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Aventura, sátira política y un Cruise muy sonriente

Por Enrique Fernández Lópiz

Yo me metí a ver Barry Seal: el traficante con buenas recomendaciones y antecedentes. Un amigo que considero (o tal vez consideraba) fiable me la había recomendado. Es una cinta basada en hechos reales adornados para el cine, obvio; o sea, una biografía en la que resulta complicado delimitar realidad y leyenda. Al poco de salir sólo tenía del film la imagen de un Tom Cruise gesticulante y pasable (sólo pasable) trabajo actoral, acarreando maletas de dinero, billetes volando al viento, y embadurnado en cocaína. Poco más.

Como digo, el guión es un retrato de la vida real de Barry Seal, un ex piloto de la TWA que, cansado de su rutinario trabajo y habiendo caído en el momento y lugar oportunos se convirtió en un sujeto que fue mercenario de la CIA de 1978 a 1986, y como tal se relacionó con el dictador panameño Manuel Antonio Noriega, con Pablo Escobar y el cartel de Medellín, sirviendo a modo de brazo operador de la financiación de EE UU a la contra nicaragüense, con recursos del narcotráfico. Su andadura se inicia con el pobre Jimmy Carter, y acaba implicando al mismísimo Ronald Reagan Presidente y a Bill Clinton, como gobernador de Arkansas. Y desde luego se convirtió en un narcotraficante de primer orden, utilizado a modo de jugador que juega a los juegos de los poderosos: guerras para derrocar gobiernos, estrategias para atrapar a capos de la droga y próximo al círculo de la Casa Blanca.

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El director Doug Liman hace un entremezclamiento de comedia, thriller, cine político y más, que sobre la marcha sirve a modo de “espectacular entretenimiento” (Ocaña). El montaje de Liman es, como la película, psicoestimulante, como si el espectador esnifara parte de la abundante cocaína en juego, “con cambios de texturas fotográficas y de formatos audiovisuales, insertos […] y continuos vaivenes narrativos en el espacio y en el tiempo” (Ocaña). El relato es llevado, así, desde un aspecto de superficialidad e hilaridad en ocasiones (con imágenes de archivo para ridiculizar al ‘sheriff’ Ronald Reagan incluidas), para recalar en lo que son las maquinaciones de la política para empañar la división de poderes de ese gran Imperio llamado EE.UU. en suma, Liman se vale de una “espiral de líos con eficacia narrativa, convirtiendo la necesidad de aventura de Barry en una carrera que poco o nada tiene de huida hacia delante” (Bermejo).

Tiene un ágil y bien escrito guión de Gary Spinelli que deviene entretenido biopic, con diálogos ocurrentes y situaciones de pasmo. Al final “el retrato del personaje principal tiene tanto protagonismo como la feroz sátira política” (Luchini).

La música de Christophe Beck me parece en exceso trepidante y es buena la fotografía de César Charlone donde destacan los planos aéreos de Centro América y Suramérica que son espectacularmente bellos.

En cuanto al reparto haya un decente trabajo de Cruise que siendo como es buen actor, insiste en seguir apareciendo como héroe u hombre de acción; pero resulta que los años no pasan en vano y él parece no darse cuenta que está ya un poco fondón para tanto trajín. El resto del elenco todo bien: Domhnall Gleeson, Jayma Mays, Sarah Wright, Jesse Plemons, Lola Kirke, Caleb Landry Jones, Benito Martinez, Connor Trinneer, E. Roger Mitchell, Justice Leak, Jayson Warner Smith, Robert Farrior, Frank Licari y David Silberman. Conjuntado y profesional.

El montaje espídico y seco del film de Liman, que ya se dejaba ver en las películas de Bourne, “gana cuando […] la distancia con su protagonista se convierte en sátira y humor despendolado” (Bermejo). Es así en los aterrizajes forzosos en un suburbio donde reparte dinero a unos pobres niños, empolvado de cocaína; o en su jardín rebosante de dólares poco decorosos. O sea, cuando brota cierto humor de situaciones que de exageradas provocan la risa, pues resulta casi imposible imaginar a un tipo rebozado de estupefacientes al que se la caen los dólares a puñados porque no los puede ni sujetar de tanta cantidad de billetes como lleva. Pero en el film, son los veinte primeros minutos los que sobresalen con algún ramalazo de genialidad, pero posteriormente la proyección se torna más irregular.

Mensaje: “la avaricia rompe el saco”. Fue en la realidad que Barry Seal, siendo un piloto de líneas regulares, adinerado, buena posición, amantísima esposa y hermosos hijos quiso más. Sí, le parecía su vida aburrida y monótona, buscaba más aventura y además ansiaba ganar más dinero. De manera que se mete de hoz y coz nada menos que en la Agencia de Inteligencia Americana (CIA), para pasar luego a comerciar la cocaína del nada recomendable Pablo Escobar, después se dio una vuelta aérea por el tráfico de armas y finalmente un cóctel entre ambas, más política. Pócima mortal como cualquiera puede suponer. Pues Seal no lo sabía.

Cerca de dos horas de sonrisa cruisiana, una pena, pues Tom daría para más artísticamente, aunque dólares sí le habrán pagado a granel por hacer de aventurero. En realidad, la película parece una metáfora de la vida de Cruise. Pues como no espabile, puede que no tenga dónde meter tanto dinero, pero su calidad actoral quedará lejos de aquel Cruise de Rain Man (1988); Algunos hombres buenos (1992); o, Eyes Wide Shut (1999). Parafraseando a nuestro clásico Garcilaso de la Vega en su soneto XXIII, yo le diría a Cruise que ‘cogiera de su alegre primavera / el dulce fruto, antes que el tiempo airado / cubra de nieve la hermosa cumbre’ ¡Pero qué digo! ¡Si Tom es ya otoñal!

Tráiler: https://www.youtube.com/watch?v=AEBIJRAkujM.

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