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Blood Father

Por Alejandro Arranz

-Mel Gibson ha vuelto. Y por eso esta película es como un regreso a los buenos tiempos del género. Diversión bruta, cinética y socarrona para toda la familia, o casi.
-El guión vive de los mínimos elementos para estructurar la narración. No busquen aristas, matices, ni nada por el estilo. Aunque la dirección de Richet sí tiene un par de cosas que decir.

Jean-François Richet es un director difícil de catalogar. No hay muchos nexos de unión entre sus diferentes obras, tampoco un criterio estilístico, temas interrelacionados, etc. Tras su díptico Mesrine y una etapa de barbecho personal, en 2015 estrenó Una semana en Córcega. Un remake de la comedia francesa Un moment d’égarement (1977) de Claude Berri. Era una película entretenida, jugueteaba con temas interesantes -sin llegar a desarrollarlos- y tenía un reparto sensacional (destacando una brillante Lola Le Lann); pero no parecía el sitio de Richet. Ahora vuelve a cambiar de género sin conexión alguna con el resto de su filmografía. En esta ocasión vira hacia el cine de acción puro, duro y enfurecido. Pudiera parecer que hay cierta semejanza con Asalto al distrito 13, el remake de la película de Carpenter, pero la verdad es que no. La historia de esta película, la de un padre exconvicto que debe ayudar a su hija matando a un montón de criminales, definitivamente no es nada nuevo. Precisamente porque esta película parece un viaje hacia atrás, hacia la nostalgia. La historia proviene de una novela de guionista Peter Craig (Sinsajo), que se encarga de co-escribir el guión de la cinta junto a Andrea Berloff (Straight Outta Compton). Pero lo que de verdad hace esta cinta interesante, es su protagonista. El regreso de Mel Gibson al género que le encumbró como actor, es una alegría para muchos. Y además le acompañan unos secundarios de lujo, como por ejemplo: Erin Moriarty, Elisabeth Röhm, William H. Macy, Diego Luna y Michael Parks -entre otros-. Ahora veamos lo que este thriller de acción frenética puede aportar a los espectadores, y si nuestro querido Gibson consigue redimirse tras una buena ración de acción.

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Toda la película vive por y para Mel Gibson, pero no es una especie de vehículo de lucimiento para él. Simplemente Gibson se sale metiéndose en la piel de John Link. El personaje vive y respira a través del actor que le pone rostro. Y que se atreva alguien a decirme que ese rostro arrugado y maltratado por el curso del tiempo y las malas decisiones, no es jodidamente cinematográfico. Pero además de eso, los fantasmas del pasado de Gibson fluyen en perfecta armonía con los del personaje de Link. No parece cosa del azar que ambos concuerden tan bien y busquen juntos la redención a tiro y tortazo limpio, mientras galopan libres, canosos y sucios sobre los lomos de esa moto que llevaba años sin acariciar el asfalto con sus ruedas. También les agradezco tanto al actor como al señor Richet que no pretendan tomarse esta locura en serio, sino que lo aborden desde el “pulp” y respeten cierto tono cómico/socarrón que casi siempre ha acompañado a los filmes de acción de Gibson en su época dorada y en sus ocasionales regresos (“Get The Gringo”). La historia del padre que protege a su hija usando las habilidades y los contactos de su pasado, puede sonarnos mucho a las películas de Liam Neeson. Y aunque la curiosa relación que tiene Link con Lydia, esté bastante lejos de la que encontramos en esas películas, sirve a objetivos no tan distintos. Link busca la redención lejos del caos que reinaba en su antigua vida, pero cuando su hija desaparecida reaparece necesitando ayuda, Link lo deja todo a un lado para ayudarla, metiéndose de nuevo en el caos para acabar hallando la redención de la única manera que podría obtenerla. En el viaje se encontrará con personajes de todo tipo, algunos de ellos interpretados por esos secundarios de lujo que aumentan el nivel de la propuesta. Por ejemplo William H. Macy y Michael Parks, que da verdadero miedo en una escena particular en la que conversa con Lydia. El guión nunca sale del camino marcado, no obstante frente a su mirada unidimensional y sin recovecos, y su narración repleta de tópicos; encontramos algunas líneas de diálogos soberbias. Por otro lado Richet entrega un trabajo fibroso detrás de las cámaras, con estilo y cuerpo. Con una puesta en escena vibrante y efectiva, un montaje tajante y ritmo frenético; se construye este western polvoriento donde los diálogos muerden tanto como las escenas de acción de diestra coreografía y violencia descarnada. Puede ser enteramente previsible, pero eso no quita que sea enteramente disfrutable.

Sin Richet y sin Gibson está claro que sería una película más del montón. Pero con ellos dos Blood Father se descubre más auténtica y fiera que todo el cine de acción moderno. Serie B tan negra, seca, lapidaria, rabiosa, mordazmente cómica y culpablemente divertida como podíamos esperar de la vuelta de Gibson a la acción. Hola Liam Neeson, vuelves a tener competencia.

Alejandro Arranz

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