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Cine que duele: imponente acercamiento al infierno de Auschwitz

Por Enrique Fernández Lópiz

Se sitúa esta película El hijo de Saúl en el año 1944, en el centro del horror del campo de exterminio de Auschwitz. En este campo hay unos comandos de judíos, llamados los ‘Sonderkommando’; a éstos los llamaban los “portadores de secretos”, vivían aislados de los prisioneros y forzados a asistir como mano de obra a los mandos nazis en la logística del exterminio. Estas patrullas eran, pues, las encargadas de llevar a la cámara de gas a los prisioneros judíos provenientes de otros lugares. Los desvisten, los introducen en dichas cámaras y luego se encargan de quemar los cadáveres, esparcir sus cenizas y limpiar las cámaras para sucesivos grupos que habrán de venir. En esta macabra tesitura, un prisionero judío húngaro llamado Saúl, miembro de un ‘Sonderkommando’, encuentra en el suelo a un niño que ha sobrevivido al gaseamiento letal. A partir de aquí, este hombre hundido psicológica y físicamente, halla una forma de supervivencia moral, tratando de que no quemen el cuerpo del niño, al que finalmente matan, y darle una sepultura religiosa según el rito judío ortodoxo. Para ello, incluso llega a afirmar al médico y compañeros, que el niño es su hijo, de ahí el título de esta escalofriante película.

Imagino que los miembros de jurados como la Academia de Hollywood, Cannes, Globos de Oro, etc., han quedado impresionados por este terrorífico film, Ópera Prima del húngaro László Nemes de 37 años. Nemes ha realizado esta obra con un estilo clásico: rodada en 35 mm., cámara en mano, primerísimos planos, encadenamiento de largos planos secuencia donde los tiempos de cada plano son los precisos, ni más ni menos. Esta manera de hacer consigue que el espectador se introduzca como por una puerta maquiavélica, en el pavor de las salas de gas y de los hornos crematorios, y participar de la pesadilla de Saúl; el espectador se convierte en un prisionero más de la barbarie nazi. László Nemes consigue aportar algo nuevo y terrible a las películas sobre la temática del Holocausto judío. Como escribe Marañón: … a diferencia de otros filmes históricos sobre el genocidio judío, El hijo de Saúl libera al cine de las rémoras con las que trató esa visión adocenada y rutinariamente compungida del Holocausto. Fuera del parque temático, esta película, obra de arte incómoda, nos interpela de nuevo, nos resitúa ante el horror”.

Sólo con el primer plano de la cara de Saúl, la cámara pegada a la espalda o la cara de Saúl, el formato de proyección cuadrado que resulta asfixiante, eso ya condena a lo que ocurre a su alrededor a una realidad “extracampina” (“fuera de campo”) que no lo es del todo; lo que vemos al fondo de manera difuminada es la barbarie donde se entrevén los cuerpos de los judíos asesinados y posteriormente quemados. A esos cadáveres los llaman “piezas” y cada uno de esos cadáveres ya muertos, cada pieza, es como si el espectador la arrastrara al foso del horno que los habrá de convertir en un vestigio, una pavesa.

El guión de László Nemes y Clara Royer es sencillo pero efectivo, muy efectivo. Narra la única manera de redención de un hombre desesperado. Pues qué otra cosa puede sentir una persona que se pasa el día matando, quemando, esparciendo cenizas de sus congéneres y oliendo a carne humana quemada, a pesar de la improvisada mascarilla que utiliza. Todo casi en silencio, sin poder salirse un milímetro de la función que los nazis les han encomendado, sabiéndose un paria judío con una gran aspa roja a la espalda de su harapienta chaqueta.

La música de László Melis, notas de cuerda y voces que lloran, es impresionante. Oscura y a la vez sugerente la fotografía de Mátyás Erdély. Y el rigor de su puesta en escena que hace de esta película una experiencia inédita.

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Siguiendo a Ocaña, podríamos decir que esta película logra el objetivo de inquietarnos hondamente e introducirnos en un mundo de tiniebla y desesperación por varias razones. La primera es un magnífico sonido de corte hiperrealista por medio del cual cada roce, cada grito, cada disparo, cada respiración, parezca un navajazo en el estómago del que ve la película”; así, el drama se expresa, entre otros, a través de un espectacular trabajo sonoro.

