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A mayor gloria de Churchill y del Imperio: ¡Dios salve al Rey!

Por Enrique Fernández Lópiz

Es difícil y complejo esto de los biopic, sobre todo si conciernen a personajes de la política contemporánea. Este es el caso de Churchill (título del film), o de Winston Leonard Spencer Churchill (1874-1965), Primer Ministro del Reino Unido en los períodos 1940-1945 y 1951-1955. Es sin duda uno de los estadistas más considerados del pasado siglo y el más afamado de Inglaterra por haberse negado a ningún tipo de connivencia con el régimen nazi de Hitler, cuando algunos de sus compatriotas sí habrían aceptado de buen grado una alianza germano-inglesa. Creo que ese fue su principal mérito, que no es poco, plantarle cara al poderío germano, en pro de la libertad. Y decía de la complejidad de contar la historia de mandatarios contemporáneos, porque todos, al igual que Churchill, han tenido sus luces y sus sombras. Cosa diferente es que se quieran esconder los momentos lóbregos en una película dedicada al personaje. Normal. No digo ni hago mayor hincapié sobre esto, pues es asunto de la Historia poner a cada cual en su sitio, no el de unos comentarios sobre cine. Al menos me parece eso en el caso que aquí me trae.

En 1944, como todos sabemos, las fuerzas aliadas con británicos, norteamericanos, canadienses y franceses, un millón de soldados congregados en la costa sur inglesa, estaban preparados para el desembarcar en la costa francesa y expulsar a los nazis de Francia y en general de los territorios de la Europa Occidental. El Primer Ministro Churchill tuvo que tomar una importante decisión en las tensas 48 horas previas al desembarco de Normandía, enfrentándose a sus generales y a los aliados norteamericanos, por el temor a una masacre. Tenía que decidir cómo afrontar lo que se convertiría en la operación militar clave de la Segunda Guerra Mundial, la que en el conjunto de operaciones navales recibió el nombre de Operación Neptuno. Pues bien, antes del momento en que advendría el punto de inflexión de la guerra y su desenlace, Churchill sufre airadamente con comportamientos intempestivos y coléricos. La película muestra a un Churchill dominante, agresivo y obsesionado con preservar un lugar de privilegio en la Historia de la Gran Bretaña moderna, un Churchill en los momentos más difíciles al frente del gobierno, tiempos en los que se le ridiculizó políticamente. Todo ello lo colocó al borde de la depresión, mientras tenía que tomar la decisión vital: autorizar el desembarco en las costas galas. Churchill teme que la campaña del Día D fracase. Si así fuera, no podría dominar los fantasmas de sus recuerdos de la Primera Gran Guerra y de la Batalla de Galípoli en particular, o la derrota de Dunkerque. En el film, el mandatario no quiere bajo ningún concepto que lo recuerden como el artífice de una masacre. Pero ahí estaban los generales, el americano Dwight D. Eisenhower y el británico Bernard Montgomery, para tomar las riendas, arriesgar y abrir definitivamente un frente occidental hacia el corazón de la Alemania nazi (Operación Overlord, 1944), pasando por encima de la rabia de Churchill. Además, el tiempo estaba contado, habidos los avances bélicos de los alemanes que ya entonces amenazaban con bombas dirigidas de forma autónoma. De manera que Churchill se encomendó a Dios y dejó los asuntos militares en el resuelto Ike Eisenhower y su compatriota Montgomery.churchill-2

Jonathan Teplitzky dirige con oficio este thriller basado en hechos reales y cuyo guión es escrito por el historiador Alex von Tunzelmann. No dudo que la dirección es correcta, mas también se intuye en esta cinta esa especie de exaltación patria del actual Reino Unido, pensado sin duda para la era Brexit, como queriendo inspirar tranquilidad a los británicos –y de paso exportarlo al mundo- de que han de estar tranquilos pues la Madre Patria dará cobijo a todos sus ciudadanos, “una película que, de hecho, parece más movida por las turbinas de un mecanismo infalible (el del biopic para masajear el orgullo nacional) que por algo realmente vivo y falible” (Costa). Recuerdo en este punto películas recientes de equivalente tono comentadas por mí en esta página como, Su mejor historia (2016); o, Dunkerque (2017).

