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Cinema Paradiso, declaración de amor al cine

Por Jorge Valle

Entramos en una sala de cine y nos sentamos en la butaca. Se apagan las luces y se enciende la pantalla. Está a punto de dar comienzo una experiencia única –pues cada película es un universo totalmente distinto- que puede reportarnos mucho más que un simple entretenimiento. Y es que adentrarse es una sala de cine es adentrarse en sensaciones, historias y pensamientos que quizá nunca podríamos haber llegado a concebir. Es la magia del cine para transportarnos a lo inimaginable, para desatarnos de las cadenas de la realidad durante dos horas y perdernos de lleno en lo imposible, en lo utópico, en lo onírico. El cine, como elemento esencial del arte durante todo el siglo XX, es capaz de traspasar nuestro corazón gracias al poder de las imágenes en movimiento, a la empatía que nos provocan los personajes que pueblan esas historias fantásticas o reales, al fascinante conocimiento que subyace en cada escena, a la desconexión –que todos necesitamos a veces- del doloroso mundo real. No hablamos, por supuesto, de cualquier película, pero sí de esas que parecen vencer el paso del tiempo y, lejos de caer en el olvido, permanecen en la memoria colectiva y popular. Películas que por sí solas recogen y muestran la verdadera esencia del cine. De entre todas ellas, quizá sea Cinema Paradiso, la obra maestra que el italiano Giuseppe Tornatore firmó en 1988, la mejor prueba de que el cine puede ser una forma de vida.

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El periodista y escritor Javier Marías aseguraba en su reciente artículo “Las lecciones de la imaginación” que la literatura constituía “el mejor aprendizaje de la vida, lo que nos permite reconocer a cada instante lo que está sucediendo y aquello por lo que atravesamos”. Quizá está frase pueda hacerse extensiva al cine que, sin alcanzar el grado de complejidad de la literatura, también puede reportarnos importantes y necesarias lecciones de vida. Las mismas que Alfredo (Philippe Noiret) le ha ido enseñando al niño Totó (Salvatore Cascio) durante toda su vida. Y es que Cinema Paradiso constituye un canto al primer amor, a la amistad verdadera, al cariño eterno de una madre, a los sueños cumplidos de juventud, al calor del entrañable hogar, a la vida. Pero también una muestra del imperdonable olvido, de la fugacidad y caducidad de la vida, del inexorable paso del tiempo, de la pérdida, de la muerte. Por eso las sensaciones que nos provoca Tornatore son tan extremas: de las carcajadas a las lágrimas hay tan solo un paso, el mismo que decide dar un Totó ya al borde de la madurez al abandonar su pueblo y emprender una nueva vida, consciente de todo lo que está a punto de dejar atrás, quizá para siempre. Crecer es aprender a despedirse.

No importa que Tornatore abuse de la lágrima fácil en uno de los finales más emotivos de la historia del cine, pues el director italiano ha conquistado nuestro corazón desde la primera escena, al igual que el cine conquistó el de Totó desde la primera vez que entró en ese Cinema Paradiso, en esa fábrica de sueños que simboliza mucho más que un simple lugar de reunión y divertimento para los habitantes del pueblo. Un cine que, unido a la maravillosa banda sonora de Ennio Morricone, transporta al protagonista a la alegría ingenua de la infancia, a las primeras dudas de la adolescencia, al abandono de la inocencia y la entrada en la madurez y, finalmente, al derrumbamiento de las ilusiones de juventud, para siempre guardadas en la caja fuerte de su memoria. Tornatore ama el cine e imprime esa pasión a cada plano y cada escena, a cada diálogo y cada personaje. Totó también se ve impregnado de ese amor, dedicándole cada minuto de su vida. Y nosotros, ahogados en lágrimas, no podemos hacer otra cosa que proclamar que sí, que también amamos el cine y todo el vendaval de emociones y sentimientos que nos provoca. Y es que cuando las luces del cine se apagan, empieza la magia…

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