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Atrapado en el tiempo o cómo romper la rutina por amor

Por Enrique Fernández Lópiz

Antolín vive solo y se levanta las mañanas a las 6,30 horas para ir a su trabajo, mientras el despertador suena con la música que tiene programada. Su despertar no suele ser bueno. Por empezar está somnoliento por el trasnoche del día anterior, pues se quedó hasta tarde viendo un programa de telebasura. Además hace mucho frío y la calle está nevada. Finalmente, con algunos pensamientos turbios y pocas ganas, logra levantarse, tomarse un zumo de naranja de tetrabrik, afeitarse, ducharse, vestirse y asomar a la puerta del bloque de apartamentos donde vive. Como cada mañana, al primero que encuentra es al portero al que rehúye con un gesto esquivo. Ya en la calle, se tropieza con el quiosquero, a quien no responde cuando aquél le saluda. Toma un autobús donde como siempre, se encuentra cara a cara con el mismo conductor a quien ni dirige la palabra. Antolín es el Subjefe de un Subdirector del Director de una sección de un gran emporio dedicado a la gestión inmobiliaria. Antolín tiene su pequeño despacho, y para él trabaja la bonita Pepi como secretaria y el empleado de cuarta Pepe, a quien Antolín no traga. Bueno, a Pepi tampoco mucho, en cierto modo los desprecia. Siempre, al llegar a la oficina, llama a Pepi y le da indicaciones sobre lo que ha de hacer en las siguientes horas: cartas, llamadas, fotocopias, contestar correos electrónicos, etc. A Pepe apenas lo tiene en cuenta, lo saluda con indolencia mientras le pide que le traiga un café y un donut. Así, durante la mañana Antolín repasa con desgana informes intrascendentes de la empresa, mira una y otra vez la ventisca de la mañana y va matando el tiempo hasta que llegan las 15 horas, pues Antolín termina en ese punto su tedioso trabajo. Al marcharse no se despide de nadie ni dice esta boca es mía, sino que se limita a coger su maletín, su abrigo, la bufanda e inicia el viaje de vuelta a casa. Una vez allí, come algún precocinado o alguna lata de conservas, se tumba en el sillón frente a la TV, descansa un rato y luego, ya un poco avanzada la sobremesa, baja a tomar un café al mismo lugar de siempre donde lo llaman Sr. González. Pero él no responde, se sienta solo, lee atentamente el periódico, sobre todo la sección de deportes, y se pide una copa o dos de licor que saborea con pausa hasta que se hacen las siete de la tarde, momento en el que se levanta de la mesa, paga sin apenas articular palabra, y vuelve a su apartamento. Al portero lo ignora de nuevo cuando llega. Entra a su casa y conecta la TV en las cadenas más cutres que encuentra, hasta las diez, hora en la que se hace un sándwich con queso o algún embutido ya pasado, se abre una cerveza y vuelve a enchufarse en la TV hasta las tantas de la madrugada en que se va a la cama.

A la mañana siguiente, a las mismas 6,30 horas, se vuelve a levantar costosamente, la misma música, con el mismo mal humor vacuo, arisco, hace esfuerzos ímprobos por asearse, lo consigue a duras penas, sale a la calle, hace frío, gesticula con desprecio de nuevo al “buenos días” del portero, evita la mirada del conductor de Bus, pica el billete, llega al trabajo, llama con displicencia a la simpática Pepi a quien le corta la sonrisa con su seriedad, le da las respectivas órdenes, llama a capítulo a Pepe a quien embronca sin que se sepa muy bien la razón, le pide de nuevo un café y un donut, tira las horas por la borda y sale por fin a las 15 horas a la fría calle sin despedirse de nuevo de nadie y sin que nadie se atreva a decirle nada, por la mala bilis y desazón que se refleja en su cara. En su casa el precocinado, el descansito, el café posterior con prensa y dos copas, vuelta a casa, cena fría y TV hasta las tantas.

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Y así, un día tras otro, la vida pasa por delante de Antolín o del Sr. González, como mejor queramos, que sigue comiendo mal, sigue siendo huraño, sigue sin saludar, siendo viendo una TV infumable, acostándose tarde y despertando de nuevo con la misma odiosa música pre programada, y con pensamientos negros.

