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Cine neo-quinqui hoy: clamor y denuncia en la “crisis” actual

Por Enrique Fernández Lópiz

El título Criando ratas quiere decir que el delincuente juvenil acaba incubando “lo más bajo del ser humano”, dijo el productor de este film. Comienza esta película con un proverbio de Salomón (Proverbios 28:10) que dice: “El que desvía a los hombres rectos por un mal camino, en su propia fosa caerá”. Este proverbio continúa así, aunque no se encuentre en la leyenda inicial: “Los hombres íntegros obtendrán la felicidad”. Aunque se habría podido completar con Mateo 25: 52, cuando refiere las palabras de Jesús en el huerto de Getsemaní: … “todos los que tomaren espada, a espada perecerán”. Hago estas referencias bíblicas porque el director del film Carlos Salado las menciona y también, porque creo que las tales sentencias son, a la vez que veras, muy duras en cuanto a su mensaje. Como dura es esta cinta que yo he visionado atentamente en Youtube, pues el mero hecho de hacer una película me merece gran respeto. Más aún cuando se ha tenido la perseverancia de rodar durante años con un bajísimo presupuesto y múltiples dificultades, a modo de accidentado trabajo (rodaje paralizado un año pues el protagonista estuvo en la cárcel, etc.). Como afirma el productor Rubén Ferrández: “Llevamos en este proyecto seis años. Ha sido un tiempo peleando con todo, pero siempre comprometido con contar la realidad”. Y lo mejor, agrego yo, con un resultado más que digno; y de gran interés a todo nivel: social, educativo, de divulgación, documental, etc. Pero a eso me voy a referir ahora.

Esta película es exactamente un viaje al universo “neo-quinqui”, término que agrada a los responsables de la cinta, pues se declaran admiradores del género. Es una obra que tiene todo el tinte de cine cuasi documental. En la historia, el “Cristo” es un delincuente endeudado con un traficante importante de su barrio. Bajo el efecto de diversos estupefacientes y urgido por conseguir dinero, va llevando a cabo todo tipo de delitos. Pero sus locas acciones, así como los errores que va cometiendo en su periplo delictivo, le van granjeando enemigos. Junto a esta trama, tres muchachos que se inician en la delincuencia van a sufrir las consecuencias de su forma de vida, llegando a tomar conciencia del duro peaje que habrán de pagar por sus tropelías.

El largometraje fue rodado entre los años 2010 y 2016, de forma independiente y colaborativa, por el productor Rubén Ferrández y el director y compositor Carlos Salado, encargado de su realización, del guión, de la fotografía y de la banda sonora. Puede parecer demasiado, pero Salado acomete todas estas tareas y desempeña todas estas funciones con una integridad y un arrojo encomiables. La película es de gran crudeza, pero sin resultar excesiva en sus escenas de sexo ni de violencia. Más bien resulta una cinta sórdida y terrorífica por el clima de angustia y desesperanza que viven sus protagonistas. Quiero recordar aquí las palabras de un grande del cine social, del cine quinqui de los setenta, el marginado Eloy de la Iglesia, cuando en una de sus últimas entrevistas afirmó: “Hay un mimetismo en lo escabroso. Poco a poco vas entrando en unas áreas de sordidez alucinante. Es un miedo incontrolado que no deja de atraerte. Yo descubrí en mí mismo eso de lo que tantas veces te permites hablar y opinar: lo marginal”. Lo marginal, vaya palabra y cuánta complejidad y tristeza y penuria e injusticia asoma tras de ella. Significa estar fuera del circuito social, fuera del campo (extracampino), en el exterior de la línea que separa la “civilización” del mundo de la selva donde habita la prostitución, la droga, la violencia, la supervivencia o la muerte. Nada bueno hay en lo que socialmente denominamos marginal. Incluida la esperanza.

Pero hay que puntualizar en relación a esta película pues, como dice Salado, “no contamos la historia de esos barrios, sino de una parte, de aquella que tiene que ver con la delincuencia, con la subcultura de la delincuencia. Por supuesto, que allí hay gente honrada que nada tiene que ver con lo que sale en la película”. Obviamente, es claro, en los barrios hay de todo, como en botica.

Con relación al pasado cine quinqui Ferrández declara que “las heridas de la crisis son las mismas. Aquel cine, el de la Transición, nació de la necesidad de contar lo que pasaba con todos aquellos que se estaban quedando fuera. Pues bien, esta película hace lo mismo”. Y como insiste Salado: “Aquél se detenía en los extrarradios de Madrid y Barcelona. Nuestra película habla de Alicante, de una ciudad que nadie imaginaría que lo es, y de unos barrios que, con el crecimiento, ya no están en la periferia sino en el centro mismo”. Cine, en fin, que hace aflorar los brotes antisociales que la denominada “crisis” (para algunos más que para otros), ha provocado en muchachos, hombres y mujeres sin futuro que viven momentos de dificultad económica y escasez en el amplio sentido, lo cual se hace más evidente entre población poco formada y proveniente de ambientes muy pobres y violentos, ambientes psicotóxicos, duros. Entornos que nos circundan a todos, solo que giramos la cabeza y miramos para otros lado. Lo cual no hace este film.

