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Anna Karenina

Por Enrique Fernández Lópiz

Esta Anna Karenina de Wright es película teatral en el mejor y en el regular sentido del término. Joe Wright es un director relativamente nuevo, a pesar que hace filmes desde el año 2000. Pero en esta obra, hace una elaboración muy de primeros planos, muy teatral, muy de escenario. El cine, para mí, es otra cosa. Es más expansivo, más rural o urbano, pero más exterior que la película de que hablamos.

En la historia, que se desarrolla en el siglo XIX y analiza las relaciones entre los miembros de la alta sociedad rusa, Anna Karenina es una mujer que abandona a su marido y a su hijo, cuando se enamora del apuesto oficial militar Vronsky. Se trata, así, de otra adaptación de la novela homónima de León Tostói.

Knightley hace el papel de Karenina con cierta dignidad pero sin mucha convicción. Jude Law protege su interpretación a base de hieratismo: personaje frío y con más años de los que en la novela tiene. Y el más irregular de los principales es Vronsky, que aparece como un personaje afeminado y pusilánime. Como en el común de las películas británicas, lo más sobresaliente es el reparto de actores secundarios excepcionales en su interpretación coral.

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Es un Tolstói al estilo rococó y su director Joe Wright parece haber pecado de narcisismo mirando más su “excelente” obra que la conocida obra de Tolstói. Cierto es que esta Anna Karenina es toda una fiesta para los sentidos, es una película preciosista, que merece sobradamente el Oscar al Mejor Diseño de Vestuario que efectivamente obtuvo en 2012. Merecen igualmente la pena y con una calidad magnífica la música de Dario Marianelli y la maravillosa fotografía de Seamus McGarvey. Pero en realidad, cuando uno sale de esta película cree haber visto un film un tanto aburrido, pedante o teatral, algo que nunca fue Tolstói.

Por consiguiente, considero esta cinta una obra con pretensiones que se quedan más en el envoltorio que la esencia del egregio escritor ruso: espectacular en su puesta escena y en la ambientación, pero en suma resulta ser una adaptación elíptica e irregular, incluso un acto de arrogancia artística. Demasiados suntuosos planos, encuadres en exceso estilizados o cambios de ritmo abruptos en el montaje.

Y en lo que a mí toca, y a fuerza de hacerme repetido, creo que hay que salir del teatro. El cine es cine y el teatro, teatro. En fin, película de apariencias rebuscadas, que merece algunas de las nominaciones a que fue propuesta (Banda Sonora o Diseño de Producción), amén del Oscar que le concedieron al Mejor Vestuario. Como apunta Manuel Yáñez: «Releer a Tolstói de la mano de un esteticismo desatado, (es) una apuesta kamikaze que encuentra acomodo en la translúcida frontera entre lo sublime y lo ridículo.»

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