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Aprender de la vejez

Por Enrique Fernández Lópiz

La vejez es una edad de la que aprender y que encierra saber, historia, conocimiento y capacidad de consejo para quien esté abierto a ello. Y por supuesto, como en el caso de Margueritte, la protagonista mayor del film Mis tardes con Margueritte, con capacidad para hacer que alguien con limitaciones y defectos ostensibles, pueda reencauzar su vida y enriquecerla con nuevas aportaciones, tal el amor por la literatura, por la lectura que la protagonista induce en el pobre y simple Germain Chazes.

Esta película está basada en la novela homónima de Marie-Sabine Roger. El personaje masculino, Germain Chazes (Gérard Depardieu), es un hombre maduro, simplón y obeso. Vive en una caravana en el jardín aledaño a la casa de su madre. Su vida es un ir y venir de la caravana al café del pueblo y al parque público. Una vida tediosa y pobre, sin mujer y sin personas con las que intimar. La gente del pueblo, amigotes y conocidos, lo consideran un pobre estúpido, un imbécil feliz, hasta que Margueritte (Gisèle Casadesus), una anciana muy culta, justo en el parque que frecuenta y un tanto azarosamente, le descubre el universo de los libros y de las palabras. A partir de ese momento Germain comienza un proceso de cambio interior. Desde ese momento su relación con los demás y consigo mismo cambiará notablemente: será otro hombre menos burdo, menos rudo y patán.

Su director Jean Becker suele hacer un cine directo, humano, lleno de historias sencillas y cotidianas. Algunos críticos lo tachan de sensiblero y lacrimógeno, incluso falto de causticidad, mordacidad y con sobrecarga de dramatismo. También dicen algunos que es superficial. Pues bien, desde mi modo de ver Becker hace un cine costumbrista y de calado, para quien lo quiera ver. Relata historias que nos llegan sentimentalmente hablando y que empalizan con el espectador. En cuanto a lo de lacrimógeno yo digo: ¿qué hay de criticable si un film te hace llorar? Nadie dice nada de las películas tipo comedias que te hacen reír ¿Entonces, por qué tiene tan mala prensa el llanto en una sala? Aunque también debo decir que no veo esta película especialmente sensiblera.
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O sea, que yo percibo un buen trabajo en la realización de Jean Becker, con un buen guión del propio Becker junto a Jean-Loup Dabadie basado, como decía, en la novela de Marie-Sabine Roger. Excelente música de Laurent Voulzy que envuelve con sus notas este bonito film, y una gran fotografía de tonalidades ocres, de calidad y con planos próximos de Arthur Cloquet. Buena puesta en escena y montaje correcto.

De los dos actores principales sobresale sobre todo Gisèle Casadesus, que interpreta a la anciana protagonista con absoluta credibilidad y toques de entusiasmo actoral; y también el genial Gerard Depardieu, que llega al espectador tanto por su personaje como por la interpretación que del mismo hace. No se puede decir igual del resto del equipo de intérpretes, pero bueno, no todo es perfecto.

En su conjunto la película es motivo de reflexión sobre la vida de ambos personajes, y en general de lo que se ha dado en llamar las “relaciones intergeneracionales”, y las importantes transmisiones que nuestros mayores, siempre que se les deje, están dispuestos a hacernos llegar, antes que caer en el olvido jubilatorio o meramente en la marginación que se suele aplicar a las personas de edad avanzada. Y cómo, estos aportes entre mayores y jóvenes o mediana edad, y también niños, proporcionan valores y tesoros de incalculable valor a quien sabe estar abierto a ellos. Yo ya he dicho en otras ocasiones que soy un gran aficionado al cine que aborda el tema de las personas mayores, como Fresas salvajes, 1957; En el estanque dorado, 1981; A propósito de Schmidt, 2002; o Nebraska, 2013; películas éstas y alguna otra más, a las que me he referido en estas páginas y que encierran los misterios de la edad provecta, sus avatares, ilusiones y posibilidades de cambio y de dicha.

Pueblerino e inculto, a Germain, por una situación fortuita, se le presenta la ocasión para él inopinada, de la fuente del conocimiento encarnada en Margueritte. A su lado, nos parece que el mundo queda suspendido: nos cultivamos, nos alegramos, nos enganchamos de la pantalla y nos damos cuenta de cuánto nos puede enseñar una anciana en un humilde parque de pueblo. Muchas sensaciones se suscitan en este encuentro entre Germain y Margueritte, sobre todo porque los resortes de la historia están muy bien cuidados e hilvanados. Es decir, que su director Becker no vuelve a recitar ni despliega el viejo tópico de la instrucción y el progreso o la superación del hombre inculto o poco formado. Este film, más bien deja ante nosotros a un personaje consciente y que conoce exactamente sus limitaciones y defectos. Pero por la mediación de Margueritte, Germain se siente motivado a aprender, a cultivarse. Pero en ningún momento la historia pretende dar lecciones o vencer los peores defectos del protagonista.

Germain se ilustró por Margueritte, pero ésta, también tiene, por la razón del encuentro, la posibilidad de desplegar su saber, su cariño y su magisterio. No hace mucho disfruté con un breve y bonito relato de una autora llamada Velma Walis de título Las dos ancianas (Ediciones BSA, 1999). En él se puede leer en la página trece lo siguiente: “… no debemos poner límites a nuestra propia capacidad, y mucho menos por motivo de la edad, para realizar en la vida nuestro cometido. Dentro de cada individuo, en este mundo inmenso y complejo, late un increíble potencial de grandeza. Sin embargo, raramente esos dones ocultos cobran vida, a no ser por un azar del destino.” Pues ese azar del destino se da en el film y la señora Margueritte lo aprovecha y lo traslada con alegre disposición al pobre Germain.

Becker plantea además con flashbacks, los conflictos que fueron socavando las posibilidades de Germain, y en lugar de darse al tremendismo, los acoge como una marca más del personaje, los deja vagando en su mente y logra proponer y transmitir que estos trances de su duro pasado, no resulten extemporáneos o una coartada para enganchar la emoción más sensiblera del espectador. Lo hace con soltura y contención.

Creo que lo mejor de todo en Mis tardes con Margueritte, está en que se dejan de lado los finales más trillados o tópicos del cine, y da de lleno, sin excesiva afectación, con una realidad en la que ambos personajes pueden mantener una mutua relación de entendimiento y enriquecimiento. Todo ello consiente la agradable sensación de estar visionando una porción posible de la naturaleza humana, de la vida y sus alternativas. Justo lo que Margueritte busca a través de la literatura.

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