Un buen día Antolín se da cuenta de que su vida no va bien. Al principio y para mitigar el tedio empieza a salir a Bares de copas y a intentar ligar con alguna chica, lo cual que a veces consigue; otras veces juega dinero a las cartas en un Bar de mala muerte; otras le da por visitar grandes almacenes a ver si se le ocurre comprar algo que por lo general luego no utiliza ni le resulta atractivo; en una época le dio por correr a toda velocidad por la carretera con su viejo coche lo que le acarreó un par de sanciones importantes. Pero eso tampoco funcionaba.

De esta guisa empezó a estudiar música, a asistir a actividades culturales, contribuía como voluntario en una ONG, iba al cine de vez en cuando, se apuntó a un curso de cocina. Y observó que ese tiempo sí le proporcionó mucha más alegría y satisfacción.

En una de esas se tropezó con su empleada Pepi en la Feria del libro y observó cuán bonita y sonriente era, y como no estaba en la oficina, él también le sonrió. Y junto a ella estaba ¡¡Pepe!! No lo podía creer, pero se repuso y encontró el ánimo suficiente para invitar a ambos a merendar en una cafetería cercana. En la cafetería se encontró a una señora compañera del curso de cocina, que lo saludó cordialmente. Durante rato hablaron de Literatura, de los libros que estaban leyendo, de cine, y también de los platos que había aprendido a cocinar en el curso. Pepi estaba encantada y Pepe no daba crédito de la cordialidad de Don Antolín. Y allí estuvieron casi dos horas, hasta que Pepe, que tenía que marcharse, se despidió muy contento y Antolín y Pepi quedaron solos durante una hora más, charlando animadamente. Antolín le contó que ayudaba en una ONG como lector para personas mayores invidentes, lo cual conmovió a Pepi enormemente, y tras contarle sus últimas peripecias por el mundo de la cultura y la filantropía, salieron ambos a caminar por la calle que aunque fría, les parecía a ambos primaveral por el nuevo tono de afecto que había nacido entre ellos. Caminaron largo tiempo, Antolín invitó a Pepi a cenar a la luz de unas velas en un bonito restaurante junto al río, luego fueron a bailar a una discoteca tranquila y allí ¡se besaron! Fue casi un milagro, algo de luz y color, maravilloso para ambos, un regalo del cielo. A la media noche salieron juntos y se fueron a casa de Antolín.

Al llegar las 6,30 horas sonó la misma música de siempre y Antolín sintió una sacudida en su pecho, miró a su izquierda y vio junto a él a Pepi toda sonriente, como cuando en la película Lo que el viento se llevó, Scarlett O’Hara (Vivien Leigh), tras haber pasado –supuestamente pues no se ve, claro- la noche con su marido Rhett Butler (Clark Gable), reía para sus adentros con esa alegría candorosa que da el amor.

Entonces ambos se levantaron, se asearon, salieron juntos, Antolín envió un efusivo saludo al portero que quedó anonadado, montaron en el autobús juntos con gran regocijo y risas para todos, incluido el conductor para su gran sorpresa. Llegaron juntos a la Empresa, pasaron una productiva mañana de trabajo, pero sobre todo de miradillas furtivas y sonrisas sugerentes. A Pepe le concedió la mañana libre y le agradeció el buen trabajo que hacía. Y entonces, Antolín sintió que su vida tenía un sentido, que había roto el hechizo de una maldita rutina de años, y a las 15 horas partió con Pepi camino a un restaurante para almorzar juntos e iniciar una hermosa tarde abierta de futuro.

Todo esto y más, verán en la bonita película dirigida magistralmente por Harold Ramis, con excelente guión de Danny Rubin y el propio Ramis basado en una historia de Danny Rubin, estupenda música de George Fenton, y gran fotografía de John Bailey. Las interpretaciones son sobresalientes, sobre todo Bill Murray y Andie McDowel (que son los Antolín y Pepi del relato anterior). Antolín es en la película un agrio presentador de TV, Pepi la ayudante de producción y Pepe el cámara. Antolín queda atrapado en el mismo día una y mil veces, una maldición, un elemento para la reflexión del espectador. Y claro, hay que salir del maleficio de esta condena a la  rutina, de este día eterno y tedioso en que a veces vivimos, y ello sólo se consigue con esfuerzo pero sobre todo por medio del amor: ¡gran mensaje! ¡Viva la vida, viva el amor! No se la pierdan. Véanla.

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