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Cabiria siempre tendrá dieciocho años

Por Marcos Cañas Pelayo

Cabiria siempre tendrá dieciocho años. Incluso cuando lleve muchas décadas a cuestas y no pueda darse las caminatas desde las afueras hasta Roma porque tenga inflados sus tobillos y plata en los cabellos, su mirada seguirá siendo la de una persona joven, de una inocencia que se niega a perderse.

De la orfebrería del cineasta italiano Federico Fellini han surgido grandes joyas para el séptimo arte, sin embargo, Las noches de la Cabiria (1957), siempre permanecerá como algo especial y único. Un dimanante en bruto que se escondía de la vulgaridad en algún punto cercano a las Termas del emperador Caracalla.

Probablemente, este film fue el último que dicho realizador hizo a modo de denuncia social neorrealista, un Rubicón que cruzó para experimentar con otras fórmulas que cristalizaron en una obra maestra llamada Amarcord (1973). Las desventuras de una prostituta que apenas tenía una pequeña casa en el kilómetro dieciocho (otra vez su número mágico) de la carretera a Ostia.

Un papel complicado que no podía darse a la ligera. Para encarnarla, Fellini tomó finalmente la decisión que lo hiciera su propia esposa, la actriz Giuletta Masina. Resulta difícil hallar mejor hallazgo de casting para dar vida a una protagonista tan especial. Cabiria es bajita, pero cuando saca a lucir su sonrisa es capaz de iluminar el techo. Masina abarca todos los registros y matices posibles, creando una mezcla de fragilidad y fortaleza, el pasaporte para un viaje inolvidable.

El undécimo mandamiento

Cuando la periodista Marie Jouvet (Joanna Lumley) entrevistó al legendario ladrón de guante blanco Sir Charles Litton (David Niven) en Tras la pista de la Pantera Rosa (1982), el sofisticado británico dedicaba unas palabras a su antigua Némesis, el inspector Clouseau. A pesar de no tener en alta estima las dotes intelectuales del patoso policía, Sir Charles admitía que el agente de la ley poseía una cualidad admirable, su perseguidor era un fiel cumplidor del undécimo mandamiento: “Nunca debes darte por vencido”.

La pequeña Cabiria podría adscribirse sin ningún complejo en esa misma categoría. Rodeada de un mundo de pobreza y maltrato, la envuelven todas las circunstancias posibles para justificar una actitud tosca y defensiva, generándole como más que posible resultado un desprecio por la vida. Eppur si muove, como hubiera dicho Galileo. Igual que cierto chavito del ocho de una paupérrima vecindad al que Roberto Gómez Bolaños dio vida para la televisión, la forzada meretriz tiene un único don a su favor que exprime hasta el máximo: la capacidad de ilusionarse con la vida.

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El guión de Ennio Flaiano, Tullio Pinelli y el propio Fellini burla con inteligencia la peligrosa frontera que separa la emotividad de la moralina fácil y pastelosa. El argumento es intenso y no esconde los sinsabores que un personaje así debería de afrontar en su vida cotidiana.

Hay escenas y momentos fuertes, de un crudo realismo que desmoronarían a muchos. Cabiria se ve obligada a afrontarlos sin excesivo cuestionamiento. A fin de cuentas, un náufrago ahogándose es más importante que el mar, porque el primero sabe que está muriendo, mientras que el segundo ni siquiera es consciente de que mata. Por ello, la mirada que imprime Masina a su encarnación es más grande que la realidad que la envuelve de una forma fría.

Que hasta el hijo de un Dios, una vez que la vio, se fue con ella

Así describía Joaquín Sabina en Una Canción para la Magdalena el buen corazón de una prima-hermana de la Cabiria. De cualquier modo, como Frankie Dunn (Clint Eastwood) hubiera dicho en Million Dollar Baby (2004), un boxeador que tenga un gran corazón, se expone a recibir una gran paliza. A lo largo de los años, la chica de las Termas de Caracalla ha recibido golpes, cicatrices, empujones y estocadas, acrecentadas por su firme negativa a tener un chulo ante el que rendir cuentas a cambio de protección.

En su búsqueda, el motor de la película, Cabiria se mantiene en pie sin besar la lona ante un sinfín de humillaciones, sacando reservas de energía donde no debería quedar nada en del depósito.

Conviene en este punto incidir en un aspecto nunca lo suficientemente ponderado de esta fábula, una banda sonora excelente que se pone al servicio de la protagonista cuando llora, ríe, baila, brinca o sonríe. El magisterio de Nino Rota se nota en cada momento, creando una atmósfera que envuelve todo el film, siendo un fino lazo de seda que se coloca alrededor de una de las farolas mal iluminadas donde las pobres chicas romanas hacen la calle.

Como el mago de un espectáculo que la dama va a ver hasta ser convertida en involuntaria participante, Fellini hace levitar a su protagonista para desnudar el alma de la misma hasta unos límites que resultan mucho más íntimos que el más provocador striptease. Igual que uno de los asistentes al juego de hipnotismo, los espectadores no pueden sentir sino una cierta contrariedad por haber invadido esa parcela privada, como si adentrarse a la fuente de la inocencia de esa criatura fuera correr el riesgo de dañarla irreparablemente.

