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Carol. Sentidos y sensibilidad

Por Toni Ruiz

Muy de vez en cuando hay películas que conectan con lo más profundo de nosotros y nos sacuden ineluctablemente. Carol es una de estas películas. Rodada con un primor estético que apabulla, esta obra maestra es deudora sin ambages de aquellos melodramas sirkianos poblados de estallidos de pasión y lágrimas, de amores que luchan contra obstáculos sociales –Solo el cielo lo sabe- y de tramas de desapariciones y secretos no revelados –Obsesión, Imitación a la vida- que crean una suerte de suspense que intensifica el componente emocional de la historia.

Este elemento de intriga entronca además con la literatura de Patricia Highsmith -autora de la novela original- y está de algún modo presente en la película de Todd Haynes mediante una línea argumental de trasfondo con demanda judicial y espionaje incluidos que aporta aún más incertidumbre al ya de por sí azaroso romance entre las dos protagonistas.

Junto con los códigos sirkianos, la gran seña de identidad de Carol es el aspecto visual, con unos suntuosos diseño de producción y fotografía que sobrecogen por su belleza y una exagerada atención al detalle que ya caracterizaba a la también aclamada Lejos del cielo, el único título de Todd Haynes que un servidor había visto hasta ahora.  La evolución de una película a otra es, sin embargo, evidente. Aquel esteticismo vacuo y de cartón piedra de Lejos del cielo ha dado paso en Carol a un atildamiento de exquisita estilización. Lo que entonces deslumbraba pero no emocionaba (lo mismo que le sucede a la reciente y sobrevalorada El renacido) ahora está depurado, no resulta impostado ni artificioso ni parece una caricatura de los melodramas de Douglas Sirk. Esto no significa que Haynes haya dado un giro hacia el minimalismo. Muy al contrario, todo sigue siendo abrumador y excesivo, pero rezuma elegancia, autenticidad y está al servicio de las emociones, a las que potencia y sublima.

Porque las emociones son lo importante en una película como esta. Como decía el maestro Sirk, al que Haynes ahora no imita mal sino que reinterpreta: “El melodrama tiene que producir ante todo emociones, más que acciones. Sin embargo, la emoción es como una acción, es una acción en el interior de una persona”.

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Efectivamente, Carol provoca en el espectador ese tipo de acción interna al no ser una película vistosa pero yerta, sino una obra que late. Una obra en la que la acumulación de ingredientes (cada plano, cada detalle de la puesta en escena) no es abigarrada sino planificada con mimo para emocionarnos a paso lento pero sin remedio. Una cáfila de elementos, que, siguiendo el principio hegeliano que hace poco conocí gracias a mi compañero Enrique Fernández Lópiz, desencadenan el salto de cantidad en calidad. El resultado es un poema visual tan denso e intenso que a veces transita peligrosamente al borde del ensimismamiento y por tanto del estancamiento, pero sin caer nunca de lleno en él.

Poema que embelesa y cautiva nuestros sentidos, Carol es también una oda a la sensualidad que se siente y se palpa, porque, como señala con acierto E. Rodríguez Marchante, la película tiene “piel”. Una topografía del deseo en la que lo sensitivo está siempre presente a través del olfato (esa colonia que Carol da a oler a Therese en su cuello), el tacto (caricias y más caricias), vista (la cámara tras la que se parapeta Therese para observar el mundo), el oído (esa partitura al piano…) o el gusto (Carol saboreando el desnudo torso de Therese de arriba debajo y de abajo a arriba).

Y qué decir de las actrices. Cate Blanchett está inmensa y magnética encarnando al personaje que da título a la película, una mujer con bastantes tiros dados pero atrapada en un conflicto de difícil salida. Y si que Blanchett es una actriz como la copa de un pino nadie lo duda a estas alturas, que Rooney Mara es otra maravilla tampoco debería cuestionarse ya. Había mostrado sus credenciales en Millennium: Los hombres que no amaban a las mujeres y Efectos secundarios, filmes en los que su capacidad para transmitir fragilidad – en contraste con su o fiereza o con su maldad- era un factor clave en su interpretación. Aquí esa vulnerabilidad se manifiesta en cada mirada y en cada gesto y hace que los momentos de desazón o de dolorosa determinación de este “ángel caído del espacio” partan el alma. No me sorprende que ganase el premio a la mejor actriz en Cannes superando incluso a su propia compañera de reparto.

