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Amores, olores, sabores en una comedia grata y colorista

por Enrique Fernández Lópiz

Con Un viaje de diez metros estamos ante una comedia dirigida con brío y humor por el excelente Lasse Hallström. Hallström vuelve al terreno de su celebérrima película Chocolat (2000) (Juliette Binoche), con todo un recital de comidas caseras de excelencia y una armónica lección étnica. El film es conducido por un guión muy bueno de Steven Knight basado en la obra de Richard C. Morais, escritor y periodista americano que con su primera novela, The Hundred-Foot Journey, que da título a la película, logró alcanzar fama internacional. Buena música de A.R. Rahman y una gran fotografía colorida y luminosa de Linus Sandgren.

El reparto es de lujo con una Helen Mirren sembrada que transmite su rol con absoluta credibilidad; Om Puri, genial en su papel de padre hindú; Manish Daval, espléndido como chef puntero; linda y sugerente Charlotte Le Bon; hermosa Juhi Chawla; así como el resto del grupo actoral: Rohan Chand, Amit Shah, Dillon Mitra, Farzana Dua Elahe, Malcolm Granat y Sanjav Sharma.

En la historia, una familia india en una vieja furgoneta se traslada encabezado por el padre (Om Puri) a la cabeza, al sur de Francia. Su objetivo es montar un restaurante con comida tradicional india. Pero justo enfrente del local elegido, hay un restaurante tradicional de lujo reconocido en la Guía Michellin y regentado por una escrupulosa y gomosa Madame Mallory (Helen Mirren), que bajo ningún concepto quiere competencia de nadie cerca de su negocio.

Como bien expresa Morais en su novela, diez son los metros que separan Maison Mumbai, el modesto restaurante indio que la familia de Hassan regenta en el pueblecito francés de Lumiére, y Le Saule Pleurer, institución gastronómica de alto nivelo, con la tiránica propietaria Madame Mallory. En la historia novelada el joven Hassan narra en primera persona el periplo que realiza su familia desde Bombay a Londres y de allí hasta Lumiére, a veces circundados por desgracias y fatalidades –la historia se sitúa en plena Segunda Guerra Mundial–, ante los cuales la familia del clan de los Haji responde buscando refugio en su cultura y sus costumbres, mayormente en la tradición gastronómica de sus ancestros. Es así como la familia, al llegar al pueblito, inicia como decía, el negocio del que son profesionales, o sea, un el restaurante hindú. En la película se da la circunstancia cómica que antes puntaba, de cómo Madame Mallory, mujer perfecta y exquisita, queda espantada percatarse que dicho establecimiento colorido, ruidoso y oloroso se encuentra a apenas diez pasos al otro lado de la calle, frente a su exquisito y sofisticado restaurante al que ha dedicado toda su vida.

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La novela, al igual que el film reflejan cómo Maison Mumbai y Le Saule Pleurer están condenados a compartir calle, proveedores y, poco a poco, clientes. Las situaciones de humor motivadas por el contraste entre las dos formas de ejercer la restauración son constantes, y dan fe de la gran distancia que aparentemente separa ambas culturas. No obstante, hay sentimientos, sensibilidades y cualidades que son transfronterizas, aunque haga falta alguna forma de catarsis de parte de algunos personajes para descubrirlo.

No esperes encontrar en este film una gran película, una obra maestra; ni siquiera saciará tu apetito en muchos aspectos, pero en esta cinta sí hallarás una comedia amable, dócil y simpática para pasar un rato agradable. Además, los primerísimos planos de los alimentos te abrirán las ganas de comer. Y no falta el amor. De hecho, la película juega al maridaje entre gastronomía y romance, tema que aunque recurrente en los últimos tiempos, no deja de tener su encanto. Además Hallström ya lo ha trabajado anteriormente (Chocolat).

También es un film contra el racismo y la xenofobia, pues vemos que a la larga, las sensibilidades de unos y otros acaban entrelazándose y uniendo en una solidaria historia sencilla pero simpática, a la que no le falta su toque de picante, de mordiente.

Además están las interpretaciones, como antes apuntaba. A Helen Mirren se la ve disfrutando de su pape de mujer pérfida y odiosa, a la vez que Om Puri encarna muy bien el arquetipo de patriarca indio cordial, lerdo pero con un gran corazón; Puri es un prolífico actor con películas bien conocidas como Oriente es Oriente (1999) y Occidente es Occidente (2010).

Aunque verdaderamente la gran estrella de esta película es Helen Mirren, que logra momentos de humeante emoción. Y hablando de cocina, todo se cuece en torno a ella, lo que incluye el clima jovial del pueblo o el pulso del protagonista, el joven Hassan Kadam, que lleva en su genética la magia de las especias y las exquisiteces, y que interpreta un Manish Dayal que resulta tener un gran solvencia para el papel. Kadam se convierte en un prometedor chef, innovador, que descubre que con sus conocimientos puede perfeccionar la rica gastronomía francesa. A propósito de las interpretaciones, en esta película Hellen Mirren fue nominada en 2014 como mejor actriz en los Globos de Oro.

Además, Hallström, filma con su característico poder visual que el director imprime a sus filmes (Mi vida como un perro, 1985; o Las normas de la casa sidra, 1999 –gran Michael Caine); y lo hace, como apunta cómicamente Bonet: “con un sofrito que es rápido, pero el plato final no decepciona al espectador transformado en comensal”.

En conclusión: película afable, grata, cordial, colorista, sensual, efusiva y bonita, con sabrosos toques de sabor, olor, insinuaciones y buena onda. Una película que uno puede ver sin perder comba, pegado al asiento, sin mirar el reloj, aunque tal vez su huella no dure demasiado en nuestra memoria. Pero bueno, tampoco vamos siempre al cine para recordar hasta el infinito la película. Recomendable.

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