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Alegría

Por Enrique Fernández Lópiz

No hace mucho, en esta misma Web comentaba yo la película de culto de François Truffaut, La noche americana (1973). Quienes la hemos visto sabemos que se trata de una película que cuenta el rodaje dentro de otra película, y cómo, esta tarea de crear un film no es una labor fácil por la enorme cantidad de eventualidades de todo tipo y no siempre fáciles de abordar, que como cuenta este film, concurren en un rodaje.

Pues bien, en esta película de la que ahora hablo, Cantando bajo la lluvia, obra ya clásica y como sabemos muchos sobresaliente e incluso antológica, se abordó también, veintiún años antes (1952), el rodaje de una película dentro de la misma película. Pero en esta obra se añade el particular interés de narrar lo que fue el paso del cine mudo al cine sonoro, cómo ese tránsito no fue ajeno a muchas, variadas y a veces cómicas situaciones para una industria que se vio obligada a incorporar el sonoro en la pantalla, pues los tiempos y los avances se impusieron.

Fue dirigida la cinta con absoluta maestría por Stanley Donen y Gene Kelly, que abordaron y tradujeron en imágenes inolvidables y de manera inigualable, el espléndido libreto escrito por Betty Comden y Adolph Green. Nada que decir de la archiconocida, alabada mil veces y genial música de Nacio Herb Brown y Arthur Freed, amén de la gran fotografía de Harold Rosson y John Alton.

En cuanto al reparto resalta la figura épica de uno de los mejores bailarines y actores del siglo XX, el genial Gene Kelly, que además de bailar y cantar como los dioses, interpreta de forma destacada. Le acompañan un Donald O´Connor, su perfecto y simpático compañero que está magistral. Debbie Reynolds maravillosa, Jean Hagen magnífica como actriz de reparto, y así hasta completar un elenco de lujo con Milard Mitchel, Cyd Charisse (maravillosa en el doble papel de ángel y demonio en el número Broadway Melody), Rita Moreno y Douglas Fowley.

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Este musical, a la vez que comedia romántica de cine dentro del cine, y del cine mudo al sonoro, incluye una sátira sobre este proceso y está considerado uno de los mejores musicales de todos los tiempos. En él se cuenta cómo Don Lockwood (Gene Kelly), un ídolo del cine mudo que cree tener el mundo a sus pies, además de dinero, fama, éxito, etc., cuando conoce a una aspirante a actriz, Kathy Selden (Debbie Reynolds), se le iluminan las entendederas y cae en la cuenta de que es justamente ella lo que verdaderamente falta en su vida: el amor. Así, con el nacimiento del cine sonoro, Don quiere a toda costa filmar obras musicales con Kathy. Mas ocurre que la reina del cine mudo, Lina Lamont (Jean Hagen), se va a interponer entre ellos, lo que desencadena una historia emotiva y alegre como ahora diré.

Algunos han valorado este film como el gran musical de siempre jamás, justo en la época dorada del cine y de los musicales. Tiene su inspiración en toda la serie de melodías de Broadway que se fueron realizando en Hollywood en los años 1930 a 1940, coincidiendo con la aparición del cine sonoro. Esta película se estrenó un año después de otro musical cimero, en este caso de Vicente Minelli: Un americano en París, también con Gene Kelly y que ganó 6 Oscar en ese ´51: mejor película, guión, música, dirección artística, vestuario color. Tal vez esta circunstancia hizo pensar a los académicos de Hollywood que los musicales ya habían sido sufrientemente recompensados en los Premios Oscar, por lo cual, al año siguiente, Cantando bajo la lluvia se quedó sin estatuillas: ¡increíble pero cierto! Aunque la verdad, la película tuvo sus reconocimientos en ese año ´52: 2 nominaciones al Oscar: actriz secundaria (Jean Hagen), bso (Musical). Globos de Oro: mejor actor comedia/musical (O’Connor) y nominación mejor película. Premios BAFTA: nominada a mejor película.

O sea que esta joya de título original Singin’ in the Rain tiene su sitio en el Olimpo del cine, amén de memorables escenas de los más maravillosos bailes y música de la cinematografía del siglo XX. Mencionaré sólo dos, por un lado la gloriosa interpretación por parte de Donald O´Connor de la pieza Make’em Laugh, en la que literalmente se sube por las paredes en uno de los números musicales más dinámicos y divertidos del cine. Y por supuesto, nadie que haya visto este film podrá olvidar el célebre baile, mientras canta, de Gene Kelly, enamorado él, todo ello bajo una lluvia torrencial que ni siquiera inquieta al espectador de tan bonita como resulta la secuencia. Aquí Gene Kelly no tiene parangón, está vital, alegre, suelto cual “pluma al viento”, haciendo una interpretación para la posteridad. Son unas escenas que nos empapan, no de lluvia, sino de embeleso y nostalgia. Por eso y por sus maravillosos 102 minutos de metraje, esta obra resiste con total solvencia el paso de los años, por su perfección, por su consistencia interna como obra genial, por su fluidez y alegría (un calificativo que le va como anillo al dedo), todo eso la convierte en una obra maestra.

Y no quiero abundar en más alabanzas a esta película, pues de ella se ha hablado sobradamente y mejor que yo por supuesto, pero quiero detenerme en un detalle que ya he señalado y que no es trivial: su alegría. Esta película es antidepresiva, y lo digo porque cuando vemos al gran Kelly con el paraguas al cielo, danzado con esa maestría y ese júbilo de enamorado, cuando lo vemos ir y venir como en volandas bajo el chaparrón, creo que entonces nos sentimos también con verdaderas ganas de saltar y cantar bajo la lluvia, se nos contagia la emoción de la felicidad del protagonista; y no creo errar si digo que eso es en estado puro, la alegría. Una de las escenas del cine de todos los tiempos que mejor expresan la alegría. Y qué mejor piropo a este film que este que ahora digo con pleno sentimiento y convicción; tan es así, que me ha traído a la mente los versos de un hermosísimo poema de nuestro gran poeta que fue José Hierro (1922-2002), y que habla también de la alegría. Con él cierro mis observaciones sobre esta película de ayer, de hoy y de siempre jamás: ¡pura alegría!

Aquel que ha sentido una vez en sus manos temblar la
alegría
no podrá morir nunca.

Yo lo veo muy claro en mi noche completa.
Me costó muchos siglos de muerte poder comprenderlo,
muchos siglos de olvido y de sombra constante,
muchos siglos de darle mi cuerpo extinguido
a la hierba que encima de mí balancea su fresca verdura.
Ahora el aire, allá arriba, más alto que el suelo que pisan
los vivos
será azul. Temblará estremecido, rompiéndose,
desgarrado su vidrio oloroso por claras campanas,
por el curvo volar de gorriones,
por las flores doradas y blancas de esencias frutales.
(Yo una vez hice un ramo con ellas.
Puede ser que después arrojara las flores al agua,
puede ser que le diera las flores a un niño pequeño,
que llenara de flores alguna cabeza que ya no recuerdo,
que a mi madre llevara las flores:
yo querría poner primavera en sus manos.)

¡Será ya primavera allá arriba!
Pero yo que he sentido una vez en mis manos temblar la
alegría
no podré morir nunca.

Pero yo que he tocado una vez las agudas agujas del pino
no podré morir nunca.
Morirán los que nunca jamás sorprendieron
aquel vago pasar de la loca alegría.
Pero yo que he tenido su tibia hermosura en mis manos
no podré morir nunca.

Aunque muera mi cuerpo, y no quede memoria de mi.

José Hierro

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