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A puñetazos con la vida

Por Jorge Valle

El boxeo es uno de los deportes que más presencia ha tenido en el cine a lo largo de su historia, hasta el punto de constituir casi un género propio dentro del Séptimo Arte. Las pasiones extremas que genera este deporte, cuyos protagonistas siempre buscan la gloria o la redención por medio de él, han sido mostradas, con mayor o menor acierto, por directores tan destacados como Clint Eastwood (Million Dolar Baby), Martin Scorsese (Toro Salvaje), John G. Avildsen (Rocky), Darren Aronofsky (El luchador), Ron Howard (Cinderella Man) o David O. Russell (The Fighter). Es precisamente con este último título con el que Warrior, del director norteamericano Gavin O’Connor, guarda más paralelismos, pues ambas tienen como protagonistas a dos hermanos envueltos en un ambiente familiar turbio y fracturado. Para no coincidir en su estreno, Warrior tuvo que esperar un año para darse a conocer, lo cual perjudicó enormemente sus opciones tanto en la carrera por los premios más importantes del año –sólo consiguió la nominación en los Oscar como Mejor Actor Secundario para Nick Nolte- como en la taquilla, a pesar de recibir unas críticas excelentes. The Fighter, una película notable con unas interpretaciones sobresalientes, fue mucho más premiada y aclamada, a pesar de situarse un escalón por debajo de la película que aquí nos ocupa. Y es que la cinta de Russell no alcanza ese potente grado de tensión que nace desde el principio en Warrior y que, en un magnífico crescendo en el que vamos conociendo las metas de los protagonistas y sus heridas más profundas y dolientes, concluye finalmente en un desenlace tan apoteósico como tremendamente conmovedor.

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La historia gira en torno a Tommy (Tom Hardy) y Brendan (Joel Edgerton), dos hermanos que llevan años sin verse por culpa de su padre Paddy (Nick Nolte), un alcohólico cuyos graves problemas con la bebida han destrozado a su familia. El tiempo ha pasado y la culpa se ha convertido en una pesada carga para el progenitor quien, superada su adicción por la bebida –lleva mil días sin probar gota de alcohol- decide que es el momento de obtener el perdón y recuperar el cariño perdido de sus hijos. Por otro lado, Tommy ha desertado del ejército atormentado por los horrores de la guerra y, a pesar del terrible rencor que siente hacia su padre por haberle abandonado junto con su enferma madre cuando tan sólo era un adolescente, decide convertirse en su pupilo y entrenar a sus órdenes para poder ganar un torneo de artes marciales al que también se apuntará Brendan, agobiado por sus graves problemas económicos. La capacidad de lucha y sacrificio por perseguir los sueños, las complicadas relaciones familiares o la necesidad de olvidar el pasado y abrazar el perdón son algunos de los temas que, a pesar de haber sido utilizados en numerosas ocasiones, aparecen en la película con nuevos matices y una gran carga emocional bajo el enfoque de O’Connor.

La música de Beethoven subraya las emocionantes y épicas escenas de peleas, que conforman una última media hora poderosa e intensísima pero que no empañan el verdadero conflicto dramático que plantea la película, y es que O’Connor, a través de la típica drama deportiva, nos habla de tres personas tan necesitadas de amor como de perdón, aunque las heridas del pasado, lejanas pero no curadas, impidan su redención. Los personajes son tan humanos que no nos es difícil identificarnos con ellos, sobre todo con Brendan, cuyo amor protector por su familia –está casado y tiene dos hijas- constituye el motor de sus acciones y la fuerza sus golpes. Frente a él, los puñetazos de Tommy están repletos de dolor y rabia, sentimientos que canaliza a través de la violencia más pura y física. Hay que mencionar las impresionantes transformaciones físicas que han sufrido Joel Edgerton y Tom Hardy, pero no sería justo que desluciesen la fuerza que imprimen no sólo a sus golpes y patadas, sino también a sus sentimientos más internos que trasladan al espectador con una naturalidad arrolladora y que muchas veces chocan por su propia contradicción. También cabe destacar la progresiva empatía que el espectador siente por Tommy a medida que va descubriendo los verdaderos motivos que le mueven a regresar a los cuadriláteros de boxeo. El guión, obra del propio director junto con Anthony Tambakis y Cliff Dorfman, dosifica a la perfección las dosis de información, de manera que no conocemos en profundidad a los personajes hasta que llegamos a la parte final.

Pero es Nick Nolte quien protagoniza los momentos más desgarradores de la cinta –su conversación con Brendan en la que le implora que le perdone o su recaída en el alcohol tras una discusión con Tommy- y, a pesar de que conocemos su oscuro pasado y el tremendo dolor que ha causado a las personas que le rodean, no podemos evitar sentir lástima por él, gracias en parte a la humanidad que imprime a su personaje, una humanidad que todos podemos reconocer en su triste mirada y que tiene, finalmente, la ansiada y merecida recompensa del perdón y la gratitud. El resultado es una película sobresaliente, que deja con ganas de más, y que pasó injustamente desapercibida para la gran mayoría del público. Una pena, pues pocas veces se ha visto en la pantalla tanta intensidad emocional –«¡Te quiero, te quiero Tom!»- como en ese combate final cuyo único vencedor es el amor fraternal más grande y puro que se recuerda en el cine de los últimos años.

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Comentarios

  1. Javier Fernández López

    ‘Warrior’ es una magnífica obra, un cuento sobre el perdón y la redención a través de la vida de una familia destruida. Es una lástima la poca atención que ha tenido la cinta, que parece que sólo se conoce a través del boca a boca o alguna recomendación por internet. Es la ‘Rocky’ del siglo XXI, intensa en sus minutos finales y dramática durante todo su metraje.

    ‘The fighter’, como bien dices, tiene a su favor unas interpretaciones sobresalientes, con un argumento igualmente dramático pero no tan potente como el que ofrece ‘Warrior’.

    Me ha encantado leer tu artículo. Saludos!

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