Image Image Image Image Image Image Image Image Image

Cinta poética donde las haya, película icónica de Erice

Por Enrique Fernández Lópiz

En El espíritu de la colmena, la historia se desarrolla en plena época de post guerra, a principio de los años cuarenta en un pequeño pueblo castellano. Isabel y Ana, dos hermanitas de seis y ocho años ven un domingo en el cine del pueblo la película El Doctor Frankenstein. Impresionada por el visionado de la película, la hermana pequeña pregunta incesantemente a su hermana mayor sobre el monstruo de la historia. Isabel le dice a Ana: “Te lo he dicho, es un espíritu. Si eres su amiga, puedes hablar con él cuando quieras. Cierras los ojos y le llamas. Soy Ana…Soy Ana…

Hay un detalle digno de mención en esta película. Me refiero a que los personajes que interpretan los protagonistas, tienen el mismo nombre que en la vida real. Como digo, este dato, lejos de ser fortuito es consecuencia de algo que se conoce bien en Psicología infantil, esto es, la dificultad de los niños para entender la diferencia entre realidad y ficción, algo que Baldwin, eminente psicólogo del desarrollo denominó “adualismo” (fenómeno de indiferenciación entre los contenidos internos y externos); es un fenómeno sencillo y a la vez complejo y fascinante. Pues bien, según contó en su momento Erice, Ana Torrent, la niña debutante y protagonista, no comprendía la razón del por qué los actores y actrices se llamaban de una forma y al comenzar el rodaje, cambiaban de nombre. Fue esta simple y a la vez profunda anécdota, lo que llevó a Erice a cambiar todos los nombres a los protagonistas, por sus propios nombres de pila. Para evitar la confusión que producía en la niña Torrent.

En cuanto al título del film, Erice declaró: “El título, en realidad, no me pertenece. Está extraído de un libro, en mi opinión, el más hermoso que se ha escrito nunca sobre la vida de las abejas, y del que es autor el gran poeta y dramaturgo Maurice Maeterlinck. En esa obra, Maeterlinck utiliza la expresión ‘El espíritu de la colmena’ para describir ese espíritu todopoderoso, enigmático y y paradójico al que las ovejas parecen obedecer, y que la razón de los hombres jamás ha llegado a comprender”.

Esta película trata la infancia como etapa de intuición e incluso sabiduría, cuando somos puramente perceptivos. Ambas niñas lo son. Y Erice sabe y recrea esa certeza de que cuando nos hacemos mayores, perdemos sensorialidad, perceptividad, somos más autoconscientes, pero menos sensoriales y motores, como también dijera el sabio de Ginebra y psicólogo Jean Piaget. Por eso, la película nos cuenta ese mundo de sombras, inquietudes, temores que las niñas protagonistas tienen, donde todo es posible y donde por vez primera, Ana, viendo la película del Doctor Frankenstein, se tropieza con la muerte de una manera feroz. Tanto ella como Isabel asisten al simulacro de muerte, cuando la criatura lanza al mar a la niña, al haberse quedado sin pétalos. Un universo infantil en el que las sombras o los sencillos sonidos, se conforman a modo de constelaciones sensoriales que hacen creer que todo es posible.

el-espiritu-de-la-colmena-2

Estamos ante un icono de nuestro cine, película dirigida magistralmente y con enorme sensibilidad por Víctor Erice, con un guión sobresaliente del propio Erice junto al guionista, ensayista y crítico de cine Ángel Fernández Santos. Gran música del enorme compositor que es el bilbaíno de la denominada Generación del ´51, Luis de Pablo Costales, una de las figuras cumbre de nuestra música contemporánea que escribió una banda musical extática para acariciar imágenes de puro lirismo.

La fotografía es muy importante en este film donde los personajes, los adultos sobre todo, son especies de zombis que se mueven sin ilusión tras una cruenta guerra que ha tornado ocre sus tristes existencias. Por ello, Luis Cuadrado, el operador, y Víctor Erice, tiñen color miel los interiores en la película quitándoles todo atisbo de luz solar, o sea de vida, punto de arranque para explicar el estado de ánimo tenso y desesperanzado de los Fernán Gómez o Teresa Gimpera, anonadados, que habitan un mundo derruido. Por eso estas imágenes tienen una gran intensidad visual que flota por encima de toda la historia, surtiendo un efecto de imponente dramatismo.