Así que hay un paralelismo entre las raíces del quinquismo de hace cuarenta años y este que asoma ahora con esta cinta. Como escribe Martínez: “España es lo que es porque fue lo que fue. Y, apurando, hasta las circunstancias y el contexto del propio relato se parecen. De otro modo, lo que entonces podía y debía ser leído como la imagen de las consecuencias más evidentes de una crisis, la del petróleo de los 70, ahora también lo que se ve tiene mucho de las heridas de la otra crisis en marcha, la de Lehman Brothers y cía” (Martínez). Cierto, de aquellas tempestades vienen estos lodos, de aquella artificialidad vinieron las “burbujas” que reventaron mayormente en la cara de los más precarios.

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Hace algún tiempo, emití mis opiniones sobre dos películas de este género. Una, la obra de Carlos Saura de 1981 que tuvo gran éxito en su momento, Deprisa, deprisa. También comenté la película de un quinqui ya crepuscular, 1995, de José Antonio de la Loma, Tres días de libertad. Pero obviamente entre los setenta y los noventa se hicieron muchas películas de cine quinqui, que alguno entiende como costumbrista, pero que además es social e ideológico, pues reflejaba acontecimientos que vinieron tras la transición de 1977 y el socavón económico precipitado por la subida del crudo, etc., cuyas secuelas fueron, entre otras y muy olvidada, la droga –mayormente la heroína, “caballo” o “jaco”- que mató a muchos jóvenes de aquella generación. Consecuentemente vino la criminalidad, pues la droga precisa de mucho dinero para el consumidor. Y el drogata de escasos recursos, robaba y mataba para pincharse sin que a la sociedad española de entonces se le moviera un pelo más que para incrementar los recursos policiales, pero en mucha menor medida para implementar medios de tipo educativo, de salud, social o de reinserción. En este enlace se puede leer sobre el tema: https://es.wikipedia.org/wiki/Cine_quinqui. Y en este otro se pueden ver algunos avances de este tipo de género de aquella época: https://www.youtube.com/watch?v=bdc2Iu3eTsY.

Era frecuente que en las películas de cine quinqui los actores fueran drogadictos y delincuentes habituales que mayormente se interpretaban a sí mismos; tanto que incluso algunas de aquellas películas eran autobiográficas. Actores quinquis reconocidos –lamentablemente fallecidos muy jóvenes- fueron: El torete, El Jaro, El Pirri, El Mini o El Vaquilla. Muchachos que se hicieron famosos por sus fechorías, sus fugas de la cárcel y por la presencia en el cine. Además, eran curiosamente idealizados. Y aunque hay otros, creo que entre los directores de cine quinqui más destacados estaban el padre del género, José Antonio de la Loma (1924-2004) y también, cómo no, Eloy de la Iglesia (1944-2006). Directores vilipendiados, aborrecidos y apartados por gran parte del Staff cinematográfico. Cosas veredes.

Pero quiero volver a la película que me trae aquí ahora. La cosa empieza cuando dos ex-alumnos del Centro de Estudios de Ciudad de la Luz de Alicante, Carlos Salado y Rubén Ferrández como Jefe de Producción, ambos jóvenes de veinticinco años, se disponen a rodar en barrios de esta capital levantina una historia de ficción, con hombres, mujeres y púberes que arrastran sus miserias y su odio por los barrios de Colonia Requena, San Agustín, Virgen del Remedio o Mil Viviendas. Una película sobre la delincuencia juvenil protagonizada como rezan los cánones del género, por “actores naturales”, gentes que viven en carne propia la exclusión a todo nivel. Como dice Martínez: “La idea es retratar la agonía de la urgencia, la verdad de la desesperación, ´lo marginal´, que decía y hasta sentía en sus propias carnes De la Iglesia”. De hecho, declara Salado: “cuando acabé la carrera, sentí la necesidad de salir a la calle y rodar. De alguna manera, sentí que la misma urgencia que impulsaba al trabajo de Eloy o De la Loma o del mismo Saura, era la que me empujaba a mí”.

Es un proyecto de que se suele denominar DIY (“Do It Yourself”); o sea: “Hágalo usted mismo”. O más castizamente, más nuestro, como dice la “Letrilla Satírica III” (que forma parte de un conjunto de 25) de Francisco de Quevedo, una de sus múltiples poesías burlescas, donde escribe: “Yo me soy el rey Palomo: / yo me lo guiso y yo me lo como”. Efectivamente, sin apenas presupuesto, salvo unos cinco mil euros que salen del bolsillo de los implicados Salado-Ferrández, vuelve el heredero legítimo del cine quinqui. Es una película que emana el genuino amor por el cine, hecho con entrega, pasión e ilusión. Los personajes ya no pueden ser más naturales y auténticos, y genial la ambientación. Música que acompaña de diez puntos, obra de Salado. Fotografía muy lograda igual de Salado. Y aunque los actores no estén al nivel de los profesionales, suplen esta dificultad con una entrega y un verismo que hace absolutamente creíble la historia. Eso a pesar del caótico montaje y la defectuosa concatenación de planos, alguna subtrama descolgada y situaciones mal resueltas. O sea, no es una joya de la cinematografía, pero su testimonio, su esfuerzo y la rentrée de nuestro género quinqui, hace que merezca la pena ver este largo. Mi aplauso ya lo tiene.

