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Buena obra de Rafael Gil con Pedro Antonio de Alarcón en la trastienda

Por Enrique Fernández Lópiz

En Granada hay un pueblo de larga historia, uno de los asentamientos humanos más antiguos de nuestra península, que fue refundado por el emperador romano Octavio Augusto llamándose la ciudad “Julia Gemella Acci”, de ahí su gentilicio “accitano”. Con la arabización, esta interesante ciudad pasó a llamarse “wad ish” y de ahí, Guadix. Pues bien, siendo como es Guadix un enclave importante (nudo ferroviario vital en su momento, catedral, obispado, etc.), uno de sus ilustres habitantes es el reconocido escritor Pedro Antonio de Alarcón (1833-1891), un narrador de corte realista que sobresalió como artífice del final de la prosa romántica. P.A. de Alarcón fue influido, entre otros, por la lectura del gran Edgar Allan Poe, lo cual que introdujo el relato policial en nuestra novelística hispana con su obra El clavo de 1853. Este relato breve da nombre al film que ahora comentaré que es adaptación de éste. La novela está escrita con gran habilidad narrativa, tal que sabe atrapar al lector en su trama. Además, esta obra de P.A. de Alarcón está basada en una causa judicial que fue real, según quedó descrita en periódicos y revistas de la España decimonónica. Entonces, quiero decir en primer lugar, que es para mí un valor de este film, que haya recuperado la figura de Pedro A. de Alarcón, y más concretamente de esta novela que marcó un hito en la producción de la literatura negra en España, siendo considerada por los especialistas el primer antecedente del género policiaco en nuestro país.

La película El Clavo se ambienta en la Castilla del siglo XIX (en la novela no es así), y cuenta la historia del juez Javier Zarco (Rafel Durán), quien conoce y al punto se enamora perdidamente de una bella joven que dice llamarse Blanca (Amparo Rivelles). Después de un tiempo de apasionada relación el juez le pide que se case con él antes de marchar al nuevo destino que como magistrado le corresponde. Ella, no sin angustia y una extraña actitud, acepta la propuesta para cuando vuelva, y él marcha a su nueva ciudad. Una vez instalado resulta que Blanca no contesta sus cartas y él pierde su pista y las referencias de su amada, recelando de su amor. El tiempo pasa y vuelve a encontrarse con Blanca transcurridos cinco años. Y de nuevo el amor renace entre ambos. Sin embargo, en el tiempo que el juez pasó en su nuevo destino, tras un paseo rutinario por el cementerio con el secretario del juzgado (Juan Espantaleón), había encontrado un cráneo con un clavo clavado. Investigando el caso, comprobó que el cráneo perteneció a un indiano (José María Lado) que se iba a casar con una mujer de nombre Gabriela que nadie sabe dónde está. Todas las pruebas conducen a esa mujer como sospechosa principal del supuesto crimen. Cuando el juez Zarco se informa que Gabriela ha sido encontrada y detenida, dispone que se inicie el juicio por el presunto asesinato. Zarco preside el tribunal, cuando la supuesta Gabriela entra en la sala con gran expectación de público. Lo hace con la cara tapada por un velo negro; cuando se quita el velo, el juez descubre que se trata de su amada Blanca y queda petrificado y anonadado. Ella declara que cometió el crimen porque el indiano era un traficante de esclavos en Cuba, un canalla que la obligó a casarse con él con fines lucrativos y ella lo mató por eso. Además, se intuye el amor que siente hacia un hombre, que es el propio juez. Tras ser condenada a muerte, la pena es finalmente conmutada a cadena perpetua.

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Esta fue la quinta película del prolífico director de cine Rafael Gil (Concha de Oro de San Sebastián por La guerra de Dios, 1953), quien también fue crítico y guionista, entre otras, de esta misma cinta. Dicen de Rafael Gil que el cine llegó a ser para él una “auténtica necesidad física” (Fernández Cuenca). Gil sabe construir de una manera muy meritoria y casi artesanal, un melodrama y película cuasi negra que no llega a thriller, entre otras por la falta de medios y de cultura en aquellos años tan difíciles para este género. Pensemos, como anécdota clarificadora que el rodaje sufrió retrasos importantes debido a las restricciones en el suministro eléctrico de la época.