Esta indócil y preciosa película tiene ahora cerca de cuarenta y cinco años, pero vista hoy parece actual, incluso podría afirmarse que es una obra adelantada a muchas de las se hacen actualmente, “pues muchas de sus imágenes no tienen explicación racional directa, sino que actúan como caja de resonancia interior de cada nuevo espectador” (Massanet). Y es que, aunque los hechos suceden tras la guerra civil española, sin embargo, el viaje iniciático de la niña es anhistórico, universal.

En cuanto al reparto, cuenta con un elenco de actores de gran categoría como Fernando Fernán Gómez que está sublime. Laly Soldevilla, genial. Teresa Gimpera, excelente. José Villasante, muy bien como el monstruo Frankenstein. Miguel Picazo, dentro de su gran nivel actoral como el Doctor. Y la destacada intervención de la niña Ana Torrent, recién descubierta para el cine; y otra niña igualmente maravillosa, Isabel Tellería. Producida por Querejeta, fue Concha de Oro a la mejor película en el Festival de cine de San Sebastián en 1973, y significó un punto de inflexión entre el cine español de “antes” y el posterior a esta obra.

Es una película cargada de simbolismo, que tiene como telón de fondo la guerra civil, y sobre todo una visión impresionable y poética del mundo de los niños, de su aislamiento en el interior de la familia y la sociedad, de sus sueños y fantasías. Como escribió Fernando Morales: “Uno de los clásicos de nuestro cine. Víctor Erice acertó de pleno con este filme situado en la España rural de la posguerra y que centra su atención en una niña y sus emociones respecto al mundo que le rodea. Magnífico trabajo de Ana Torrent, ambientes conseguidos, imágenes que por sí solas lo dicen todo y un guión, firmado por el propio director y Ángel Fernández Santos, de infinitas posibilidades dada su calidad. Una película imprescindible.” Efectivamente, es una película imprescindible, porque imprescindible es la poesía. Muchos consideramos que fue en ese 1973 cuando afloró, de la mano de Querejeta, una de las películas españolas más bellas del pasado siglo, aunque para mí, Querejeta compuso también dos sinfonías fílmicas de gran lirismo y hermosura: una en 1983, El sur; y la otra en 1992, más en plan documental-ensayo, la maravillosa y pura, El sol del membrillo.

Así pues, esta película que ahora comento es una cinta poética, poesía no metafísica, ni onírica, ni que hable del celestial embargo de las cosas. No, es poesía “con la energía de la realidad, de la vida misma, a ras de suelo, que es el verdadero territorio de los grandes poetas” (Massanet). Esto hace que en su forma de hablar de la vida, nos muestra cómo ésta se apoya en genuinas conexiones líricas que, como lo sublime y real-maravilloso, desafía toda razón.

Un clásico del cine español. Lo único que hay que tener es la paciencia para verla entera: un rodaje lento, muy lento, muy pausado, tanto que para algunos puede costar acabarla e incluso puede hacerse pesada. En cualquier caso así es el cine poético de Erice, y la poesía es de esta forma, hay que leerla con pausa, sin apuro. Sin embargo hay espectadores a los que les gusta un cine precocinado, los cuales no entienden bien esta forma de verso en imágenes. Este cine no es comercial; algún espectador sé que conceptúa esta película como “anticine”. Claro, esta cinta habla de los recuerdos de niñez de quienes escribieron la obra, Erice y Fernández Santos, y a partir de esos recuerdos, construyen otra niñez frente a la cual están los enigmas de vidas con imágenes sinuosas y angulaciones que a muchos les pasan por alto. Esta película hay que saber visionarla. Y sobre todo verla con buena disposición y calma. Para que finalmente, deleite.

Tráiler aquí: https://www.youtube.com/watch?v=dBvt1GQi1v0.

Escribe un comentario