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Agobios orbitales

Por Natxo Iraceburu

Si quieres filmar a una persona entrando en una habitación pones la cámara y lo filmas. Y ya. Pero si quieres que aparezca una persona apretándole una tuerca al telescopio espacial Hubble la cosa se complica enormemente si se pretende que ese acto parezca real.

Sólo hay dos formas de recrear la ingravidez en el entorno de la Tierra, una, estar en un sistema de referencia acelerado (en caída libre) en el que un observador no inercial no pueda distinguir si, efectivamente cae en caída libre (u orbitando a cualquier altura, que físicamente viene a ser equivalente) atraído por el planeta, o si se encuentra vagando por el espacio profundo. Esta forma la empleó Ron Howard en Apollo XIII para unos cuantos minutos de metraje. Metió los decorados en un KC-135 A de la NASA y en los segundos en los que el avión caía libremente filmaba a los actores flotando por los mismos. Desde luego, ésta es la forma idónea de recrear la ausencia de gravedad porque dentro del avión que cae la situación es físicamente indistinguible de estar en órbita o de encontrarse en ausencia de atracción gravitatoria. Obviamente filmar toda una película de esta manera es irrealizable. Así que lo habitual es emplear los efectos especiales, que es la otra forma de hacerlo, y que es como se ha hecho en Gravity y en el resto de películas que se han ocupado del tema.

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También son sólo dos las formas de plasmar en imágenes cualquier situación que transcurra en el espacio, sea ficción, como Gravity de Alfonso Cuarón, histórica, como la mencionada Apollo XII, o ciencia ficción como 2001, Una odisea del espacio o 2010, odisea dos. Una es hacerlo bien y la otra hacerlo mal. No hay zona intermedia. Si cometes un fallo, o por cuestiones narrativas, comerciales etc.,  algún principio físico salta por los aires ya lo estás haciendo mal. Clint Eastwood en Space Cowboys se propuso que las secuencias espaciales parecieran reales, y visualmente lo consiguió pero, ay, permitió que el sonido viajara libremente por el frío vacío exterior, cosa que, como es sabido, es imposible. Idéntico caso al de Misión a Marte de Brian de Palma. Hay que puntualizar que no ser estrictamente riguroso con el tratamiento científico de las imágenes espaciales no necesariamente estropea el conjunto, aunque lo devalúe de alguna forma en función del rango en el que se inscriba el relato: ciencia ficción hard, light o extralight, que viene a ser lo habitual y que se deriva de la escasa exigencia de rigor del grueso de los espectadores de las carísimas producciones de este tipo. Las dos películas basadas en las novelas de Arthur C. Clark, la peripecia dramática de los astronautas de la Nasa en su fallido viaje a la Luna y la ficción de Gravity pertenecen a esas raras producciones donde se respetan escrupulosamente todas las leyes físicas a la hora de recrear esas historias en la pantalla.

No es de extrañar que James Cameron, un cineasta tan cercano a la ciencia y a la tecnología, se haya puesto a loar la película de Cuarón. Como experiencia cinematográfica supone realmente un logro estratosférico. Recreando de forma impecablemente minuciosa tanto las condiciones ambientales como todas las estaciones, la lanzadera, los trajes, las vistas de la Tierra… El mexicano nos hace sentir todo el vértigo y la angustia de estar allí arriba suspendidos en órbita sobre nuestro planeta, en un entorno tan espectacular y hermoso pero a la vez tan hostil y en el que las cosas reaccionan de forma extraña y peligrosa para nuestra experiencia terrenal.

Cuarón hijo, coautor del guión, le dijo a su padre que sus películas estaban muy bien pero que eran demasiado retóricas. Así que en esta ocasión ambos se han propuesto reducir la densidad argumental del relato hasta dejarlo en un fino hilo que, si bien nunca deja de ser funcional debido a la eficacia narrativa que supone la situación de un personaje que va avanzando penosamente a través de dificultades aparentemente insalvables, no termina de ser suficiente para que nos involucremos emocionalmente todo lo deseable. En mi opinión, hay un problema con la presentación de los personajes. Da la sensación de que nos falta un primer acto en el que podamos empatizar con ellos, o al menos enterarnos de sus motivaciones o conflictos. La película se abre con ese elegante, impresionante plano secuencia de 15 minutos en el que enseguida suceden cosas  y que a mí me parece el arranque de un segundo acto. Y a pesar de que el personaje de Clooney está escrito como si fuera su propia caricatura  y que el intento de cuajar el de Bullock con el drama de su pasado no sea lo efectivo que pretenden los guionistas, la maestría de Cuarón para materializar a través de unas impactantemente realistas imágenes la particular odisea espacial de la agobiada astronauta salva la ligereza de la historia para conseguir una narración absorbente e inmersiva que avanza implacable hasta un final elegante como pocos.

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