Ambas son el corazón y la carne de una película evidentemente femenina y feminista (no por casualidad la autora de la novela y la guionista que la adapta son mujeres) en la que los respectivos cornudos masculinos -sin desmerecer las actuaciones de Kyle Chandler y Jake Lacy- funcionan como personajes marginales.

En cuanto a Sarah Paulson, tras haber disfrutado de ella en varios papeles secundarios en la gran pantalla en los últimos años (Martha Marcy May Marlene, Mud y 12 años de esclavitud) me ilusionaba la perspectiva de verla brillar en esta película aunque fuera como palmera de la pareja protagonista y… ¡va el director y la desaprovecha con un personaje de poca chicha al que no da ni un primer plano en condiciones! Encima del montaje final quedó eliminada una dicen que poderosa escena con Rooney Mara. Para mear y no echar gota. Vive Dios que no pararé hasta ver el talento de la Paulson reconocido y que obligaré a todos mis amigos a hacerse fans de American Horror Story, donde ella sencillamente resplandece.

Es mi único reproche a Todd Haynes, al que perdono porque todo lo demás en esta película es una gozada para las emociones y para los sentidos. Porque ha creado este señor una obra elegante, sensual y vibrante que envuelve, embriaga y desgarra. Una obra de una delicada exuberancia visual, de virtuoso esmero y de sentimientos a flor de piel. Porque yo también quiero que alguien al posarle mi mano en su hombro cierre los ojos abrumado por tanto amor. Porque, sin perder nunca su sofisticación, Carol se toca. Carol se siente. Carol duele.

Y para coronar esta joya, una sorpresa. Acostumbrados a conclusiones desasosegantes que no tienen por qué hacer mejor a una película, el director nos regala una conmovedora y palpitante escena final en la que el acrisolado amor de las protagonistas tiene el happy ending que pocos esperábamos. Un reencuentro en el que los ojos de Therese, mediante una temerosa pero decidida cámara subjetiva, se acercan a Carol y la pantalla se inunda de esa última sonrisa. Y nuestros ojos de lágrimas.

Calificación: 9/10.

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Comentarios

  1. Enrique Fernández Lópiz

    Magnífica crítica para esta película que tantas ganas tengo de ver. Enhorabuena. Con mis saludos cordiales

  2. Toni Ruiz

    Gracias por tus palabras y espero que la disfrutes tanto como yo. Y gracias también por la aportación hegeliana ;)
    Un saludo.

  3. AparteYPunto

    Preciosa crítica de una preciosa película. Mi admiración y mis felicitaciones, Toni Ruiz.

    • Toni Ruiz

      Muchas gracias, AparteyPunto.

  4. Juanje

    A mí “Lejos del Cielo” también me pareció un poco falsa, pero ya me he decidido a ver “Carol” después de leer tantas críticas elogiosas.
    La tuya por cierto es la mejor y más bellamente escrita de todas las que he leído. Enhorabuena, Tori Ruiz.

    • Toni Ruiz

      Espero que ya hayas visto la película, porque es una joya, Juanje. Y muchas gracias por tus elogiosas palabras, que hacen que pase por alto el hecho de que me llames “Tori” en lugar de Toni jajaja.
      Muchas gracias de nuevo y a seguir disfrutando del séptimo arte.

  5. José Mlg

    A mi Lejos del Cielo sí que me pareció una buena película. No al nivel de Carol pero aún así notable. Salvo esto, coincido punto por punto con lo que dices: Carol me ha maravillado.
    Me ha encantado tu concienzuda y apasionada crítica. Y enhorabuena en general para ojocritico.com. Tenéis un nivel mucho más alto que el de muchos medios mucho “más grandes”.

    • Toni Ruiz

      Pese a discrepo con respecto a de ‘Lejos del cielo’, me alegra que ‘Carol’ te maravillara como a mí. Y acojo con agradecimiento tus elogiosas palabras para mí y para una web en la que me siento muy orgulloso de escribir.
      Un placer recibir comentarios así cuando uno escribe, de veras.
      Gracias, José Mlg.

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