Desde luego no se puede discutir que la silueta de Churchill se recorta imponente en el film sobre el paisaje verde de Britania en un fondo de incertidumbre sobre el futuro de la guerra, como si se tratara de un grandioso monolito a la pétrea probidad del espíritu británico, “un uso del biopic a la medida del Gran Hombre en mayúsculas, convenientemente colocado sobre el pedestal de la posteridad” (Costa). Como decía, no hay en la cinta ninguna tentación de hurgar en los claroscuros del estadista, no hay atisbos enigmáticos ni tampoco hay elementos de ambigüedad sobre su figura. Película, así, a mayor gloria del Churchill y del Imperio británico.

Estupenda me ha parecido la música de Lorne Balfe y brillante la fotografía de David Higgs. Gran vestuario y cuidada puesta en escena.

En el reparto Brian Cox se mimetiza con la conocida imagen de Churchill (andares, mirada, gestos y hasta las bolsas de los ojos) y encarna su personaje como héroe de ciclópea fuerza enfrentado al abismo de su propia prescripción; pero que finalmente hace una reformulación de su supuesta capitulación, entrando a saco en la cabriola titánica del liderazgo, con lo que asume su posición de emblemática: excelente trabajo de Cox. Miranda Richardson hace de Clementine Churchill a modo de madre de un cordial y colérico niño grande, esposa fiel e inquebrantable apoyo que detuvo el hundimiento del líder británico y elevándolo a su definitiva grandeza. John Slattery está muy bien en su interpretación y en la caracterización como el general estadounidense Eisenhower; igual que Julian Wadham, brilla igualmente como como estratega arriesgado. James Purefoy encarna con enorme dignidad y estilo al Rey Jorge IV, que protagoniza una de las mejores escenas. Y acompañan con la maestría actoral británica Richard Durden, Ella Purnell, Danny Webb, Jonathan Aris, George Anton, Steven Cree, Angela Costello, Peter Ormond, Suki Waterhouse, todos en consonancia y con un alto nivel.

A mí la película me ha gustado, a pesar de las trampas que obviamente tiene por cuanto su objetivo es ensalzar al personaje y estadista, pues “cada plano trata de recordarnos visualmente que Churchill era un gran hombre” (Salvá). Hay que reconocerle al film unas hechuras académicas impecables. Aunque puede que le falte brío, sangre o ánimo. Es decir, que aun no siendo mi caso, puede aburrir a parte del respetable que vaya al cine a verla pues “el drama amaga y no remata” (Cortijo), lo cual puede hacer que la película resulte larga a pesar de su metraje normal de 110 minutos. Pero repito, no es mi caso, lo que ocurre es que cuando voy al cine observo a los espectadores y cómo se remueven en su asiento, síntoma de sueño, fatiga o ganas de que la cosa acabe.

Resumiendo, como muy bien escribe Trashorras, “dentro de los biopics existe un subgénero cuya posible denominación sería ‘retrato puntual’”, o sea, cuando en vez de ofrecer una panorámica general de la vida del personaje, se relata sólo una parcela de la misma y de la sociedad en que vive en esos momentos, un lapso de tiempo breve. En este caso son los dos días que preceden al ataque aliado desde las costas galas. Este episodio y la misma figura de Churchill hecha cine cumplen objetivos relacionados con la cultura general, la documentación –algo valioso para los más jóvenes que quizá muchos ni conozcan a tan memorable personaje-, y que es una obra, en fin, pedagógica y de entretenimiento cultural. Estas precisiones pueden satisfacer a quienes pretendan un producto de estas características.

Tráiler: https://www.youtube.com/watch?v=w0OXjKLzoV0.

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