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Animales Nocturnos

Por Alejandro Arranz

-Entre una fascinante complejidad y las pretensiones pueriles de un señor polémico, sí, pero también rebosante de talento en bruto.
-Los apartados se complementan mucho mejor que en su debut, Ford esconde mejor sus vicios y presta mayor atención al terreno narrativo.

Atrapado, inquieto y revuelto ya desde unos portentosos créditos iniciales, así estoy nada más empieza la segunda película de Tom Ford como director de cine. Y si bien su ópera prima, A Single Man, fue bastante exitosa, a un servidor le resultó tan llamativa en el exterior (extraordinaria delimitación de encuadres) como inane en el interior. Esa melancolía impostada, ese nulo control del tempo dramático y en general toda la petulancia y artificiosidad al servicio de la nada, o bueno, de los vestuarios, los peinados de época y la aparición constante de los modelos del señor Ford. Lo único que era auténtico era Colin Firth, desnudo emocionalmente en su brillante -y británica- contención. Pero bueno, aunque la primera vez no fuera excelente, dejaba entrever muchas virtudes de buen cineasta. En esta ocasión el tejano adapta la novela “Tony and Susan” de Austin Wright, mitad melodrama psicológico, mitad thriller rural. El más que potente reparto lo encabezan Amy Adams y Jake Gyllenhaal, dos de los mejores actores del momento, en la retaguardia encontramos a: Michael Shannon, Aaron Taylor-Johnson, Armie Hammer e Isla Fisher -entre otros-. Veamos si el segundo intento tiene más cine y menos postureo.

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Definitivamente Ford ha crecido desde su debut, al menos esa sensación tengo en todos los apartados de Nocturnal Animals. La película se divide en dos narraciones que transcurren equidistantes entre si. Por un lado tenemos la trama de Susan (Adams) en el mundo real, por otro los acontecimientos que ella lee en la novela que le envía su ex, Edward (Gyllenhaal). En esta segunda narración, el protagonista es Tony, que también está interpretado por Gyllenhaal. A ambas líneas se añaden unos flashbacks de Susan que favorecen aún más el entrelazamiento. A partir de aquí ya es difícil escribir sin comprometer demasiado el visionado de la película, a pesar de que los objetivos de la misma se muestran desde el minuto uno. Es una película toda energía visual y atmósfera viciada, un cautivador laberinto psicológico con algunas escenas alucinantes pero que te libera de sus garras debido a ciertos excesos del director, salidas de tono y algunas escenas innecesariamente alargadas. Aunque aún cometa ligeros fallos con el manejo del tempo narrativo, reconozco que su condición de narrador ha mejorado hacia niveles más que notables. En cuanto a puesta en escena, Ford vuelve a demostrar ser todo un especialista en la delimitación del encuadre y poseer un intachable gusto estético, pero por primera vez su propuesta visual -empapada de melancolía- está al servicio de lo que quiere contar. En cuanto a música y sensaciones, el trabajo de Abel Korzeniowski funciona muy bien, los instrumentos de cuerda se adaptan con facilidad a lo que se narra y complementan el trabajo visual.

Hay que aplaudir la dirección de actores y el trabajo individual de todos los miembros del reparto. Desde los maravillosos matices gestuales que Adams imprime en su personaje, hasta un Gyllenhaal que continúa construyendo una carrera inmejorable, y claro está, un par de “robaescenas” como Aaron Taylor-Johnson y Michael Shannon, el primero perturbador y el segundo pues lo de siempre, espectacular. Otro cantar es el guión del propio Ford, que introduce cambios interesantes respecto a la novela, pues no está siempre a la altura del resto de apartados y entre otros problemas, la mayoría de personajes están demasiado desdibujados a pesar del mencionado trabajo de los intérpretes. También hay algunos diálogos y trazos que están de más. Indepedientemente de ésto, deja interesantes reflexiones sobre las relaciones, el arte, las decisiones y el mundo moderno. Además sus dos narraciones paralelas se combinan con elegancia en el subtexto además de mediante los paralelismos formales. Lo cual sucede en primer lugar gracias a un montaje impecable, repleto de brillantes transiciones visuales, favorecidas por la mezcla de sonido. Por otro lado la fotografía de Seamus McGarvey (The Accountant), que contrasta esa realidad más falsa, de imagen limpia y artificial, frente a esa narracción ficcional más dura, más sucia, más real. Ahí se encuentran las realidades de la ficción, el modo en que la ficción afecta a la realidad y viceversa. Como se unen, se paralelizan, se retroalimentan y se destruyen.

Tengo un problema con que los espectadores puedan no ir más allá del relato de venganza, y no es de extrañar teniendo en cuenta que el desenlace no es el adecuado para el filme. Probablemente ese final es uno de los mayores problemas de este segundo intento de Ford. Nocturnal Animals es un inquietante, entretenido y por momentos hipnótico drama psicológico, que disecciona varios temas de interés con ayuda de una dirección estupenda, un apartado visual muy cuidado y unos actores en plena forma. Si es verdad que la obra dice mucho del autor que le da forma, y así parece, estamos ahora sí ante un cineasta imperfecto, vanidoso, elegante, contradictorio, interesante y en una palabra, autoral.

Alejandro Arranz

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