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Buen cine británico, tal vez demasiado británico

Por Enrique Fernández Lópiz

Curiosa e interesante película esta que he visto hace muy poco, The deep blue sea (El profundo mar azul). Una película con el sello británico de los tonos ocres, film intimista y una historia sin mucha urdimbre y no por ello menos interesante, con un excelente reparto, algo también propio del cine inglés. Su director Terence Davis hace un buen trabajo para un escaso guión suyo igualmente, en el que recrea la obra teatral escrita por Terence Rattigan (1911-1977), dramaturgo británico de origen irlandés.

Davis hace la adaptación de esta obra de Rattingan al cine, aunque con muchos tintes teatrales. Está ambientada en el Londres puritano y conservador, posterior a la segunda Guerra Mundial. La obra narra el intento frustrado de suicidio de parte de la joven y hermosa Hester Collyver (Rachel Weizs), que ha sido descubierta en mal estado por la portera del edificio que habita y por sus vecinos. Su trágica decisión tiene su origen en un desengaño amoroso con un joven del que se encuentra totalmente enamorada, Freddie Page (Tom Hiddleston), un guapo y apuesto piloto de la RAF por el cual Hester ha abandonado a su marido, un hombre mayor que ella. A la sazón, Page ha olvidado la cita de cumpleaños de Hester precipitando todo el escándalo de intento de autolisis de parte de la Hester. Cuando es informado del hecho, el marido, un juez del Tribunal Supremo, Sir William Collyer (Simon Russell Beale), acude rápidamente a su casa y le ruega que vuelva al hogar, donde él cuidará de ella, dándole una vida con todo cuanto necesite en el plano material y de prestigio social. Pero Hester no acepta la propuesta y queda en el pobre apartamento de alquiler en el que vive, esperando pacientemente a su amado y apuesto galán. Cuando por fin llega Freddie de una juerga con los amigos, se encuentra con un panorama nada alentador para él, que a todas vistas no está enamorado de Hester. Además, se hace con un papel manuscrito donde ella ha escrito sobre su deseo de suicidarse y despedirse así de él y de la vida. En este punto, Fereddie decide que la relación es destructiva para ambos miembros de la pareja y abandona definitivamente a su amante.

Como decía, es muy profesional la dirección de Terence Davis, guión en exceso teatral para tratarse de cine y una fotografía ocre de Florian Hoffmeister que le va muy bien a la obra.

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Quizá la parte de mayor envergadura está en el reparto. Rachel Weisz hace un papel de antología con toda cuanta carga dramática cabe imaginar y metida de lleno en el rol de mujer enamorada y sufriente, que va de la euforia romántica con su amante, pasando por la tediosa relación con su legítimo marido, y continuando con la enorme tristeza del desamor y la soledad. Hay que recordar que Rachel Weisz ha conseguido un Oscar a la mejor actriz de reparto por su papel de Tessa Quayle en la película El jardinero fiel de Fernando Meirelles en 2006, ha ganado un Oso de Oro, el SAG, el Premio Laurence Olivier, el Independence Spirit Awards y otros premios; estamos, así, ante una actriz de lujo, lo cual que se refleja en este film, en el que ella lleva el principal peso. El conquistador galán Tom Hiddleston interpreta igualmente a las mil maravillas al joven protagonista vividor, que no está enamorado de su amante y que poco menos que pasaba por allí; y todo ello, en el encuadre de una guerra recién acaba en la que había participado activamente. El marido de ella está protagonizado con sobriedad y fuertes cargas de profundidad por un Simon Russell Beale que borda el papel de esposo engañado y sufridor de una situación que no acaba de comprender. Y estos actores son secundados magistralmente por Ann Mitchel, Harry Hadden-Paton, Sarah Kants, Steve Conway y Jolyon Coy, grandes actores de reparto.

Rachel Weisz es una actriz de vanguardia y en este film se pone a las órdenes de un director que a mí me parece que no tiene demasiado magnetismo o atractivo en sus ejecuciones; por lo tanto, nos ofrece una versión bastante fría y poco empática del amor pasional que pretende reflejar. Esto, obviamente, no resta otros méritos al film.

En 2012 este película fue premiada o nominada en los siguientes términos: Globos de Oro: nominada a mejor actriz dramática (Rachel Weisz). Festival de San Sebastián: sección oficial a concurso. Círculo de Críticos de Nueva York: Mejor actriz (Rachel Weisz). Y me parece que para ser un film hibridado con teatro, está muy bien despachado.

Yo, para resumir, diría que es una película que cuenta el sinuoso ardor y el fogoso apetito carnal de una mujer bien casada con un señor juez de corte conservador, más bien orondo, sin atractivo, comprensivo, buenazo y nada atractivo, a cambio de un hombre guapo, joven, aventurero y castigador. Entonces, lo que yo digo es que son pocos hilos para tejer una pieza de buena tela cinematográfica. En el teatro será otra cosa. Como escribe Boyero: “Terence Davies hace lo que sabe hacer, mantiene el ritmo monótono y el afán pictórico para describir sentimientos al límite, habla de la pasión con un lenguaje tan cuidado como frío, introduce aparatosa música de violines para aumentar la temperatura”. No le voy a negar a Davis su virtuosismo técnico, pero sí le reprocho su excesiva impronta británica, su tono excesivamente marrón de la historia, su aburrimiento a veces en el planteamiento y su olor a pub y a suciedad londinense. Aunque uno siempre puede consolarse con meramente admirar la belleza y las dotes interpretativas de Rachel Weizs, una actriz para quedarse embobado mirando sin parar la pantalla.

Así y todo, y yendo más allá de mis gustos personales, he de reconocer que esta película tiene méritos incuestionables. Si yo tuviera que definir tres de estos puntales sobre los que se sostiene la obra diría así. En primer lugar el virtuosismo bien ganado de su director Davis que traza una historia a la británica, pero con belleza y majestuosidad. En segundo lugar yo destacaría la fotografía de Florian Hoffmeister, una estupenda manera de iluminar la historia que raya con el ensueño y lo onírico; una fotografía de gran talento y creativa, que sabe convertir en imágenes singulares una historia de entusiasmo amoroso y pasiones encontradas. Y en tercer lugar se evidencia la importancia que en esta obra cobran las interpretaciones de los tres protagonistas principales. Con maneras distinguidas y contenidas hacen alarde actoral, aunque un poco frío para la temática que tocan y lo arrebatado de la historia cuentan; este extremo, resta un tanto la verosimilitud del film, pero sigue siendo un valor muy importante en la obra. Y aunque me repita, sobre todo está la Weisz que llena pantalla por doquier y embelesa.

Al decir de Ocaña: “Es el dolor de una mujer, inmensa Rachel Weisz, a medio camino entre el suicidio y la luz al final de túnel. Una mujer que, entre el simbolismo de la ventana y las cortinas, no sabe si abrirlas o cerrarlas. El amor, solo eso”. Sí, sólo eso, bien dicho, porque habría podido ser mejor aprovechado el metraje y haber incorporado nuevos elementos a la imagen, pues el cine es imagen, y también trama. Esta película peca de teatralidad, y como alguna otra vez he dicho: El cine es cine y el teatro teatro.

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