La moraleja de la película es “que quien juega con fuego se quema” y su principal valor, “la autenticidad”. “El que quiera saber lo que pasa en la calle, que vea Criando ratas, asegura Salado. Y no le falta razón. Aquí no hay truco ni cartón, la cámara, los personajes reales y lo que ahí sucede.

Con relación a los improvisados actores, el director ha procurado no darles ningún guión o diálogo previo, sino explicarles las escenas para que las interpreten como ellos quieran. Incluso los propios actores han aportado muchas ideas. En el film, el protagonista es el “Cristo” (Ramón Guerrero), que se va a ir encontrando con docenas de personajes entre los que cobran singular importancia José Antonio (Josete), José Antonio Francés (Cienduros), Iván Alonso (Campana), Mauricio Manzano (el patético Mauri), Antonio Amador (Pistolica, chaval de doce años que da pena) y otros protagonistas, igualmente amateurs, reclutados en la calle, como Carlos Victoria, Ángel Flores, Antonio Lillo, Daniel Torres, Ignacio Gomis, Zaprín Georgiev, Atanás Dimitrov o Anna Babadzhan. Es curiosa la circunstancia de que siendo sus personajes tan parecidos a las personas que fueron en algún momento de sus vidas, hayan querido tener la confianza de prestarles su motes, sus ropas, su jerga y su propia memoria. La verdad es que todo resulta tan real que produce, a la vez que entusiasmo, un profundo dolor. Cristo es un joven evidentemente desgraciado, más allá de su cara dura y sus maneras, y representa a una porción de la juventud de hoy día machacada por la droga y la falta de oportunidades. Como escribe Valdés, Cristo, “no tiene andares legendarios, como los delincuentes del cine; él va en chanclas y farfulla si va colocado. Pero está lejos de ser una caricatura. Es más bien una crónica, la fotografía de una adolescencia de droga y de ruina que se reproduce en todos los suburbios del país”. Más claro el agua. Para que se enteren nuestros políticos, gestores y biempensantes.

Martínez dice así: “Por Criando ratas, en definitiva, se mueve esa fauna nocturna que no queremos ver: la noche que soporta cada uno de nuestros días. En Criando ratas se atisba con toda nitidez el fracaso más íntimo de una sociedad (la nuestra) que se niega a reconocerse como es. Lo contrario a un selfie. Criando ratas se acuesta del lado de las víctimas. Criando ratas pelea por tocar siquiera la piel magnética de lo escabroso, lo turbio, lo marginal… Quizá, en su más paradójica crueldad, lo que se ve en Criando ratas es lo que hace que seamos lo que somos. «Un miedo incontrolado que no deja de atraerte», decía De la Iglesia”.

Ferrández declara: “Quizá sea ingenuo por nuestra parte, pero lo que notamos es que la gente está con ganas de que le cuenten lo que ve, lo que pasa. Que no le engañen. Y por eso, la recepción que está teniendo nuestra película”. Y agrega Salado: “nosotros no queremos decirle a la gente lo que tiene que pensar. Nos basta con que, después de ver la película, piense. Aquellas películas de De la Iglesia y de De la Loma eran más morales que la nuestra. Había un posicionamiento, una manera de victimizar al quinqui o convertirle en un antihéroe. No queremos eso. Queremos que sea el público el que se pronuncie”. Así es este largo, una obra para contar lo que está ocurriendo en una parte de nuestra sociedad, y hacerlo sin moralina, sencillamente viéndola, recibiendo imágenes que a más de uno le parecerán increíbles, pero que forman parte de nuestro entramado social, de esta España que se dice en crisis, ¡y vaya crisis!

Ferrández y Salado dijeron: “Queríamos que la película la viera todo el mundo. Nunca nos planteamos este trabajo para ganar dinero. Ya habrá tiempo”. De modo que ambos han tenido a bien colgarla en Youtube completa y en alta resolución, lo cual que cualquiera la puede ver en: https://www.youtube.com/watch?v=Kydy4PY-IbU.

Y para quien sólo quiera ver el tráiler lo puede hacer aquí.

¡Ah! Que no se me olvide decir que es muy fácil criticar desde la barrera, quiero decir desde el ordenador. Lo difícil es formar un equipo con gente de poca experiencia dispuesta a estar seis años (6), con cinco mil euros (5.000) y rodar una película que tiene su peso. Desde aquí le doy las gracias a ambos principales artífices: Salado y Ferrández ¡Gracias amigos! ¡Y avanti!!

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