una risa equivalente con las críticas de Wilder en Un, dos, tres de 1961, y lejos de la densidad de otros muchos filmes como Bárbara (2013), a los que ya me he referido en OjoCrítico.

Esta película se sitúa en el Berlín de 1989, a pocos días de que caiga el Muro. Justo cuando la madre de Alex, a la sazón una mujer orgullosa de su pasión por el comunismo, entregada en cuerpo y alma a la causa, en esos mismos días entró en coma por un accidente cerebro vascular. Ocho meses después, tras despertar de su letargo, su amantísimo y joven hijo hará lo imposible para esconderle la realidad de la caída del comunismo, y que no se entere de que ya se está viviendo la reunificación alemana. Que no sepa, en definitiva, que el capitalismo altivo y diabólico se ha apoderado al fin de la Alemania comunista. Todo el empeño del amoroso joven se vuelca en convertir el apartamento que habitan, con su madre reposando en la cama, en una especie de isla anclada en el pasado comunista, un espacio en el que todos los detalles: la comida, las celebraciones, incluso los programas de TV que él mismo rueda de forma casera con un amigo (las noticias de siempre, la salida en los trucados telediarios del líder Honecker); todo al detalle para que no se note la diferencia del gran cambio por el que está pasando el país. Las idas y venidas de su hijo son un ejercicio de amor y comicidad a partes iguales.

Toda esta parodia, todas estas cómicas y delicadas escenas del amor de un hijo, de la añorante madre, hace agradable y tierno el film, sin restar su carga de sátira, el retrato de la realidad de un mundo que cayó hecho pedazos en pocas horas, dejando a un lado a convencidos o nostálgicos del pasado, como su pobre madre.

La película está magistralmente dirigida por Wolfgang Becker, que construye una caricatura cordial de la época y del contexto de aquel Berlín recién reconvertido e invadido de curiosos occidentales. Becker logra continuas situaciones cómicas que contrastan con otras llenas de emoción, y al mismo tiempo, se permite criticar y mostrarnos las taras de ambos sistemas: el capitalista y el comunista, aunque a éste último le da más tralla. Todo ello con altas dosis de sátira. Por eso es admirable el gran guión del propio Becker junto a Bernd Lichtenberg, un guión cargado de chispa y encanto. Buena música de Yann Tiersen y una excelente fotografía, nítida y que sigue con la cámara a sus hiperkinéticos personajes, de Martin Kukula: gran uso de la música y el color. Buen montaje y puesta en escena, igualmente.

El reparto no puede ser mejor, destacando la interpretación genial y convincente de Daniel Brühl, a quien acompañan magistralmente Katrin Saß, Chulpan Khamatova, Maria Simon, Jürgen Vogel, Michael Gwisdek, y otros actores de reparto de gran calidad.

La película no es un tratado sociológico o político sobre la caída del muro o de los comunismos, tampoco pretende hacer un análisis histórico en profundidad. El film es ante todo una comedia entretenida y original, que aporta una visión amable pero también creíble de un fragmento de realidad, que toma su fuerza de un guión y una idea brillante. Una historia que cuenta cómo evolucionan sus protagonistas, los cambios y alternativas que se abren con el advenimiento de la democracia y el libre mercado. Una visión también respetuosa para con los antiguos habitantes de la República Democrática Alemana. En cierta ocasión, a un médico amigo de la RDA le comenté sobre esta película, y él meramente me dijo que recordaba su infancia y juventud en la Universidad de Leipzig, como una época feliz. Por supuesto con mi comentario no le quise faltar a su dignidad como persona o ciudadano de otra época y de otro contexto. Y en el mismo sentido de la respuesta de mi amigo, esta película aporta frescura, humor positivo y una visión afable de aquella RDA que ya ha tenido su ración de profundas cargas explosivas en otros filmes.

Considero, pues, esta cinta una obra didáctica para quienes no conocieron el comunismo, y además, una lección simpática de esta forma de gobierno, sin acritud ni causticidad excesiva. Se cuenta la caída del muro de Berlín y la reunificación alemana a finales del siglo XX. Se muestra la inutilidad de quedar anclado en el pasado y la necesidad de evolucionar. Pero W. Becker nos regala a modo de fondo, de aspecto latente, un regalo que nos conmueve e inunda de lógica melancolía, relacionado con lo que me dijo mi amigo Doctor: que los que vivieron aquella situación guardarán en su memoria los tiempos de austeridad y privaciones en los que se criaron y crecieron, y que a pesar de lo malos que fueron, los llevaran melancólicamente en sus corazones, por formar parte de su identidad y su existencia, de aquella época que muchos berlineses vivieron en su henchida juventud, esa que no volverá.

En resolución: recomendable, prodigiosa, entretenida, humana y llena de una sana y sincera emoción. Recuerdo a nuestro escritor Francisco Umbral, que decía que la guerra civil española, e incluso la postguerra, a pesar de lo mala que objetivamente había sido para España, impregnó no obstante los espíritus jóvenes de quienes lo eran en aquellos entonces, de quienes la vivieron en su momento; y que por eso él, y otros, recordaban aquella época como un tiempo feliz. No por las circunstancias en sí, sino porque en ellas eran mozos y de corazón alborozado. Algo que en ocasiones no se tiene en cuenta a la hora de abordar la Historia. Pues eso.

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