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Ciencia ficción de elevadas pretensiones

Por Enrique Fernández Lópiz

Esta película, La llegada, es cine de ciencia ficción, pero no del estruendoso, banal, de aventuras o juvenil; es más bien una obra con pretensiones y cierta grandilocuencia en el mensaje. En este film se habla de casi todo: de extraterrestres por supuesto; de Física cuántica y la dimensión tiempo en la teoría de la Relatividad; de la Gramática Generativa de Noam Chomsky o la hipótesis Empirista de Sapir-Whorf, según la cual el lenguaje determina el pensamiento; de una forma de comunicación que viene de afuera y que asemeja al test de Rorschah; de la pareja y la maternidad; de los males y desgracias que jalonan la vida; de la posibilidad de visionar el futuro; de la conciliación entre los pueblos; de la eficiencia militar, etc. O sea, de rayos laser y batallas entre platillos volantes, nada de nada, al contrario: mucho calado.

En la trama, doce naves alienígenas se sitúan en diversos puntos del planeta sin aparente lógica creando la desazón entre los gobiernos y militares de todo el mundo, aunque la acción se circunscribe en lo esencial a los EE.UU. de Norteamérica. En esta incertidumbre y estado de shock es cuando los altos mandos militares contratan a Louise Brooks (Amy Adams), una reputada y experta lingüista, para que intente averiguar la forma de comunicación de los alienígenas y saber si vienen en son de paz o suponen una amenaza para la humanidad. Louise viaja hasta Montana junto al también reconocido físico Ian Donnelly (Jeremy Renner), para intentar establecer una comunicación con los “visitantes”. Todo es coordinado por un mando militar, el Coronel G.T. Weber (Forest Whitaker) que dirige eficazmente la operación. Prontamente se advierte que esos seres inteligentes procedentes de otra galaxia no tienen un ánimo de guerra ni invasivo, pero el contacto es complicado. En realidad la cuestión se reduce la forma de comunicarse con ellos. Pues bien, a medida que se avanza en el diálogo con los extraterrestres de siete patas (heptápodos), conforme la mujer aprende a dialogar con los extraños individuos, empieza también a experimentar visiones muy realistas, que serán la clave que dará significado a la verdadera razón y el profundo misterio de esta visita de los alienígenas.

El afamado director Denis Villeneuve, con dos décadas de carrera exitosa, cuarenta películas a sus espaldas y un andamiaje formal sin tacha, acomete este film detrás de la cámara, habiendo elegido de nuevo con acierto un proyecto interesante y con un equipo importante de colaboradores técnicos de primer nivel. Hasta este film, Villeneuve ha sido en general un director un tanto maquinal, metalizado y falto de emotividad. Pues bien, con esta película por fin consigue su máxima expresión en la construcción de atmósferas y una gran densidad emocional en cada fotograma. Como es sabido por el amante al cine, Villeneuve es un director interesante y un poco extraño; con frecuencia es turbador (p.e. Incendies, 2010; Prisioneros, 2013; o, Sicario, 2015), con una gran competencia para los efectos visuales potentes y que suele contar historias poco habituales, sin olvidar que la feminidad es una parte vital de este y otros relatos. La película tiene “un ritmo lento […] que transcurre en un par de escenarios […] y una voz en off que suena poética” (Boyero). Lo cual le confiere una estética y una atmósfera singulares.

Tiene un guión de Eric Heisserer, adaptación del relato breve “Story of Your Life” (La historia de tu vida) de Ted Chiang, ganador de los reconocidos premios de ciencia ficción Hugo y Nebula. Chiang, se apoya en las indagaciones sobre el idioma extraterrestre explorando directamente las principales hipótesis de la moderna lingüística; aborda también las ideas actuales de la Física, todo ello desde una maniobra puramente literaria, lo cual hace que esta novela breve sea difícil de llevar al celuloide. Sin embargo Heisserer consigue la cuadratura del círculo con un libreto rico, difícil en ocasiones pero también interesante, que aporta entidad al film. Como contó el propio Heisserer, fueron necesarios más de diez años para acabar saliéndose con la suya, pues una y otra vez le dijeron: «Es imposible adaptar este relato». La Banda sonora de Jóhann Jóhannsson se adecúa perfectamente y es estridente sólo en los momentos en los que se necesitan sonidos agudos. Excelente la fotografía Bradford Young. Buena puesta en escena, calculadamente perturbadora, un inteligente trabajo del espacio fílmico y efectos especiales los necesarios. En realidad, como dice García Ramón, esta obra es “un bisturí sin miedo a erosionar al espectador; un dedo en la sien que te obliga a seguir pensando cuando las luces ya se han encendido; un recordatorio de lo alambicada que es la humanidad hasta en sus procesos más simples”. Ahí queda… luego diré que este aserto se edifica sobre una arquitectura un tanto pomposa, desde mi modo de ver.

