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Blackthorn. Sin destino

Por Jon San José Beitia

Mateo Gil, amigo y colaborador habitual de los guiones de Alejandro Amenábar, firma este arriesgado western con producción española que intenta homenajear al cine del oeste, que años atrás se exprimió para sacar unos ostentosos beneficios.

A día de hoy, ya es poco común ver estrenos de películas del oeste y suelen ser apuestas arriesgadas, ya que no tienen el mismo reclamo de antaño, por este motivo sorprende gratamente la arriesgada incursión en este género, por parte de Mateo Gil.

La película retoma la eterna figura de una de las grandes leyendas del oeste, Butch Casidy, fiel compañero de Sundance Kid, dados por muertos, presenta una historia alternativa en la que cuenta las andaduras en el anonimato de Butch.

En la vida del viejo y veterano Butch se cruza un joven que le recuerda los tiempos en los que daba golpes, con los que conseguían él y Sundance grandes sumas de dinero. La aparición del joven misterioso le abrirá las puertas a nuevas aventuras que le hacen recordar sus vivencias y amistad con Sundance.

El argumento alterna de esta manera el presente y el pasado de Butch, plasmando los paralelismos que se suceden entre ambos. Un viejo cascarrabias apartado de la sociedad que vuelve a revivir emociones del pasado y la implacable persecución que sufrió.

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Mateo Gil sorprende con su destreza en el manejo tras las cámaras en una producción de estas características y logra crear un argumento sólido e interesante, alejado de simples y evidentes venganzas, tema muy manido en este tipo de producciones.

Cuenta en su reparto con un habitual del cine español, como es Eduardo Noriega, en un papel que posiblemente le viene grande, pero que cumple de forma aceptable, aunque sigue abusando de sus habituales gritos a la hora de expresarse.

La estrella que brilla con luz propia y consigue eclipsar a todos los compañeros de reparto es, sin duda Sam Shepard, que logra con su interpretación aportar carisma y atractivo a un viejo Butch Casidy, lleno de garra y fuerza.

Otro de los aspectos que destaca es el maravilloso trabajo de la fotografía, merecida vencedora del Goya, que recoge paisajes de una belleza envolvente, al tiempo que áridos. Algunas de las imágenes que muestra son pura poesía.

Mateo Gil sale airoso del rodaje de las escenas de acción y logra hacer un trabajo serio y convincente.

En algunos momentos el ritmo decae y abusa de las referencias a vivencias del pasado pero, por otro lado, éstas ayudan a comprender las decisiones que toman algunos personajes.

Es plausible la ambición y el riesgo que corre Mateo Gil al optar por dirigir una película de estas características, de donde sale ileso gracias a su buen hacer y dedicación.

Jon San José Beitia

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