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Capitán Hanks

Por Jorge Valle

Tras su exitoso paso por la saga Bourne, el británico Paul Greengrass regresa a la actualidad del cine para llevar a la gran pantalla un hecho real tan terrible como insólito: el secuestro de un barco norteamericano por piratas somalíes en el 2009, mientras realizaba una travesía comercial por aguas internacionales cercanas al país africano. El historial del director (United 93, El mito de Bourne) invitaba al optimismo ante una historia que prometía ofrecer abundantes dosis de tensión, acción y nerviosismo. Pero la primera conversación que mantienen el Capitán Richard Phillips (Tom Hanks) y su mujer (Catherine Keener) sobre la difícil situación actual que tienen que soportar los jóvenes y las preocupaciones sobre el futuro de sus hijos invita a huir de la sala. Y la presentación de los piratas somalíes, así como los simulacros que el capitán programa antes del secuestro, son torpes y vulgares. Nada parece indicar que estemos ante una de las películas más esperadas del año ni que vayamos a presenciar nada importante. Pero entonces aparece el esquelético y casi aterrador Muse (Barkhad Abdi) y su mirada penetrante y terrorífica traspasa por primera vez la pantalla para clavarnos en la butaca. En el momento en el que pone el primer pie junto con sus compañeros en el barco Maerks Alabama, la indiferencia se transforma repentinamente en un considerable interés. Podemos decir que es ahí cuando comienza realmente la película, y Greengrass pone a funcionar eficazmente todo un engranaje de nervios, miedo, angustia y suspense.

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La parte del barco es brillante y la soberbia facilidad del director para trasladar al espectador la tensión y el sufrimiento de sus personajes, en especial los del Capitán Phillips, recuerda en algunos momentos a la notable Argo y la sobresaliente La noche más oscura. Pero hay algo que aleja a Capitán Phillips de las obras de Affleck y Bigelow, y es que la película no termina de enganchar todo lo que debería, y eso que todo es modélico y veraz. Por momentos el metraje parece alargarse demasiado y, aunque nunca se caiga en el aburrimiento, los cambios de posición en el asiento y las miradas al reloj buscando la hora comienzan a multiplicarse conforme nos vamos acercando al final. Todo quiere ser tan intenso que acaba siendo exasperante. Menos mal que el protagonista es Tom Hanks, un magnífico actor con dos Oscar bajo el brazo –no es descartable un tercero por la película que aquí nos ocupa-, que interpreta a una persona normal y corriente que de repente tiene que convertirse necesariamente en héroe para poder sobrevivir, al igual que unos villanos que son así porque no pueden ser otra cosa. Sus dos escenas finales, en las que se derrumba rendido para luego llorar desconsoladamente mientras intenta recobrar la calma, justifican el visionado de la película, lo cual no deja de ser tan agradecido para Hanks como preocupante para Greengrass.

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