Image Image Image Image Image Image Image Image Image

Be italian

Por Marcos Cañas Pelayo

La estética de Nine (2009) es más propia de un glamuroso anuncio de Martini que de una película al uso, el primero de los signos prêt-à-porter de una tragicomedia musical atípica, bajo la dirección de un Rob Marshall que venía en pleno estado de forma para ese género, tras haber sacado petróleo de su remake de la célebre Chicago (2002).

A pesar de la gran cantidad de nominaciones recibidas en algunos de los premios internacionales más prestigiosos del celuloide, este particular homenaje al legado de autores como Fellini (inevitable deducir que su título alude a la célebre 8 ½) ha sido siempre un film controvertido, la eterna discusión de si estamos ante una ópera artística o el emperador va desnudo, pero no nos atrevemos a decirlo.

Un imperator que es nada menos que el camaleónico Daniel Day-Lewis, quien brinda otra vez su don para la metamorfosis a la hora de escenificar a un director emblemático, Guido Contini, cuyos mejores filmes parecen haber pasado. Igual que el personaje de Woody Allen en Recuerdos de una estrella (1980), el film juega con la obsesión de un creador de inteligentes comedias que parece haber defraudado a su devoto público con disertaciones más oscuras y existencialistas. Mimado por su productora y con todo el tiempo del mundo para el rodaje, muchos empiezan a pensar que la prometida historia de Italia que va a ser el bueno de Guido nunca se realizará.

Sin embargo, eso no es lo más importante de Nine, un musical realizado sin reparar en gastos, como la propia mecánica de trabajo de Guido, sino los espectros femeninos que rodean la vida del artista. Michael Tolkin y Anthony Minghella hacen aparecer a lo largo del metraje a un heterogéneo y muy atractivo conglomerado de damas que explican muchas de las razones del bloqueo artístico: su madre, ya fallecida, uno de sus affaires más prolongados en el tiempo, una actriz nórdica que es la musa de sus primeras aportaciones al séptimo arte, y su esposa, con quien ha tenido un matrimonio a la italiana, es decir, repleto de altibajos emocionales, preso de grandes alegrías y tristezas.

nine2

El elenco de actrices escogidas para ese propósito es tan completo como heterogéneo. Por un lado, todo un icono como Sophia Loren encarna a la madre del artista, una elección nada anecdótica, pues no podía haber mejor intérprete para encarnar el espíritu de Italia que ella. De hecho, quizá se eche falta alguna escena más entre Lewis y Loren, un dueto que no es lo suficientemente explotado en una historia que quiere dejar muchas cosas por sentado, demasiado pronto. El fantasma materno podría haber sido fundamental para esta agridulce pesadilla que sufre su hijo azzurro.

Otra veterana de lujo es Judi Dench, quien presta su presencia para ser una de las colaboradoras más activas de Guido en el montaje de sus filmes.

Mientras tanto, Penélope Cruz encarna a Carla, el descanso del guerrero del protagonista, incluyendo un número subido de tono y con mancuerdas, su amante más longeva en el tiempo. Una relación esbozada asimismo en su superficie, divertida, pero, tal vez, carente de las aristas que le hubieran dado más brillo a esta pareja.

Lo mismo podría decirse de Nicole Kidman, la cual da vida a la musa nórdica del autor, incluyendo una preciosa escena en las calles perdidas de Roma, donde el icono sensual afirma la verdadera naturaleza de su relación con su descubridor. Se trata de un hermoso diálogo, perfectamente acompañado por esa Ciudad Eterna que permanece, hoy y siempre, resisten al invasor paso del tiempo.

Por último, Marion Cotillard sabe sacar rédito de Luisa Contini, perfecto reflejo de un matrimonio cansado, pero que aún puede tener chispazos de magia, aunque con un hombre dedicado a deslumbrar al público como un prestidigitador, es muy difícil discernir qué es real y qué forma parte de la dolce vita, nuevamente ese universo felliniano, esa sarta de maravillosas mentiras.

