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Aliados

Por Alejandro Arranz

-Zemeckis entrega un nostálgico y elegante cóctel de géneros. Sin embargo es también una película endeble, carente de intensidad, destello y sustancia.
-Ni el guión ni el reparto están a la altura de las circunstancias. Es como ir a la guerra con munición de fogueo.

Tras maravillarme con el 90% del metraje de Flight y con los quince minutos finales de la más que decepcionante The Walk; Robert Zemeckis vuelve con una apuesta bastante arriesgada. Está claro que en el último siglo ha sido uno de los directores que más se han preocupado por fusionar buenas historias con los avances tecnológicos que permitan contarlas de maneras más creíbles, profundas y sorprendentes (el resultado es otro cantar). Por eso esta melancólica vuelta atrás, hacia el Hollywood clásico, resulta tan inesperada como, insisto, arriesgada. Inesperada por lo apuntado, arriesgada porque el público del siglo XXI no parece estar preparado para recibir con los brazos abiertos el regreso de los melodramas clásicos. Ni siquiera si en la mezcla está el thriller de espionaje, el cine bélico y las atractivas caras de Pitt y Cotillard. Por otro lado el guion lo firma un señor con mucho talento, Steven Knight (Promesas del Este, Locke). Dicho ésto, los que -en cuanto a cine- seguimos esa filosofía de “cualquier tiempo pasado fue mejor”, estábamos deseosos de que Zemeckis consiguiera devolvernos el glamour, la intriga y la pasión de los tiempos de Bergman y Bogart.

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Por desgracia no lo ha conseguido ni por asomo. A pesar de un inicio atractivo y que consigue mantener la atención del público, la película pronto se pierde y se sigue con facilidad y desinterés gracias a su llamativo exterior. “Aliados” es una película elegante y atractiva por su trabajo de vestuario, su buena factura y la artesanía formal que encontramos en varios apartados. Zemeckis acorde con lo que pretende, entrega una puesta en escena clásica, aunque se desvía del clasicismo en un par de ocasiones. Los problemas surgen del guion, del reparto y de la incapacidad del director para hacer funcionar los géneros, los tonos, los ritmos, etc. Aunque el guion de Knight tiene algunos diálogos que resguardar y ciertos apuntes excelentes y modernos; en general es pobre, plano y algo torpe. El filme casi siempre parece una copia plastificada de una época pasada, en primer lugar por la inexistente química entre Cotillard y Pitt, que recitan los diálogos de Knight con desgana y sin imprimirles pasión. No es difícil comprender las razones por las que el melodrama romántico (eje de la película) no funciona casi nunca, con unos personajes unidimensionales y un reparto entre la mera competencia (Cotillard) y el error (Pitt). Los puntos álgidos del filme están en el interior de un coche. El primero, la excesiva secuencia de la tormenta de arena, no está muy claro si aplaudirlo o echarse a llorar. Hacia la mitad, la película vira hacia el thriller de espionaje, pero la cosa no se anima por mucho tiempo. Zemeckis no hace gala de un gran manejo del suspense, más bien lo contrario, y la intriga se desinfla demasiado rápido. El director busca hablarnos sobre la dificultad de mantener la vida conyugal en plena guerra, algo difícil teniendo en cuenta la inexplicable carencia de drama que hay en la película. En el desenlace previo a la coda, encontramos el otro momento reivindicable de la cinta, también dentro de un coche, es probablemente la escena que mejor funciona en suma de sus partes, pero la verdad es que podían haberse arriesgado un poco más.

Un ingenuo Zemeckis intenta traer de vuelta el cine clásico, un anticuado ejercicio nostálgico en forma de melodrama romántico con tintes de intriga bélica, la pureza de lo analógico pero en formato digital. El problema de su admirable tentativa no es que esté pasada de moda, pues lo “vintage” cada día gusta más, el problema es un conjunto de piezas complementarias que no funciona en absoluto. Pero Brad Pitt está soltero, así que en taquilla probablemente les irá bien.

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