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Anti-cine, Rorschach, “shock al hueco” y metafísica

Por Enrique Fernández Lópiz

Hoy voy a comentar esta película, Los traficantes (1973), poniendo el cuerpo y arriesgando con conceptos interesantes y profundos. Alguien dirá que por qué me esfuerzo siendo ésta una película menor, o algo peor. Pues lo hago porque a veces hay también que reparar en lo menor y darnos cuenta que en ocasiones, cuando no hay nada que decir, siempre hay la opción de decir algo, aunque sea a modo de advertencia. Hay público de cine que queda encandilado con naderías. Eso es grave. Cuando uno no se da cuenta de que la película que ve es absolutamente insustancial, ojo: algo falla. A esto voy con estos comentarios.

Esta peli va de Bobby “Gator” McKlusky (Burt Reynolds), quien cumple condena de cárcel en un penal de Arkansas como traficante, contrabandista y mercenario; entonces se entera que su hermano Donny ha sido asesinado por el malvado y corrupto Sheriff local J.C. Connors (Ned Beatty). Gator, en su deseo de vengarse decide hacer un trato con la policía federal, que también va tras la pista del Sheriff por su implicación en el contrabando de bebidas alcohólicas. Es así como es puesto en libertad y acepta introducirse en la mafia que maneja el tráfico de güisqui para probar la culpabilidad del Sheriff y hacerle pagar por el crimen de su hermano.

Dirigida mediocremente por Joseph Sargent, con guión más que regular de William Norton, música pasable de Charles Bernstein y fotografía ídem de Edward Rosson.

El reparto es sobre todo Burt Reynolds que hace una mala interpretación como ahora matizaré, acompañado de una Jennifer Billingsley, guapa y anodina; y un elenco de actores para dar un poco de relleno como Bo Hopkins, quizá el más pasable; Matt Clarck, regu; Diane Ladd, igualmente hermosa y poco más: y Louise Latham, buena actriz.

Al parecer, Los traficantes (White Lightning) tuvo un gran éxito comercial en EE.UU. y consagró a Reynolds que al poco se hizo omnipresente e imprescindible en aquella época de los setenta como el personaje duro y macho que competía con Clint Eastwood. Pero nada que ver.

Los años no han pasado en vano por esta cinta que ahora se ve obsoleta en sus recursos, en sus carreras simplonas de coches, en su trama superficial y en la resolución final que mucho se parece a una serie B de TV. De hecho, su director Sargent es más conocido en la TV que en el cine.

Lo mejor es la música de Charles Bernstein, también un compositor para películas de TV; la dirección de Joseph Sargent deja que desear bastante, y Reynolds siempre fue un “paquete” que, desde mi modo de ver, sólo hizo una buena película: Deliverance (Defensa), la magistral y dramática película de John Boorman allá por 1972, justo un año antes de esta mediocre cinta. Pues bien, Burt Reynolds no parece que aprendiera mucho de su anterior obra Deliverance ni de Boorman, y además, Los traficantes es una cinta que brilla por su insuficiencia en todo sentido.

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La película es desde mi modo de ver una obra “hueca”, un artificio, un agujero sin entidad ni masa. Entonces, hay que estar preparado para captar este extremo, pues si no, uno puede quedar paralizado ante un Burt Reynolds plan agujero negro, y que salgas de la sala de proyección tú también sin entidad, como un espagueti. Me recuerda esto lo que ahora voy a referir, que aunque parece broma no lo es. Me recuerda, digo, a un conocido test de personalidad que lleva el nombre de su autor: el test de Rorschach (Hermmman Rorschach), más comúnmente conocido como el test de las manchas. Son diez láminas con tonos claroscuros y las últimas con color. En esas láminas se pide al individuo que diga qué cosas ve en esas manchas sin formas definidas. Y a veces ocurre un “fenómeno especial” denominado el shock al vacío, shock al agujero o shock al blanco; o sea, personas que quedan paralizadas y sin saber qué decir o que obvian elementos de la mancha que son evidentemente huecos. Esto significa interpretar que el hueco no existe o confundir oquedad con figura, o sea, como que el agujero tuviera un sentido. Este fenómeno se vincula a connotaciones afectivas profundas, arcaicas, casi biológicas, evocadoras de miedos primarios, los de la noche y la sangre, de pérdida y sobrecompensación de la angustia ante la falta de lo que debería haber pero no hay. Venturosamente yo no me quedé paralizado ante esta peli-hueco y lo pensé e incluso dije a quien estaba a mi lado: ¡esto es un agujero! Si no lo hubiera descubierto a tiempo, si hubiera imaginado un auténtico film con su sentido o entidad ante tamaña futilidad, habría tenido que salir del cine e ir directo al psiquiatra o al psicólogo.

Y esto digo porque las cosas que ocurren en esta peli son gratuitas, cualquier escena es prescindible, dado que lo que parece pretender Sargent son meras secuencias de persecuciones de coches en una nube de polvo en rutas silvestres.  Todo ello con un malvado Sheriff junto a sus también malísimos sicarios. Reynolds es un duro un poco-bastante cretino, con mujeres a modo de sujetos accesorios y azarosos, y poco más.

Por eso y ante esta nube polvorienta de coches por caminos campestres, se me ocurre algo que ya hice en otra crítica: recurrir a Heidegger. La “Nada nadea”, dice la Metafísica; o sea, que la nada está haciéndose y manifestándose en el ser. Idea de Heidegger fruto de la Biblia donde se dice que: Dios se encarna en el verbo, es decir, se encarna en Cristo, su Hijo. Para Heidegger es el ser el que se encarna en el lenguaje y se manifiesta en él. Si lo aplico a este film yo digo que el ser de Reynolds no logra encarnarse en lenguaje cinematográfico, que la cinta de Sargent es mera polvareda, porque ninguno da el nivel. Para Heidegger, la frase: La nada nadea, quiere decir que la “Nada está haciéndose” o manifestándose en el ser. Pues bien, tomando como partida este principio, yo digo que esto no acontece en esta película ni por casualidad. Por eso, parafraseando a Heidegger afirmo que en esta peli LA NADA NO NADEA, o sea, Reynolds no es nada ni nadie que merezca la atención salvo de forma anecdótica. Resulta, así, un film sin entidad, sin ser y que, hablando ya más coloquialmente, se olvida con rapidez: ¡Amén Aleluya!

Conclusión, eviten esta pobre cinta que desde luego no deja más huella que el humo sobre la pradera; ni la miren. Yo lo hice para denunciarla a modo de arquetipo del anti-cine.

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