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Blade Runner, como lágrimas en la lluvia…

Por Víctor Lozano

En primer lugar, reconozco que cuando vi Blade Runner por primera y segunda vez no me gustó nada porque me pareció demasiado compleja y porque me esperaba el ritmo narrativo propio de una película de acción futurista, y después de todo esto dio lugar a que la película no me deje satisfecho por su temática fundamental, pero luego, como dice el dicho ”a la tercera va la vencida”, ya incrementó mi ovación hacia la película y me pareció mejor.

Este clásico del cine de ciencia ficción, basada libremente en un relato del gran escritor Philip K. Dick titulado: ¿Sueñan  los androides con ovejas eléctricas?, se ha convertido en una de las películas más influyentes y veneradas de todos los tiempos. Como era de esperar, me vi la versión remasterizada de 2007 ya que me contaron que la original de 1982 (que era la que tenía pensada ver) tiene un final feliz y esperanzador que no cuadra para nada en el devenir de la película, hice caso a lo que me dijeron y veo un final forzado bastante normal en esa versión, luego vi por Internet ese happy ending fallido (que por supuesto era algo incoherente que no pegaba ni con “super-glue”) y comprendí que tenían razón, cualquiera no tan cinéfilo se hubiera cuenta de ese error.

La sinopsis ya la conocemos todos, Los Ángeles en un futuro decadente y lastimero como lo es noviembre de 2019, la poderosa Tyrell Corporation crea un robot llamado Nexus 6, un ser virtualmente idéntico al hombre pero más dotado de fuerza y agilidad, pero con el alias Replicante. Rick Deckard (Harrison Ford) es llamado para “retirar” a cinco replicantes sueltos por la ciudad, durante ese recorrido se va desencadenando cosas inesperadas y relacionadas con él y su secreta amistad con la joven secretaria de Tyrell, Rachel (la muy olvidada Sean Young).

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Tanto Deckard como el replicante Roy Batty (un increíble Rutger Hauer) son personajes clave que han pasado a la historia; me encanta ese momento final en el que Deckard recuerda la frase del señor Gaff: «Lástima que ella no pueda vivir pero, ¿quién vive?» y al mismo tiempo mira la figura de origami, pero siempre estará por encima  ese grandioso discurso de Batty (con el prominente y descomunal voz de Don Constantino Romero como telón de fondo):

«Todos esos momentos se perderán…en el tiempo…como lágrimas en la lluvia…», se me ponen los pelos como escarpias cada vez que oiga eso; otros aspectos de la película que me gustan son la excelente fotografía que se le añade la estética de neo-noir mezclada con el estilismo punk al paisaje urbano de Los Ángeles acompañado de la sublime música de Vangelis; lo único que no me gusta de la película es el apartamento de J.F. Sebastian, ese que está lleno de enanos y replicantes payasos muy extraños, me sigue pareciendo bastante siniestro. Aunque a veces el ritmo se inestabiliza levemente, la cinta contiene acción y peleas para darle más dinamismo y emoción.

Puede que Blade Runner no sea la mejor película de Ridley Scott por sus numerosos problemas y cambios en el montaje y la controversia generada antaño, pero con los años se ha ganado la medalla de “película de culto” porque a fin de cuentas plantea esa ética en pleno auge sobre la tecnología: ¿Hasta dónde puede llegar la evolución de la inteligencia artificial?

Con un estilismo no acostumbrado a este tipo de historias de acción/ciencia ficción, es ese el principal motivo por el que Blade Runner se ha transformado en un icono del séptimo arte.

Philip K. Dick puede tranquilamente descansar en paz.

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