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De cualquier modo, durante el rodaje, quedaba mucho recorrido para que se reconociera la grandeza de esta historia. Antes del Oscar a la mejor película extranjera, Fellini tuvo que ver cómo la censura se abalanzaba sobre la película.

Estaba un juego un agotador esfuerzo, las mejores intenciones pueden deparar en filmes desastrosos si no vienen acompañadas de trabajo. Pinelli y el director, los cuales se conocían de memoria, habían trabajado previamente día y noche para dar factura al guión, mientras que Flaino aportaba su lirismo característico, un aura que a alcanzaba un hermoso eclecticismo con el neorrealismo.

Fellini tuvo que luchar por ello. Hubo de ir a Génova para aguardar con paciencia su entrevista con un cardenal que llegó en un hermoso Mercedes Negro que no hubiera enviado en nada al vehículo en el que un afamado actor monta a la discreta Cabiria una noche de ruptura y escenas de celos. Logró convencerlo en una pequeña sala de proyección privada, pero aunque San Pietro rebajase un poco su rígido gesto serio, el mismo alcalde de Roma bramó contra una cinta que exponía sin tapujos que había mujeres públicas en el Paseo Arqueológico, aquella zona que su administración quería vender como respetable.

Con todo, hubo mutilaciones salvajes que, si bien no restan ni un ápice de grandeza al resultado final, privaron a la obra de alcanzar ribetes mayores. Se trata de unas secuencias que todavía hoy resultan extrañas. Tras haber pedido infructuosamente a la Madonna por mejorar su situación, una perdida Cabiria tiene un extraño viaje iniciático con un excéntrico filántropo que recorre algunas de las zonas más desfavorecidas de la urbe. Entre otras, la prostituta ve como el desconocido brinda regularmente su apoyo a una vieja colega, la cual se está marchitando en la indigencia. Usar a un personaje tan caritativo sin que mediase un sentimiento religioso directo molestó a algunas de las esferas de más atávicos valores.

Giovanni Grazzini realizó años después una serie de conversaciones con el propio Fellini, donde dejó constancia de aquellos sinsabores. Entre temas divinos y humanos, el cineasta confesó a su amigo que había una cosa sobre todas las demás que le hacía emocionarse a fondo: la inocencia. Una manifestación que puede darse en distintos instantes, desde la simple mirada de un perro a la sonrisa de un anciano. Cabiria está repleta de todo ello a lo largo de la película.

El pobre cardenal, de quien se rumoreaba sería candidato al papado, nunca tuvo la más mínima oportunidad frente a ella. ¿Quién hubiera podido resistirse a la mirada de Giluletta Masina en aquellos callejones y poder seguir proclamándose hombre de fe?

Para saber de amor, para aprenderle, haber estado solo es necesario

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María Ceccarelli, popularmente conocida en la noche como Cabiria, nunca tuvo la oportunidad de leer a Jaime Gil de Biedma. Pero lo habría entendido sin ningún problema. Igual que una de sus vecinas, Wanda (Franca Marzi), la vemos volver constantemente al amanecer durante la película, cansada, golpeada, llevada al extremo. Sin duda, la chica ha tenido su buena ración de derrotas, unos cuantos ríos de desilusión sobre los que ha decidido navegar. Como todos, al final tendrá que pasar por una laguna que tiene todo el tiempo del mundo para esperarnos…

Epílogo

Se sigue contando con un un susurro propio de las leyendas, cerca de lo que fueron las Termas de un emperador, que la signorina Ceccarelli nunca encontró el alma gemela que tanto buscaba. Sin embargo, nada pudo el viejo Caronte reprocharle cuando le tendió galantemente la mano muchos años después de los sucesos que hoy nos ocupan, la cual fue aceptada por Cabiria con toda cortesía.

Normalmente para el barquero, las chicas de aquella clase de barrios y condición le parecían agotadas cuando las recogía, fruto de tantos años de sufrimiento a cuestas. Pese a ello, cuando le dedicó aquella sonrisa que casi le hizo olvidar su remo, Caronte no habría podido echarle más de dieciocho años a esa pasajera, cuya voz no sonaba apenada; a diferencia de sus últimos viajeros, no parecía querer desahogarse con él acerca del mal que le habían hecho otros. Si existía la paz, pensó el surcador del Aqueronte, aquella pequeñaja la había encontrado

No obstante, el viejo barquero fue quien no pudo evitar lanzar una mirada de compasión a aquella ciudad que se jactaba de ser eterna. Que ninguno de aquellos necios mortales hubiera querido disfrutar de tanto amor se antojaba como el rechazo del mejor de los regalos. Se dice que Caronte nunca cobró el óbolo que la Cabiria quiso darle.

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Comentarios

  1. Enrique Fernández Lópiz

    Película grande y hermosos comentarios que fluyen libremente… y que lástima que Cabiria no pudiera leer a Jaime Gil de Biedma. Saludos amigo

  2. Marcos

    Muchas gracias por tu comentario, amigo Enrique. Y sí, ciertamente, es una lástima. 1 cordial saludo

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