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Celebración, agridulce celebración

Por Íñigo Bolao

La historia comienza así: un hombre que ronda la treintena llamado Christian Klingenfeldt (Ulrich Thomsen) camina por la carretera solo, sin que nadie le acompañe. En su mirada vemos que parece terriblemente dolido por algo, pero sabe mantener el tipo. Mientras camina, la cámara y, al mismo tiempo, nosotros como espectadores le acompañamos. No podemos ni imaginar cómo va a ser el viaje en el que nos introduce el protagonista de la película, que parece un profeta que nos guía hacia un abismo.

En un momento recibe una llamada de teléfono móvil y se pone a hablar con la persona que está al otro lado de la línea. Christian le cuenta que se dirige a una mansión donde se celebra el sesenta cumpleaños de su padre, Helge (Henning Moritzen), el patriarca de la familia Klingenfeldt. También acuden otros familiares al acto conmemorativo, entre ellos los dos hermanos de Christian: Helene (Paprika Steen), una mujer de mentalidad progresista pero fracasada en la vida; y Michael (Thomas Bo Larsen), irascible, prejuicioso y padre de una familia numerosa. Christian termina de hablar con esa otra persona diciendo que tiene un plan que revolucionará por completo la celebración. ¿De qué se tratará? ¿Qué secreto esconde Christian y por qué está tan serio?

La breve, pero intensa, aventura cinematográfica del movimiento danés Dogma 95 comenzó cuando un grupo de jóvenes directores de aquel país, Lars von Trier (1956), Soren Kragh-Jacobsen (1947) y Kristian Levring (1957) firmaron en 1995 un manifiesto por el cual renunciaban a hacer un tipo de cine convencional basado en las últimas innovaciones tecnológicas introducidas en el cine de los años noventa y en los géneros fílmicos, cada vez más entremezclados entre sí gracias a películas como El silencio de los corderos (1991) o las cintas de Quentin Tarantino (1963).

Dogma es considerado por algunos cinéfilos e historiadores del cine como el último gran movimiento de vanguardia cinematográfica en Europa. Aunque otros consideran que, más bien, fue una moda que duró una década. De lo que no cabe duda es que fue muy influyente en la manera de hacer cine desde entonces hasta hoy. Muchos directores de distintas partes del mundo se pusieron a hacer cine Dogma, cumpliéndose en cada película el denominado “Voto de Castidad”. Es decir, hacer cine limitándose a acatar las diez normas cinematográficas en las que se basa el Manifiesto, entre ellas, hacer rodajes en localizaciones reales, con cámara en mano, sin efectos especiales ni referencias a ningún género, sin banda sonora ni con cualquier tipo de acción superficial.

De los firmantes del documento –que se puede ver y descargar en cualquier sitio de internet si alguien tiene curiosidad-, el cuarto, y más joven firmante del manifiesto, Thomas Vinterberg (1969) estrenó en 1998 la que fue la primera película Dogma de la historia, y una de las mejores cintas europeas de la década de los noventa. Se trata de Celebración (1998) y, realmente, sacudió el cine europeo.

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Ganadora del Premio Especial de Jurado en el Festival de Cannes de ese mismo año, Celebración es una historia que trata sobre los secretos familiares ocultados durante largo tiempo y que salen a la luz en el momento más inesperado. Christian conoce los secretos de su propia familia, y los desvelará durante la celebración del cumpleaños de su padre. Evidentemente, estos “secretitos”, como diría Danny de Vito en L.A. Confidential (1997) no se pueden revelar en este artículo para no hacer spoiler.

La película aborda también un tema que Vinterberg siempre ha desarrollado en sus cintas posteriores, como Submarino (2010) o La caza (2012): la existencia de un clima de hipocresía y falsa amabilidad en la sociedad, habiendo tras esa fachada una hostilidad amenazadora hacia cualquier individuo. En otras palabras, el hombre es un lobo para el hombre. Siendo la familia la principal forma de estructura social, el cineasta danés lanza con Celebración al espectador una serie de inquietantes preguntas: ¿La familia, como tal, ha perdido todo su sentido? ¿Somos realmente los occidentales tolerantes con las emociones y los sentimientos de los demás? ¿Tanta ira tenemos acumulada que, cuando menos nos lo esperamos, la liberamos de cualquier forma contra quien sea, en cualquier momento y lugar?

Existen películas que pasan a la historia del cine por tocar mejor que ninguna otra la idiosincrasia de un país. Y Dinamarca -un ejemplo de progreso, tolerancia y bienestar en el mundo occidental- no se libró de la mirada crítica de este director, uno de los mejores del panorama europeo contemporáneo. El propio Vinterberg confesó en una entrevista a la revista Zoom que algo muy típico de los daneses es que actúan de la siguiente manera, cuando ocurre algo espantoso todo el mundo dice: «Tomemos otra taza de café, cantemos una canción y bailemos.»

Así que el ritmo del cine Dogma gira en torno a esa mentalidad danesa, en la que fácilmente se pasa de lo tranquilo a lo caótico, pero luego a lo tranquilo como si no hubiese pasado nada. El estar tan ligado a la idiosincrasia nacional puede que explique que Dogma 95 no hubiese tenido una vida tan larga. Pero renovó el panorama cinematográfico del país. De hecho, Dinamarca es un país europeo que, como Francia, fue pionero en la historia del cine y parece que lleva el cine en la sangre.

El éxito de Celebración reside también en un excelente guión y la forma en la que está rodada, siguiendo las normas del Manifiesto de Dogma; a unos les sorprende por ser cutre y “casera”, y a otros por su veracidad. Destaca en la dirección de fotografía Anthony Dod Mantle (1955), que utilizó para el rodaje la que por entonces era la cámara digital más pequeña del mercado. También es una buena película gracias al crudo naturalismo que se aprecia en el buen trabajo de todo el reparto de actores. Llegamos a sentir empatía con cada personaje, compartimos sus sentimientos y vemos VIDA. No exagero al ponerla en mayúsculas, pero es lo que se siente cuando se ve la película. A menudo, las mejores cintas, comerciales o de autor, transmiten la autenticidad de la vida humana en sus contradicciones, con sus momentos de crudeza y a la vez de magia.

En fin, Celebración supuso el gran éxito de la historia del cine Dogma. Lars von Trier, con su mentalidad entre lo anárquico y lo sufrido, haría la segunda película Dogma, Los idiotas, mucho más transgresora que la cinta de Vinterberg, y Kragh-Jacobsen dirigiría la tercera, Mifune (1999). A partir de ahí, otros cineastas seguirían el ejemplo de los daneses en otros países. A modo de curiosidad, un director español -el gallego Juan Pinzás (1955)- rodó una trilogía Dogma compuesta por las películas Era outra vez (2000), Días de boda (2002) y El desenlace (2005), y cabe decir que ninguna pasa de las cinco estrellas en Filmaffinity.

Sin embargo, y conforme pasaron los años, Dogma perdió fuerza, pero directores de todas partes del mundo, sin renunciar al cine de género, cogieron el minimalismo de este tipo de cine para hacer sus creaciones. De las premisas de este fenómeno, entre el mero movimiento cinematográfico y la moda, muchos directores de los géneros de thriller y de terror revolucionaron los modos de rodar y mostrar el miedo o el suspense en las pantallas. Como ejemplos destacados se podrían mencionar El proyecto de la bruja de Blair (1999), REC (2007), Paranormal Activity (2007) o Buried/Enterrado (2010), entre otros.

Por último, una pregunta indiscreta a los lectores y colaboradores: ¿Alguien se atreve, o se ha atrevido, a hacer una película Dogma?

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