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7 cajas

Por Enrique Fernández Lópiz

La película se desarrolla en el mercado 4 de Asunción, Paraguay, donde un joven llamado Víctor (Celso Franco) trabaja con una carretilla transportando mercancía para ganar algo de dinero. Junto a él, su inseparable amiga Liz (Lali González), quien le acompaña en sus peripecias. Pero la vida del mercado es muy competitiva y a la vez peligrosa, pues son muchos los carretilleros que se disputan el poco trabajo que hay, cada cual urgido por sus necesidades, algunas imperiosas, como ganar dinero para comprar una medicina vital para un hijo. Un buen día, le proponen a Víctor un singular trabajo: transportar siete cajas por el mercado dirigido por un teléfono móvil que le prestan para dirigir sus pasos, a cambio de una para él importante cantidad de dinero, cien dólares. Pero pronto se da cuenta que tal encargo es un trabajo que encierra algo turbio y peligroso, iniciándose aquí una trepidante historia trenzada por otras vidas y personajes del mercado. El suspense está servido.

Se trata del primer largometraje para el cine de una pareja de realizadores paraguayos con bastante tradición en cortos (Horno ardiente o Tercer timbre) y en la televisión de su país: Juan Carlos Maneglia y Tana Schembori. Estos directores están unidos por su amor al séptimo arte y la confianza en sí mismos. Si la película es buena, lo es más aún por cuanto el esfuerzo de esta pareja de directores es doble en un país como Paraguay donde no hay tradición cinematográfica. Se han salvado gracias sobre todo a la TV paraguaya con series como La Chuchi o González versus Bonetti que se proyectan en el horario central.

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La película es un thriller urbano que se desarrolla en el mercado de la ciudad de Asunción, en un ambiente deficitario y pobre. La cámara se mueve nerviosamente, con brío y con sabiduría, delante de los personajes, en primerísimos planos, en travellings magistrales y siguiendo las correrías frenéticas de un film vibrante de acción y de suspense.

Es destacable el guión del propio Maneglia, el montaje genial también de Maneglia y Zelada, la dirección artística de Spatuzza, la excelente música de Fran Villalba y las interpretaciones todas, desde los papeles principales de Celso Franco y Lali Gozález, pasando por el resto de papeles de Nico García, Paletita, Manu Portillo, Mario Toñánez, Nelly Dávalos o Roberto Cardozo.

Además de su interés como thriller, quiero destacar igualmente la surrealista trama que hace que en una noche ocurran mil aventuras y desventuras, de esas que sólo en los sueños y en las fantasías aparecen y que en la realidad parecen imposibles. En este sentido me ha recordado mucho a la película de Martin Scorsese que aquí se tituló Jo, qué noche (After Hours) de 1985. De otro lado, los personajes, incluso los peores, son dibujados con un toque tragicómico y naif que hace que a veces resulten divertidos o incluso simpáticos hasta los policías o los propios asesinos; sus facciones, sus diálogos (entre español y guaraní subtitulados, por cierto) y el encadenamiento de sucesos locos y desconcertantes convierten el film en una obra, como antes decía, cuasi onírica, con persecuciones de carretillas, embarazos inopinados, amores imprevistos entre un coreano y la empleada paraguaya de su padre, a la vez hermana del protagonista, y la afición por los celulares (móviles), por grabar las escenas, por salir en la TV. En resolución, una buena película que con escasos medios supera sobradamente tanto suspense y tanto thriller sangriento y de mal gusto propios del cine americano, de manera que atentos al cine que viene de otros lugares, hasta del Paraguay. ¡Chapeau pareja!

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