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Cine social de Olea que deviene género melodramático y sexual

Por Enrique Fernández Lópiz

Hace unos días me entretuve en ver esta película de la segunda mitad de los setenta, española para más señas, por recordar parte del cine que entonces se hacía, con problemáticas sociales diferentes a las de hoy, pero sobre todo con carga sexual inopinada en aquellos días. Un film de calidad media, la verdad.

En La Corea, Toni (Ángel Pardo) es un joven pueblerino adolescente e inocente, con apenas diecisiete años, que aterriza en Madrid con ganas de encontrar un trabajo y un sentido a su vida de adolescente sin una identidad formada. Otro joven de su mismo pueblo lo recoge con una potente moto que ya impresiona a Antonio, le busca una pensión y lo pone en contacto con Charo, una mujer madura a la que apodan “la Corea” (Queta Claver). La Corea es así llamada porque se dedica a buscar y facilitar muchachos a los americanos de Torrejón desde los años cincuenta, cuando la Guerra de Corea, de ahí el nombre. Además, La Corea es igualmente la cabecilla de una organización de delincuencia juvenil. El asunto peliagudo surge cuando La Corea pierde la cabeza y los papeles enamorándose perdidamente del muchacho Antonio, lo cual desata las iras de su anterior amante y gigoló, otro joven de nombre Sebas, una especie de chorizo peligroso que se encela con el pobre y nuevo muchacho, al cual perseguirá hasta el final.

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El director Pedro Olea, un director irregular que despuntó con su film El maestro de esgrima de 1992, cuya cinta obtuvo en ese año 3 Premios Goya al mejor guión adaptado (Olea y otros), banda sonora y vestuario y 11 nominaciones, basada en la novela homónima de Arturo Pérez Reverte. Pues bien, en la película que ahora comento, Olea logra una obra testimonial de calidad media-baja, con toques sociales en la cual delata los peligros que acechaban a los jóvenes rurales de los setenta en la jungla urbana madrileña. Al principio puede parecer un relato presuntamente distanciado de la realidad, pero poco se va haciendo por momentos más convincente. No obsta para que su voluntad testimonial acabe diluyéndose dentro de las convenciones del género melodramático más o menos escabroso. Y este sesgo está sustentado en un guión que argumentalmente es de Olea, pero cuyo libreto está escrito además de por el propio Olea, por Alfonso Jiménez RomeroJuan Antonio Porto. El resultado es un eje vertebral mediocre que se precipita a veces y otras cambia de registro, con algunos diálogos, eso sí, interesantes por momentos. No está mal la música de Carmelo A. Bernaola y pasable la fotografía de Fernando Arribas.

En el reparto destaca Queta Claver que brilla con luz propia en la película con una meritoria y dramática actuación. Igualmente resultan eficaces y están en un nivel aceptable Ángel Pardo como ingenuo personaje que es la antítesis de los que luego haría con Eloy de la Iglesia (Los placeres ocultos, 1977 y El diputado, 1978) y una atrayente Cristina Galbó que hace gala de un inquietante poder de sugestión en un papel con toques de sensualidad. Acompañan correctamente más o menos, Encarna Paso, Dean Selmier, José Luis Alexandre y David Thompson.

Se trata de una película de tono duro en torno al amor que siente una mujer madura metida en asuntos turbios por un joven recién llegado a Madrid para trabajar bajo su amparo. El film tiene considerables defectos, pero su trama sucia y de corte naturalista atrapa por el interés que tienen los personajes y por el interés también de los diálogos que se cruzan los personajes en ocasiones, como decía antes; es, pues, una obra sólo en cierto modo lograda.

Esta película forma parte de tres filmes que componen la trilogía firmada por Pedro Olea como director por encargo del productor José Frade, trilogía que completan Tormento (1974) y Pim, pam, pum… ¡Fuego! (1975) que se inscriben en el denominado cine social que Olea pretendió hacer en aquellos comienzos de los años setenta. Sin embargo, estas cintas dieron más que habar por la temática sexual y más concretamente la temática homosexual que por lo social; sin olvidar el amor de la mujer madura con un adolescente (asunto poco tratado por aquel entonces), y algunas escenas “duras” que chirriaban en la época.

Las escenas finales son realmente dramáticas, con gran tensión emocional y un final trágico que no deja impávido al espectador. Mi experiencia con esta película es que va de menos a más, que al inicio resulta algo tediosa, pero acaba con un ritmo in crescendo que sube de voltaje sobre todo en las escenas últimas, rodadas en los túneles de metro madrileño.

Puedes ver la película la completa aquí: http://www.rtve.es/alacarta/videos/historia-de-nuestro-cine/historia-nuestro-cine-corea/3702440/.

Comentarios

  1. Iñigo

    Solo un apunte: las películas que emite “Historia de nuestro cine” están disponibles en RTVE a la Carta pero durante una semana. De ahí que ya no se pueda acceder al contenido. Por otra parte, qué gran programa, qué guapa está siempre Elena S. Sánchez y qué buenos historiadores del cine tenemos, empezando por Fernando Méndez Leite y Carlos F. Heredero. Un saludo, colega.

  2. Enrique Fernández Lópiz

    De acuerdo total. Saludos

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