Como decía, es Gil junto a Eduardo Marquina quien adapta la excelente novela breve de Pedro Antonio de Alarcón, de título homónimo como dije antes. Es un libreto con la prosa, la ambientación y los modales de la época. Esto no ocurre sólo por la antigüedad del film, más de setenta años transcurridos desde su estreno, sino porque estuvo atenazada por la censura y los inconvenientes de rodar un relato truculento en tiempos de Franco. Hay que tener en cuenta que en esos años de la dictadura, había un duro control de la Iglesia católica, amén de los férreos mecanismos del Estado; era muy difícil hacer un auténtico cine, un cine verdaderamente creativo, con propio estilo, y la calidad se resentía inexorablemente.

Tiene una música pasable de Juan Quintero y una fotografía espléndida que refleja un tono pesimista de cielos encapotados y claroscuros tenebrosos de Alfredo Fraile.

Amparo Rivelles está muy al gusto de la época, muy dramática y ciertamente sensiblera, pero también muy guapa. Rafael Durán hace de juez enamorado y también investigador, dándole un tinte de altivez y afectación a su papel, en vez de haber construido una figura de autoridad más digna. Pero eso sí, en la pareja hay química. Acompañan actores de reparto buenos como Juan Espantaleón, Milagros Leal, Joaquín Roa, Irene Caba, Ramón Martori, Rafaela Satorrés y Manuel Arbó.

El clavo fue una película notable y de éxito en su momento, aunque la verdad, no deja de ser un film mediocre. Tiene ese aire engolado del cine de postguerra, desapegado de la realidad social. El texto es bastante barroco y se hace muy difícil interpretarlo con la naturalidad que requiere el cine. Pero así y todo, esta película se rodea de un aire de misterio que la acerca al cine fantástico, en parte por los decorados, que eran muy pretenciosos, y en gran medida por la pericia del propio director. Pero hay que aceptar que la cinta, con sus vaivenes, pierde la consistencia y la enjundia de la novela. El estudioso Félix Fanés cree que, de haberse puesto en El clavo un poco más de garra, ”no hubiera estado lejos de las grandes historias románticas de la historia del cine”, ya que se trata de “una remarcable película a medio camino entre el filme romántico y el fantástico, que resultó bastante apreciable, principalmente por el clima de sensualidad, descomposición y morbosidad que en determinados momentos consiguió crear.”

En lo que sin duda acierta Rafael Gil es en insuflar a su película un aire de erotismo, pasión y voluptuosidad contenida, ciertamente apenas sugerida, ya que con la estricta censura la cosa no daba para más. Con buena sintonía como decía antes entre la Rivelles y Durán, apenas apuntados algunos sobreentendidos y señales de ardor amoroso casi imperceptibles, todo lo cual habla de las aptitudes narrativas del realizador y su capacidad para sortear la atenta mirada de los censores. Por ejemplo, es manifiesto el interés en mostrar de manera evidente, en un momento dado del film, que los amantes pernoctan en habitaciones diferentes y separadas, lo que quiere sugerir al espectador justo lo contrario. Y así con otros varios detalles de la cinta.

Concluyendo, a mí me ha gustado. Entre otras porque he leído la obra de P. A. de Alarcón, pero también por ese aire entre el drama, el romance, el toque detectivesco, y las películas de juicios. Yo, la verdad, no me aburrí en absoluto, me mantuvo muy atento a la pantalla y comprobé que a pesar de cuanto se diga sobre esta cinta –no siempre bueno-, ésta es una de esas obras que Gil supo sacar a pulso y de forma muy meritoria entre tanto brete como encontraba a cada paso del rodaje.

Tráiler: https://www.youtube.com/watch?v=jbWQbhA57Kg.

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