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Big bad wolves

Por Víctor Lyon Defeis

Cincelar un buen thriller de humor negro a costa de una excesiva violencia puede llevarte al fracaso más absoluto si te descuidas, si te pasas golpeando dedos con el martillo o rasgando más de la cuenta el cuello de un ser repugnante con una sierra oxidada. Big Bad Wolves no solo no comete ese error sino que se presta a mirar a los ojos a cualquiera que ose desafiarla. Gamberra como ella sola, hasta se atreve a guiñarlo a otras producciones mucho más grandes y dirigidas por otros artistas que ven en estos negros y duros parajes su paraíso particular (¿alguien ha dicho Django?).

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Desde el primer minuto, desde los títulos iniciales a cámara lenta, esta modesta cinta israelí empieza a impartir lecciones de suspense y humor negro cómo un auténtico catedrático de la materia. Violencia, más violencia, chiste, violencia, violencia, violencia, chiste…y así se te pasan las dos horas, hipnotizado por esa curiosa mezcla entre lo fino y lo grotesco, hasta llegar a ese trágico final. Y eso que, como auténticos alquimistas, sus directores solo juegan con prácticamente tres cartas en su reparto y contados escenarios en los que dar vida a su violenta historia. Coleccionar más mérito con tan poco, imposible, y ahí andan sus galardones en Sitges 2013 para dar veracidad al logro.

La mejor peli del año” dijo Tarantino sobre ella, regalándola una carta de recomendación que seguramente ha hecho su efecto a posteriori. Violencia exquisita, diría yo aquí, porque si ésta vistiese traje llevaría casi seguro una chapa de Big Bad Wolves brillando en la solapa.

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