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Carta de amor de Spike Jonze

Por Jorge Valle

Her comienza con un primer plano que nos muestra a Theodore (Joaquin Phoenix) mientras escribe una carta muy dulce y emotiva, una preciosa declaración de amor que no va dirigida a su ex-mujer Catherine (Rooney Mara), de la que sigue terriblemente enamorado, sino a alguien a quien ni siquiera conoce. Theodore trabaja para una empresa que, en un futuro no muy lejano, se dedica a redactar la correspondencia de personas que, por falta de tiempo o ganas, prefieren dejar esos asuntos “secundarios” en manos de otros. No es el único indicio de que estamos ante una sociedad fuertemente deshumanizada y casi maquinizada, donde las relaciones sociales han quedado relegadas a un segundo plano: los individuos caminan por las calles sin apartar la vista de sus teléfonos móviles o hablando por auriculares, pero nunca parecen percatarse de la existencia corpórea de los demás. El protagonista de lo último de Spike Jonze se diferencia del resto por ser un hombre muy tierno y sensible, con una capacidad admirable para observar el amplio espectro de sentimientos que le rodean y plasmarlo con palabras. Incluso reconoce que a veces se imagina las vidas y los fracasos amorosos de los transeúntes con los que se cruza. Él constituye un pequeño oasis de poesía dentro de una realidad desértica y futurista que no nos es, desgraciadamente, del todo desconocida. Sin embargo, Her no pretende convertirse en una profunda y compleja visión crítica del camino que está siguiendo nuestra sociedad actual –aunque los elementos citados anteriormente apunten a ello- sino que tan solo, y en palabras del propio director, “trata de reflejar la necesidad de conectar con alguien”.

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Y es que Her está mucho más cerca de la tragicomedia romántica que de la ciencia ficción. Jonze abandona cualquier tipo de pretensión existencialista y distópica y prefiere centrarse en el bellísimo romance que viven Theodore y Samantha (Scarlett Johansson). El argumento –un chico que todavía no ha superado una dura ruptura sentimental conoce de nuevo el amor gracias a una chica de la que se enamora perdidamente- nos lo han contado mil veces, pero el director de Donde viven los monstruos y Cómo ser John Malkovich se vale de los tópicos para mostrarnos una fascinante y conmovedora historia de amor entre dos personas en busca de sí mismas. Joaquin Phoenix abandona su registro habitual y nos regala una interpretación tierna y entrañable, consiguiendo que nos sintamos identificados con su personaje, pues sus dudas, sus miedos, sus ilusiones y sus alegrías nos son fácilmente reconocibles: todos hemos amado alguna vez. Y Scarlett Johansson -imprescindible ver la película en versión original para poder escuchar el impresionante abanico de matices que la actriz imprime a su sensual voz- está fantástica como Samantha, un Sistema Operativo dotado de inteligencia artificial que quiere, al igual que Theodore, encontrar su lugar en el mundo y experimentar y conocer cosas nuevas. Cabe preguntarse si una relación entre un humano y un ordenador es posible, pero dado que los sentimientos de ambos son reales, no hay ninguna duda de que el amor que se profesan es también real. Puede resultar sorprendente que el protagonista encuentre el amor en una máquina, pero el complejo y perfectamente definido personaje de Samantha es, probablemente, el más humano de todos los que aparecen en la película, pues no hay nada más propio del hombre que dudar y asombrarse ante todo lo que le rodea, preguntarse incansablemente sobre sí mismo y enamorarse.

Her también supone una defensa de la capacidad salvífica del amor que, a pesar de todo el daño que puede llegar a causarnos, nos hace mejores y nos ayuda a superar algunas de las circunstancias más difíciles de nuestra vida. Por eso “amar es una forma de locura socialmente aceptada”, tal y como afirma Amy (Amy Adams), la íntima amiga de Theodore que también atraviesa un momento complicado. Samantha salva a Theodore, renovando sus ilusiones y sus ganas de vivir: del “a veces pienso que ya he sentido en la vida todo lo que voy a sentir” que asegura el protagonista al principio de la cinta, al “nunca había amado a nadie como te he amado a ti” que le declara a Samantha al final hay un gigantesco paso que demuestra que siempre hay que confiar en la esperanza de que lo mejor está por venir. Phoenix –con su cariñosa sonrisa- y Jonze –con su original propuesta y puesta en escena- contagian esa felicidad y esa locura al espectador. Pero en esta espiral amorosa también hay lugar para lo amargo: con el paso del tiempo las personas sienten de nuevo la necesidad de liberarse de las ataduras del amor, y con los cambios llegan los celos, las dudas, la incertidumbre. Nada es para siempre. Her es una película que navega constantemente entre la comedia y el drama, entre el amor y el desamor, entre la felicidad y la melancolía. Pero el triste final también supone el reconocimiento de una verdad inapelable: las personas que nos han acompañado durante un tramo del camino nos marcan para siempre, y es preciso, aunque duela, despedirse de ellas, perdonarlas y quererlas por todo lo que nos han dado. Además, siempre nos quedará el seguro refugio de la amistad, como demuestra esa escena final en la que ambos amigos, doloridos y solitarios, se abrazan mientras contemplan el amanecer, una preciosa metáfora del nacimiento de una nueva vida, en la que se han aceptado a sí mismos y, despojados ya de las heridas del pasado, pueden mirar sin ningún tipo de miedo hacia el futuro.

Comentarios

  1. Toni Ruiz

    Felicidades por tu reseña. A mí también me ha fascinado esta obra. En mi crítica, como en la tuya, se ve cómo esta película nos ha cautivado. Me alegra ver que cintas tan maravillosas nos golpean en el corazón a tantas personas.
    Felicidades de nuevo. (Y gracias por haberme hecho aprender una palabra que desconocía: “salvífica”). Saludos xD

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