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Brad Pitt nos salva de los zombis (y nosotros encantados)

Por Toni Ruiz

Cuando una película se hace famosa antes de ser exhibida en los cines a causa de las vicisitudes que rodean su rodaje y postproducción (desavenencias actor-director, reescritura del guión, aplazamiento de su fecha de estreno, etc.) suelo escamarme y ser bastante escéptico acerca del posible resultado final. En este sentido, Guerra mundial Z es una afortunada excepción, acercándose mucho más al éxito que se esperaba cuando el proyecto comenzó su andadura que el desaguisado que muchos vaticinaban tras su accidentado proceso de creación.

El punto de partida es de sobra conocido: plaga zombi al canto y atractivo héroe (Brad Pitt) luchando por salvar a su familia y al mundo. Sobre esta base, el director Marc Foster (Monster’s Ball, Descubriendo Nunca Jamás) construye un dignísimo blockbuster que nos mantiene clavados en la butaca durante dos horas al tiempo que nos deleita y deja boquiabiertos con secuencias realmente espectaculares.

Sin embargo, parece que a algunos entendidos la espectacularidad les molesta, y, leyendo críticas de la película en diversos medios, he observado cómo suelen atribuírsele varias pegas que en mi opinión no son tales y que responden básicamente a una intención de machacar porque sí al cine comercial, actitud que tan de moda está si uno quiere mantener una pose intelectual.

La primera (y más absurda) de estas acusaciones tiene que ver con el hecho de que el héroe protagonista supera todos los obstáculos, por muy insuperables que parezcan, y acaba salvando al mundo en plan machada colosal. Pues claro, señores, de eso se trata. Si matan a Brad Pitt a la mitad de la proyección, me levanto y exijo que me devuelvan el importe de mi entrada y que me indemnicen por daños psicológicos. Estamos ante un título de acción (tanto o más que de terror) y hay que atenerse a las convenciones del género en lugar de molestarse porque ocurra lo que evidentemente tiene que ocurrir. Sería como si nos indignáramos porque en un musical los personajes de repente rompen a cantar.

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También se ha criticado la falta de cohesión entre las distintas partes de la película y cómo, en consecuencia, la impresión última es la de una serie deslavazada de piezas potentes pero inconexas. Aunque hay parte de verdad en esta apreciación y en efecto el conjunto puede resultar algo episódico, no es menos cierto que difícilmente podría haber sido de otro modo si tenemos en cuenta que la historia va dando saltos de EEUU a Corea, de Corea a Israel, de Israel al Reino Unido, y así sucesivamente.

 Finalmente, hay reseñas que han cargado contra el montaje presente sobre todo en las secuencias de persecuciones. A mí también me irrita el vertiginoso montaje sin sentido tan en boga últimamente, que acaba mareando y dando a las películas un aspecto de videoclip y que en lugar de producir tensión acaba resultando cansino, pero no creo que este sea el caso que nos ocupa. Porque en Guerra mundial Z este montaje tiene sentido: el de transmitir la velocidad a la que se propaga la pandemia y la desorientación de los protagonistas que no saben qué demonios está sucediendo.

Asimismo, esta elección está justificada en tanto en cuanto los monstruos de esta película son jodidamente rápidos, mucho más en la línea de los de 28 días después o Dead Set que de los de The Walking Dead, por ejemplo. Creo que además no se abusa de este recurso, sino que está convenientemente alternado con secuencias de un montaje más pausado, por lo que el efecto final es bastante compensado y rasgarse las vestiduras por la celeridad del montaje me parece un signo de purismo trasnochado.

Frente a estas supuestas debilidades, la cinta atesora múltiples virtudes que la convierten en un muy eficaz producto de entretenimiento, como un logradísimo suspense, una tensión que no decae en ningún punto o la competente interpretación de un Brad Pitt que cumple con creces. Por último, las recreaciones digitales aéreas del tumulto zombi no dan la impresión de artificiosidad o fría irrealidad sino que impactan, dejan en la retina momentos inolvidables como la subida a las murallas de Jerusalén y están además combinadas con otras secuencias claustrofóbicas en espacios reducidos como el avión, el CDC o el bloque de pisos en el que se resguardan inicialmente, que funcionan igualmente bien.

Puede que los que disfrutamos con sangre y tripas echemos en falta algo más de gore, y también se habría agradecido una pizca de profundidad emocional. Le película, no nos engañemos, tampoco nos hará reflexionar sobre el sentido de nuestra existencia ni nos cambiará la vida. Me dicen también que es inferior a la novela en que se basa. No la he leído y por tanto no puedo juzgar si es mejor o peor que esta, pero de todas formas no soy partidario de valorar las adaptaciones cinematográficas por su fidelidad al material original: en sus propios términos y con su propio código, Guerra mundial Z triunfa regalándonos diversión, angustia, suspense y unas hordas de muertos vivientes a la carrera que acojonan cantidad. ¡Zombi el último!

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