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Aunque esta película creo que no está pensada para los actores sino para su trasfondo pretencioso y meta-científico, tiene a mi parecer tres sólidos puntales en el reparto, al cual agrego un cuarto de menor entidad. La que más destaca y la protagonista principal es sin duda una Amy Adams que aguanta como nadie los primeros planos, incluso los desenfocados y que transmite afectividad, mostrando según corresponda al momento del metraje, emociones diversas y contradictorias como angustia y serenidad, debilidad y entereza, o temor y serenidad; y siempre trasladando al espectador el rol de una científica tenaz y avezada dispuesta incluso a la heroicidad. “La complicidad y trabajo pausado de la actriz Amy Adams es fundamental: su severidad dramática es imprescindible para la paciencia con la que el personaje debe encarar este laborioso proceso de diálogo entre especies” (Quim Casas). A su lado tenemos a un sólido Jeremy Renner que de manera medida cumple con su labor de experimentado físico e incluso de hombre enamorado. Forest Whitaker como es habitual en él da la talla, ya más envejecido eso sí, como el eficaz y resolutivo Coronel Weber. Y menciono también al siempre laudable Michael Stuhlbarg en el papel de agente Halpern. Acompañando actores de primera como Mark O´Brian, Tzi Ma, Nathaly Thibault, Pat Kiely, Joe Cobden, Julian Casey, Larry Day, Russell Yuen, Abigail Pniowsky, Philippe Hartman y Andrews Shaver.

Estamos ante una cinta que alberga cierta complejidad. Es así porque no es lineal, sino que se desplaza en el eje temporal adelante y atrás, como evidentemente no puede ocurrir en la realidad. Sólo la física teórica admite esta opción. En esta idea tenemos que el nombre de la hija de la protagonista, Annah, es lo que se denomina un palíndromo, o sea, una palabra que se lee igual de izquierda a derecha que a la inversa. Pues bien, en la historia se suceden flashback o flashforward aparentes, y digo aparentes pues no se trata del recurso técnico cinematográfico. Lo que ocurre en la trama es que los extraterrestres (heptápodos) son seres capaces de percibir la dimensión tiempo de manera física, lo cual se encarna en un lenguaje muy complicado que no sigue reglas lineales de pensamiento, pues al igual que ocurre con los fonemas del palíndromo, se mueven adelante y hacia atrás, pero en la dimensión temporal. Esta opción le es transmitida a la protagonista lingüista. Y al modo de la teoría funcionalista de Sapir, que propone que el lenguaje determina el pensamiento, así, Louise, al sumergirse en el idioma de estos seres, altera su forma de ver las cosas, pudiendo anticiparse a los hechos por venir. Sucesos como su matrimonio futuro, el nacimiento de su hija, el teléfono del mandatario chino con el que contacta con lo cual logra salvar a la humanidad de una gran guerra, etc. Por eso, como escribe García Ramón: “En la película el tiempo es el centro, la misión y la clave […] Lo que en principio bebía del tarro de la metafísica, la física cuántica o las teorías del lenguaje y sus recovecos más oscuros, se desliza por la pendiente del humanismo más radical y se planta en un axioma aterrador: ¿serías capaz de hacer lo mismo si supieras lo que va pasar de antemano? Así, al ver la vida sin las limitaciones lineales, la reflexión de la protagonista se convierte en la nuestra”. Pero prácticamente hasta el final esto no se conoce, lo cual creo que tener noticia de esta fantástica capacidad de la protagonista, hará más llevadero el film para quien lea estas líneas.

Estamos ante una película cuya componente de ciencia-ficción, “acaba por ser de forma necesaria la puntual descripción de la parte más íntima del alma” (Martínez). O sea afecta al lado humano de la protagonista, que es capaz de asumir un futuro sombrío, a pesar de conocerlo de antemano. Además, estamos ante una obra muy pretenciosa. Sus pretensiones las consigue en gran medida, pero no quita para que pueda parecer a más de uno, entre los que me encuentro, un poco pomposa. Como escribe Yáñez, la película “maneja con habilidad las idas y venidas entre la dimensión humana y la escala cósmica de sus muchas y ambiciosas tesis; sin embargo, en su recta final, las nobles ansias de grandeza del relato conducen al film hacia un mesianismo algo ampuloso. Cabe decir que Villeneuve no ha sido nunca un cineasta de la ligereza: su ambición es la de revelar algo profundo sobre la existencia humana […] Por momentos, la renuencia del director a dejarse llevar, el empeño en forzar demasiado la voz, le obliga a abundar en los subrayados innecesarios, en los mensajes engolados y así hasta desembocar en un giro final ciertamente discutible”. Por supuesto, esto nada quita a que estemos ante una obra deslumbrante, cautivadora, hipnótica y brillante, con las justas argucias artificiales del cine de ficción y un argumento carente de linealidad, como antes decía.

La disciplina de la Lingüística se viste de gala en esta película, que acaba siendo una obra educativa en que la que parece querer, entre otras, poner en evidencia que la Lengua no es sólo una herramienta de conocimiento o para saber aspectos trascendentes del ser humano, sobre lo que somos o lo poco que somos, sino que además puede ser útil para entendernos con seres de otros planetas, e incluso, apurando la cosa, para conocer el porvenir, o dicho más gruesamente, el futuro.

Por ir concluyendo diré que esta cinta me traído a la memoria algunos destellos kubrickianos: una mujer que va caminando por el pasillo circular de un hospital, o una gran habitación de color blanco como homenaje a un secreto de calado filosófico; y en estos casos es imposible no pensar en 2001: Una odisea del espacio, de 1968. Como también tiene un regusto spielbergiano recordando la ya mítica, Encuentros en la tercera fase de 1977, donde también se produce el intento, en este caso a través de notas musicales, de contactar con los extraterrestres. Hay más, pero estos dos recuerdos se me han hecho patentes.

En resolución, película recomendable que basa su solidez en la fuerza de los sentidos y en las imágenes poderosas, ajustado suministro de parafernalia digital, que peca de cierto exceso de solemnidad y de bizarría emotiva y trascendente, a caballo entre el maximalismo intimista y la grandilocuencia.

Tráiler: https://www.youtube.com/watch?v=FFqmwnkkRtE.

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