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Cierren los ojos e imaginen a una niña

Por Mª José Toledo

Empecemos hablando de política. El sur de los Estados Unidos ha tenido tradicionalmente un voto demócrata. ¿Qué quiero decir con «tradicionalmente»? Muy fácil: que desde la independencia del país hasta el boom republicano de Reagan en los ochenta, los estados del sur han otorgado su voto mayoritario al Partido Demócrata en las elecciones generales. Es más: en 1992 se interrumpieron ciento dieciséis años de gobernadores demócratas en Misisipi. ¿A que no lo sabías? Pues ya lo sabes, así que la próxima vez que personas desinformadas y con el cerebro carcomido por el pensamiento dominante y la ideología teledirigida te suelten algún discurso sobre conservadurismo, republicanismo, racismo y progresismo norteamericano no te creas casi nada de lo que te dicen. Ahora sí, hablemos de Cine.

Me gusta el estilo de los noventa. Había una forma serena, sobria y elegante de hacer películas, y además se tenía la ventaja de poder lucir una excelente moda para caballeros y señoritas que posiblemente sea de las más favorecedoras de la Historia de la ropa. Ahí tenemos si no el clasicismo de los trajes de McConaughey y su aporte juvenil con los vaqueros rotos mientras luce sudor sureño y sonrisa con hoyuelos. Sentimos más calor viendo su corbata por el cuello y la piel bronceada y húmeda de una rubia Ashley Judd en vestido de tirantes. Tiempo de matar contiene, a su manera, cierta sensualidad disimulada y resulta un perfecto ejemplo de ese cine serio y meditado que tanto se echa en falta hoy en día, donde abunda lo histriónico y lo hiperactivo pero falta la neurona, la sutileza y la paciencia.

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Joel Schumacher equilibra el drama judicial y la denuncia anti racista en esta adaptación de la novela homónima de John Grisham y se rodea de un reparto que merece por sí mismo que te sientes durante dos horas y doce minutos a ver su película. Acabamos de nombrar a una siempre convincente Ashley Judd, quien comparte protagonismo femenino con una Sandra Bullock que aprueba de sobra su primera salida de la órbita de la comedia romántica y la acción comercial, aunque con un papel no muy agradecido. El personaje principal recae en Matthew McCougnahey, ese actor tan injustamente tratado por crítica y público hasta ayer que sin embargo demuestra desde el principio de su carrera que es un intérprete de solvencia y carisma indiscutibles, solo que hay mucho ciego por el mundo. Pero espera, que la cosa suma y sigue con Kiefer Sutherland, Chris Cooper, Samuel L. Jackson como padre desencadenante del conflicto ético y legal y, mis favoritos, el maestro Donald Sutherland y, como guinda al pastel, un Kevin Spacey que te hace salivar de gusto en cada interpretación. Supéralo.

Tras la brutal agresión que sufre su hija de once años, el señor Hailey, un hombre negro, asesinará a los agresores, dos hombres blancos, y a partir de aquí Tiempo de matar va preguntándose y preguntándonos si su decisión es un acto de venganza o de justicia mientras plasma, más por encima que a fondo, la tensión racial en una Misisipi dividida entre blancos y negros. Legalmente me parece imposible discutir que este hombre sea culpable, pero es que también lo es moralmente, así que el núcleo fundamental de la historia no nos implica lo suficiente. Podemos comprender sus motivaciones, incluso justificarlas desde la rabia y la compasión, pero ¿acaso es esa la solución al mal y al crimen? ¿Convertirte tú en un criminal, en una extensión de ese mal que nos rodea? ¿Es ese el medio para enmendar el horror padecido? Si es así, de qué forma discernimos cuándo ha sido justo el castigo en solitario de un hombre y cuándo no. Cuánto dolor debe soportar una víctima para que se considere correcto que coja una escopeta y ejecute al culpable incluso antes de ser procesado por los cauces legales. Entramos en terrenos pantanosos que hay que pisar con mucho cuidado. En la historia se repite que por el mismo hecho no se condenaría nunca a un hombre blanco y el alegato de la defensa que lleva a cabo el abogado Brigance se basa justamente en eso, pero este dilema no se plantea desde el punto de vista adecuado: la cuestión no es que la raza negra pida el derecho a matar al enemigo, que es lo que parece proponer la película, sino que se exija que la raza blanca no tenga ese discutible privilegio. La idea no es equiparar ambas razas en la ausencia de culpa en un delito, sino culpabilizar a una y a otra si lo han cometido.

Tiempo de matar toma algún que otro giro demasiado efectista para la materia que trata y no se desprende de la impronta de americanada, aunque realizada con la bastante cabeza y sensibilidad como para que sea una propuesta de interés. Intenta cerrar los ojos e imaginar a esa niña.

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