Este breve repaso, subjetivamente mostrado, parece indicar uno de los grandes aciertos y pecados de Nine: un potencial para generar interés innegable, seguido de una cierta incapacidad de crear una atmósfera común, un verdadero hilo conductor. Marshall plantea canciones y números pegadizos, si bien se van sucediendo sin un ton ni son definidos, a diferencia de su anterior incursión en el siempre resbaladizo terreno musical.

Hay verdaderos hallazgos como el ofrecido por Stacey Ann Ferguson, más conocida como Fergie, quien se pone en la piel de Saraghina, una mujer pública de la playa del pueblo de infancia de Guido, a quien el niño y sus amigos pagaron unas monedas para que les enseñase el mundo de secretos que más les interesaba, desafiando órdenes de maestros, hombres con sotana y tirones de oreja maternos. La canción de Be Italian se convierte en una de las más memorables de las puestas en escena, acompañada del talento de la presencia de Fergie, generando un momento que no hubiera sido descabellado ver en la mismísima Amarcord (1973).

nine3

Un perfecto reflejo de la sexy sofisticación que alcanza, en determinados momentos, la visualidad de esta obra. Una jornada cortesana y de alcoba renacentista que también muestra algo de esa liberación cuando Stephanie (Kate Hudson), reportera cinematográfica, insinúa sus medias y liguero a Guido cuando, compartiendo copa en un bar, el artista la pregunta a la dama acerca de qué influencia ha tenido su estética para las mujeres.

Puede establecerse con Stephanie otro curioso paralelismo con el maestro Woody Allen, concretamente con un personaje de similares características en Un final made in Hollywood (2002), esa representante del cuarto poder que puede utilizar sus encantos para arrancar la valiosa confesión del cineasta acerca de la verdad de sus continuados retrasos y la decadencia de su producción artística.

No obstante, a pesar de la calidad indudable de Lewis, este bloqueo creativo resulta menos convincente que, por ejemplo, el vislumbrado en ese pequeño juego personal que hicieron los hermanos Coen con Barton Fink (1991). Se trata de una creación ególatra, narcisista y tragicómica, pero, quizá, carente de ese rasgo definitorio que pueda propiciar una auténtica empatía con los espectadores.

De cualquier modo, esta ficticia Cinecittà juega con los suficientes elementos necesarios para captar la atención en poco menos de dos horas, un nuevo vistazo por ese mundo de cardenales, balnearios, elegantes hoteles, pensiones transalpinas, estaciones de trenes y playas de arena.

Matt Wolf es quien mejor ha descrito esta extraña experiencia al afirmar que se trata de una bestia de apariencia deslumbrante”, pues se aproxima mucho a la impresión que puede llegar a dar en su público. Un juego de luces y artificios que termina dejando la sensación de que el ruido no ha permitido disfrutar del todo de la partitura, como si hubiera existido un exceso de ornamentación y menor cantidad de planificación. Pese a ello, la vena cinéfila descansa y goza por los homenajes a los viejos maestros como Ennio Flaiano, Tullio Pinelli, Brunello Rondi y un amplio y distinguido etcétera.

nine4

Un curioso experimento, un intento de enlazar a un uomo romano en apuros con el espíritu del cine transalpino y, aún con mayor fuerza, el elenco de fascinantes mujeres que le han acompañado a lo largo de su vida.

A veces, la grandeza también está en el intento, la capacidad de decidirse escalar o caerse con todo el equipo, morir matando y con las botas puestas. Mucho de eso hay en Nine, una película que acaba quedando en tierra de nadie, sin embargo, el viaje al que pretendía llevarnos era una fusión italo-americana a lo Broadway con tintes de auténtica calidad y un casting a prueba de bomba.

Una experiencia inconclusa, pero que garantiza varios billetes a Fiumicino para volver a montarnos en esta atracción, a caballo entre la urbe y los viejos estudios Hollywoodienses.

Escribe un comentario