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A propósito de Llewyn Davis. Ese gato no es mío

Por Miguel Ávalos

Los hermanos Coen (Ethan y Joel), dos genios del Séptimo Arte acostumbrados a realizar metrajes con la violencia como uno de los temas abanderados, han aparcado su género fetiche (en este caso el thriller) para traernos un drama en toda su extensión: A propósito de Llewyn Davis. Basada en parte en las memorias del músico y activista Dave Van Ronk tituladas The Mayor of MacDougal Street.

Después de haberla visto en la gran pantalla puedo decir que, en mi opinión, la apuesta no ha podido salir mejor. Los Coen lo han vuelto a lograr deleitándonos con un peliculón que muestra un lado de la vida bastante amargo, en el que por mucho que una persona persiga su sueño parece que la haya mirado un tuerto y esté destinada a no cumplirlo y, en consecuencia, debe renunciar a él.

Así le sucede a Llewyn Davis (Oscar Isaac) un cantante de música folk cuyo compañero de dueto se ha suicidado y trata de cualquier manera de asentarse como cantautor. Llewyn es un auténtico desgraciado y fracasado, ha cometido muchos errores en su vida y más de una persona lo tiene fichado, incluso algunas mujeres con las que se ha acostado. Se ve obligado a dormir en los sofás de los pisos de otros y su álbum reciente cantando en solitario no está ni siquiera a la venta. Pese a asistir a todo casting y prueba que le surge, su música y su estilo no convencen y nadie apuesta por él. Llewyn se encuentra sin contrato y sin dinero. En otras palabras, entre la espada y la pared.

A propósito de Llewyn Davis es dura, fría e incluso cruel. Muestra cuán frustrante es no poder alcanzar tus metas por mucho que te esfuerces, muestra esa amargura que corroe a una persona por dentro cuando acaba por renunciar a lo que más quiere e interiormente debe resignarse. Muestra a esa suerte caprichosa dando la espalda a un humilde cantante que, sin su compañero de dúo, carece de chispa desde el punto de vista de quienes llevan los locales y realizan las audiciones. Un cantante que, pese a haber cometido errores humanos en la vida, adora lo que hace, le encanta tocar la guitarra y cantar, pero parece tener una barrera invisible delante de sus narices. Todo ello en una película en la que se respira tristeza y frustración.

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Los Coen han plasmado dichas sensaciones de maravilla, con un guión muy rico y profundo. En cada diálogo se percibe cuan mal lo pasa el protagonista, cuánto le reprochan sus errores y cómo tiene que subsistir para no pasar hambre y tener un techo donde descansar, en su caso un sofá. Hablando claro, el ambiente tan negativo del que está rodeado. Ni siquiera las personas que lo tratan con amabilidad son un refuerzo para Llewyn, no en comparación con aquellas que lo ven como alguien acabado en el mundo de la música y menos aún con las personas que directamente se mofan de él. El mejor ejemplo de esto último lo pone el personaje de John Goodman, Roland Turner, un músico de jazz que no para de insultarlo por ser cantante de folk y llevar una gata con él. Precisamente son los líos continuos con el gato del matrimonio Gorfein, Mitch y Llilian (Ethan Phillips y Robin Bartlett) los que ponen las gotas cómicas del film, aunque para Llewyn suponga incluso más complicaciones.

A destacar a Oscar Isaac por el gran trabajo que hace en medio de un reparto que cumple de maravilla con su cometido y hace que te introduzcas en el film de principio a fin. Te identificas rápidamente con Llewyn y deseas que, a pesar de que ha cometido errores, logre su sueño y se convierta en un cantante de folk famoso, ya que en realidad es buena persona y se le nota a lo largo de la película. Sin embargo el final, de alguna manera abierto, no te da precisamente esperanzas de que ello suceda. ¿Tendrá algo que ver la irónica y muy acertada escena del gran Bob Dylan? Puede que la caprichosa suerte haya vuelto a echar su moneda al aire y ya se sabe, cara para unas/unos, cruz para otras/otros. Sea como fuere da la impresión, debido a la última escena de Llewyn, que la película nos quiera comunicar que en el mundo de la música unos triunfan (Bob Dylan) y otros acaban mendigando si de ese mundo depende. Caso de Llewyn.

CONCLUSIÓN

Las grandes películas son las grandes películas. Aquellas que te transmiten tanto que te calan hondo, aquellas que te envían un mensaje tan claro que se te queda grabado en la mente. Sin embargo, no todas las películas transmiten mensajes alegres y ni tienen por qué. A propósito de Llewyn Davis no tiene nada de alegre. Nada más lejos de la realidad, es una película llena de tristeza y frustración, un film muy frío e implacable y, sin embargo, al mismo tiempo lleno de vida. Vida por el enésimo gran trabajo que han realizado los hermanos Coen al frente del guión y la dirección, vida por la gran interpretación de Oscar Isaac como Llewyn Davis, vida por esa banda sonora de T-Bone Burnett y Marcus Mumford que acompaña durante todo el film y te introduce aún más si cabe en ese ambiente desesperante que un infeliz recorre y vida por el resto del reparto que remata la faena componiendo un producto audiovisual que muestra la cara amarga de la vida y lo complicado que es abrirse paso en los mundos artísticos. Amén de que en toda película dramática siempre hay un mensaje esperanzador, en este caso muy claro “si crees ciega y firmemente en algo jamás renuncies a ello por muy negras que estén las cosas”. Si eres fan de los Coen, ¡no lo dudes!, A propósito de Llewyn Davis es otra prueba más de que estos dos hermanos son un par de genios.

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