Image Image Image Image Image Image Image Image Image

Acción, entretenimiento y la opción de modificar el destino

Por Enrique Fernandez Lópiz

Jack Mosley (Bruce Willis) es un veterano policía de Nueva York, bebedor, cansado, hastiado y sin ilusión por su trabajo e incluso sin ganas de vivir. Un buen día, cuando iba de vuelta para su casa tras una intensa noche de servicio, le encargan a primeras horas de la mañana, las 8:02 concretamente, una misión en apariencia sencilla. Se trata de trasladar a un preso, el delincuente de color Eddie Bunker (Mos Deft), que está citado para declarar ante el gran jurado a las 10,30 hs. de la mañana. El traslado ha de hacerse desde una celda al juzgado, justamente a 16 calles de distancia. Mosley introduce a Eddie en su coche y hace una parada para conseguir bebida. En ese instante se da cuenta de que lo siguen y comienza a tener encontronazos e intercambio de disparos con sus perseguidores. Quienes le acosan no son sino sus propios compañeros policías que bajo ningún concepto quieren que Eddie testifique, pues lo hará en su contra (y del propio Mosley), lo cual les puede acarrear años de cárcel a todo el grupo de agentes. El film será un frenético intento de Mosley y su cautivo por llegar a tiempo para testificar, pero las dificultades y la violencia es mucha, y lo que parecía simple, se convierte en una misión casi imposible: recorrer 16 calles hasta los juzgados. En el transcurso de la trama, policía y custodiado se replantean sus miserables vidas.

El director Richard Donner es un director con un extenso curriculum desde los años cincuenta; tiene en su haber, además de series de TV importantes (Perry Mason, 1957 o Superagente 86, 19665), películas meritorias como La Profecía, 1976, Arma letal, 1987, Maverick, 1991 o Conspiración, 1997, entre otras muchas. O sea, es un director meritorio y con gran experiencia. Pues bien, con esta película consigue realizar una obra policial en la que no falta la acción, la tensión, así como un par de retratos de sendos personajes, policía arrojado y en vías de redención, y un pobre ladrón negro de tres al cuarto que tiene sus sueños puestos en ser pastelero. Donner consigue, a pesar de las deficiencias del libreto, cerrar esta película de forma que todo resulte firme y consistente. El guión de Richard Wenk está bien trazado en general, aunque en ocasiones resulta absurdo y con huecos que te dejan un poco anonadado; pero el resultado final pasa el corte. Música correcta de Klaus Badelt y fotografía acorde al film de Glen MacPherson.

El reparto es bueno con reparos, con un Bruce Willis casi desconocido, hundido, cabizbajo, con un toque de amargura, o sea, el anti Willis, que sabe encarar con profesionalidad su trabajo de policía alcohólico y arrepentido. El rapero Mos Def se desempeña, con un de exceso actoral y de verborrea, pero que cumple e incluso llega a resultar simpático en el papel de Eddie. Y entre los secundarios cabe destacar la buena interpretación como policía corrupto que maneja los hilos, de parte de David Morse; acompañan muy bien Tig Fong, Cylk Cozart, Jenna Stern y David Zayas.

16calles2

La vi hace poco de manera casual y me quedé de principio a fin, lo cual que la película engancha y resulta ser un muy entretenido metraje de policías que no se hace larga en absoluto. Como escribió Torreiro: Un artefacto trepidante, recorrido por una vena de sólido oficio y de seguro pulso narrativo.”

Este thriller de acción urbana tiene algunos aspectos que creo merecen ser resaltados. Por una parte, el interesante rodaje en un Nueva York auténtico, con atascos de coches, multitud de gente, lugares y barrios variopintos, y la sensación de estar la ciudad-asfalto y de edificaciones imponentes por antonomasia. O sea, buena selección de exteriores y buena puesta en escena.

El otro asunto es más bien de tipo moral. Esto es, el mensaje de que las personas pueden cambiar, o sea, que no está nadie destinado fatalmente. Ambos protagonistas hablan de este asunto en distintas escenas del film. El policía, cuando le da las gracias al ladrón a quien custodia y por el cual está dispuesto a morir, por haberle “salvado la vida”; con lo cual está insinuándole a Eddie que le ha hecho recapacitar y cambiar su actitud y su manera de ver las cosas y su propia existencia. De igual manera, el ladronzuelo anhela y finalmente conseguirá pasar de ser un delincuente a convertirse en un exitoso pastelero, a hacer dulces y tartas, que es lo que le gusta. Es decir que el policía bueno Mosley, tiene la oportunidad de redimir sus culpas, reparar sus errores del pasado y entrar en una dinámica de honestidad, mejor, más cabal, en la que se va a encontrar sentido a su vida. Y el pobre Eddie va a ser feliz en su desempeño con la cocina.

Estos son mensajes que en ocasiones se olvidan, cuando en tantas ocasiones se oye decir ese maldito refrán de: genio y figura hasta la sepultura. Pues nada más erróneo, ese dicho parece exponer lo que algunos define las denominadas “neurosis de destino”. La llamada por Freud “neurosis de destino” designa una forma de existencia caracterizada por el retorno periódico de los mismos encadenamientos de acontecimientos, generalmente desgraciados, encadenamientos a los cuales parece hallarse sometido el individuo como a una fatalidad exterior. Sin embargo, yo afirmo que siempre hay un margen para la corrección y el cambio, las personas somos plásticas, nada está dicho de manera definitiva. El policía de la película lo demuestra rehabilitando su vida. Ese es el punto de inflexión en que Mosley toma conciencia de su aciaga vida y decide arriesgar fuerte y entrar en una especie de conversión-liberación, y tomar una nueva senda. E igual hace Eddie, que puede al fin escapar a su miserable destino con su libreta de recetas de pastelería bajo el brazo y su ansia de ser otra cosa a lo que lo que la vida parecía haberle condenado.

Para abundar algo más en este extremo diré que desde que Freud publicó en 1916 sus ensayos sobre las “Neurosis de Destino”, retomadas luego en “Más allá del Principio del Placer”, esta palabra, “destino”, quedó marcada para el mundo “psi”, como un componente diabólico e incluso poco comprensible. Y es que yo creo que hay que quitarle al término el sentido de fatalidad. Por ello, me ha gustado que esta película, en el fondo sencilla, lo haga: eliminar el aura ominosa del concepto destino al modo de predestinación. Las personas pueden llegar a mostrar intereses social y culturalmente aceptables, en lo que también Freud denominó “sublimación”: en la ayuda a los demás, el arte, las ciencias, el deporte, la lectura, la cocina, la misma honestidad e incluso la religión, venciendo a través de estas actitudes, actividades e ilusiones las dificultades propias de la existencia.

En resolución, tras mis reflexiones “psi”, creo que la película tiene, soltura narrativa y solvencia técnica, alguna deficiencia actoral en Def, en ocasiones el guión puede resultar disparatado, a veces se viste con toques de moralina, pero en general, la considero una película aceptable donde la experiencia del su director Richard Donner, finalmente, sobre todo en la segunda parte de la cinta, consigue un resultado sólido y ameno.

Tráiler: https://www.youtube.com/watch?v=7LaqTTRNvpg.

Escribe un comentario