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A la caza del Oscar

Por Jorge Valle

Anunciada y vendida por sus productores como una de las grandes favoritas de cara a la próxima ceremonia de los Óscar, las expectativas en torno a la última película del director Lee Daniels estaban por las nubes. Uno no podía evitar sentirse atraído por esta increíble historia de superación personal y colectiva contra las injusticias raciales tan propias del ser humano. La premisa es, sin duda, atractiva y prometedora, comenzando por su indiscutible protagonista: Cecil Gaines (Forest Whitaker), un mayordomo afroamericano que trabajó en la Casa Blanca al servicio de los distintos presidentes de los EEUU que la fueron ocupando desde 1952 hasta 1986, por lo que vivió de primera mano la progresiva movilización de la comunidad negra contra los abusos de un sistema obsoleto y desigual. Pero las esperanzas de estar contemplando una gran película se desvanecen en el momento justo en el que comenzamos a oír esa voz en off tan propia de los telefilm de las cuatro de la tarde. El director navega indeciso entre el documental y el drama, sin que la película funcione como ninguno de los dos.

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Y es que El mayordomo solo provoca aburrimiento e indiferencia ante unos hechos que nos deberían contagiar toda su lava, pero la apuesta de Daniels por la sensiblería y la lágrima fácil hacen que todo sea blando y empalagoso. Cuesta reconocer al director de la notable Precious entre tanto tópico y tanta nada, y conforme avanza la película uno se da cuenta de que lo único que se pretende, en cada plano, acción y diálogo, e incluso en la elección de algún personaje secundario (Oprah Winfrey, John Cusack, Robin Williams), es conseguir el voto de unos académicos a quienes se les intenta vender un producto de fácil digestión pero vacío de alma y emoción. Todo parece visto y repetido, a pesar de que la historia sea asombrosa y singular por sí misma. De nuevo la fiebre que despierta la dorada y preciada estatuilla ha agotado las posibilidades de una cinta que prometía mucho más de lo finalmente ha acabado dando. La que sí podrá presumir seguramente de Óscar será una Oprah Winfrey que inyecta de vida y carisma todas y cada una de las escenas en las que aparece y, acompañada por la sincera y honesta mirada de un genial y contenido Forest Whitaker, evita que El mayordomo se convierta en un film menor y deficiente, a lo que contribuye también algún atisbo de genialidad por parte de su director –el montaje paralelo en el que Cecil separa las sillas para que se sienten los comensales blancos, mientras su hijo y otros activistas sufren la humillación por haberse sentado en el área restringida para los blancos en un restaurante-.

Impersonal y poco inspirada, El mayordomo se sostiene, además de por las interpretaciones antes señaladas, por lo insólito y curioso de su argumento, que nos enfrenta dos modelos antagónicos de enfrentarse a las injusticias sociales y raciales que han acompañado al hombre desde sus orígenes. Por un lado, el mayordomo que se somete a las reglas y al servicio del orden, y que busca ser un hombre de bien dentro de lo establecido, aunque en su interior sepa que se merece mucho más de lo que recibe. Y por otro lado, su hijo Louis (David Oyelowo), un activista que se rebela contra la inmoralidad y el infundado odio fruto del racismo americano. Y solo al final de su vida, ya retirado de su trabajo como mayordomo, el anciano y sabio Cecil comprenderá que son las personas como su hijo, con su insistente y sufrida lucha, las que han hecho posible que el mundo sea un lugar cada vez mejor y más justo, reflejado en ese final tan esperanzador como redentor y en las sinceras lágrimas de un Whitaker que ya roza el Óscar con la yema de los dedos.

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