La segunda causa tiene que ver con una cámara ágil casi siempre detrás de Saúl mientras trabaja en los crematorios y que se mueve al mismo ritmo de los numerosos planos secuencia; y en torno al personaje, de manera vaga, se insinúan tiros de gracia, cámaras de gas, crematorios, descuartizamientos, fosas comunes, etc.; el horror que rodea al protagonista está, así, desenfocado o se manifiesta según el tenor del film, en el intervalo entre lo visible y lo invisible, un “entre imágenes” que hace aún más insoportable su visionado.

En tercer lugar, una limitadísima profundidad de campo, de apenas un metro en muchos momentos; en realidad, al director sólo le importa mostrar lo que está inmediatamente delante del personaje. Un procedimiento que, a la vez, ejerce de recurso formal ético y de metáfora de fondo. La claustrofobia es inmediata y el pánico no cesa.

Y habría que añadir un cuarto y crucial tema en esta película, esto es, cómo Saúl pone en riesgo a sus compañeros de campo vivos, para honrar al niño muerto. Aunque como alguien dice en la película, “nosotros ya estamos muertos” (cito de memoria). Nemes, habla del impedimento de tener una visión global del campo de exterminio en esas condiciones, y eso se transmite.

El reparto es sobre todo un excelente y convincente Géza Röhrig, debutante también, que lleva el personaje de Saúl con absoluta y tremenda credibilidad; yo, mientras visionaba la película me sentido una o cincuenta veces Saúl, el último hombre sobre la tierra que lo único que pretende antes de morir, es enterrar a su hijo, aunque en realidad no es su hijo, salvar al niño espiritualmente hablando, buscar a un rabino en el caos del campo para enterrar ese cuerpo infantil en la paz de Dios. Acompañan en la pantalla más que mejor, Levente Molnár, Urs Rechn, Sándor Zsótér, Todd Charmont, Björn Freiberg, Uwe Lauer, Attila Fritz, Kamil Dobrowolski y Christian Harting. Un conjuntado grupo de intérpretes sin par.

Entre premios y nominaciones en 2015 tiene: Premios Oscar: Mejor película de habla no inglesa. Festival de Cannes: Gran Premio del Jurado y Premio FIPRESCI. Premios César: Nominada a mejor película extranjera. Globos de Oro: Mejor película de habla no inglesa. Independent Spirit Awards: Mejor película extranjera. National Board Review (NBR): Mejor film extranjero. Satellite Awards: Mejor película de habla no inglesa. Sindicato de Directores (DGA): Nominado a mejor nuevo director. Círculo de Críticos de Nueva York: Mejor ópera prima. Critics Choice Awards: Mejor película de habla no inglesa. Críticos de Los Angeles: Mejor película extranjera. Asociación de Críticos de Chicago: Mejor película extranjera. 3 nominaciones. No sé si se puede dar más, es realmente sensacional el calado que esta cinta ha tenido en Festivales y otros circuitos.

Nemes resulta certero, artesano y asfixiante, enfocando a un espíritu desgarrado, un rostro casi de demente, encarnado por un enorme Géza Röhrig; toda la película es vivida a través de sus expresiones, de sus gestos, de sus comportamientos, de sus ojos atentos pero muertos en vida que nos muestran los lugares que él visita: el espectador está donde está Saúl. Como escribe Martínez: obra maestra incuestionable […] Es cine enorme desde la intimidad. Es cine que duele, arrasa y, definitivamente, abre los ojos.

Esta película no aparece en los créditos como historia real; es una fabulación de la historia real que fue Auschwitz, y a ella se adscriben elementos del cine carcelario, insurrección incluida, y los códigos del survival que ocupan el tramo final, y cuyo excelente cierre tendrá que descubrir cada cual con la sonrisa congelada. Como escribe Reviriego: … es una obra maestra. […] es una película que lleva el siempre tan delicado cine de ficción en torno al Holocausto nazi un paso más allá en la historia del cine”. Un paso más y diez pasos más, digo yo.

Amigo, esta película no es broma; es una película desasosegante, penosa, impetuosa, irrespirable e inaudita. Te lleva al centro de la peor pesadilla de la historia humana, al nódulo central del infierno en la tierra. Por momentos querrás correr, salirte de la sala, pero no lo haces. No lo haces porque en el fondo es de agradecer este realista trabajo, tan alejado de los convencionalismos. László Nemes ha dado un puñetazo en la mesa y ha puesto en imágenes hasta dónde puede llegar el ser humano con sus semejantes, o sea, la malignidad en estado puro del hombre. Queremos huir, pero nos quedamos para darnos cuenta de un miedo que huele a hedor y cuerpo quemado. Yo no había visto nunca nada igual.

Tráiler: https://www.youtube.com/watch?v=lq8mg8u8oOg.

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