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3, 2, 1… Go!

Por Mª José Toledo

Vuelve Chris Columbus con su cine familiar acompañado de una bocanada de nostalgia por los ochenta, década que hace ya mucho que se fue pero que siempre parece quedarse. No es que regrese una y otra vez, sino que nunca se ha ido del todo. En esta ocasión, Pixels rememora los juegos Arcade que todos los chavales de entonces adoraban. Es triste pensar que las nuevas generaciones no saben lo que son los recreativos. ¿Lo sabes tú? Si estás poniendo cara de contrariedad es que nunca has oído el clic de la moneda al introducirse en la máquina ni te has quedado de pie horas y horas siguiendo la partida de ese chico que se pasaba todos los niveles y tú no. El mundo de los maltratados videojuegos (a causa de una errónea y extendida opinión que les culpabiliza de cualquier problema que manifieste un niño) ha evolucionado a un ritmo vertiginoso, así que este puede ser un buen momento para homenajear aquellos juegos en dos dimensiones que abrieron camino a los ultra modernos de hoy.

Más allá de acusaciones de copia y pega y de que ya existe un cortometraje de Patrick Jean que sirve de base, la idea de Pixels, original o no, es excelente, y es esa excelencia lo que nos mantiene atentos en la butaca. De qué va esto, os estaréis preguntando. Pues muy sencillo: de una invasión alienígena en forma de gráficos y personajes de videojuegos. ¿El resultado? Que la vida real se convierte en una gran máquina Arcade donde los humanos tendrán que combatir como si se encontrasen a los mandos del joystick. El planteamiento es de por sí muy divertido, inteligente y simpático, y una piensa esperanza que es imposible que salga mal. Solo tienes que jugar una partida y reírte del ingenio que supone ver por las calles de Nueva York al entrañable Pac-Man.

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Sin embargo, la cosa no sale. Es ver aparecer a Adam Sandler y la película pierde como mínimo una vida. Que no se me malinterprete: no es el actor, fustigado por muchos, lo que estropea Pixels, sino su personaje y lo que representa, porque es ese personaje y los valores que transmite lo que hace de Pixels un producto poco novedoso, gastado y sin carisma que está destinado a adultos que buscan sentirse identificados con el puñado de perdedores y cuarentones que salvarán el mundo. No era necesario, amigo Sandler, que el protagonista de esta alegre historia fuera el típico señor fracasado, inmaduro, deprimente y acabado que se arrastra por la vida y que por un golpe de fortuna logra todos sus sueños con apenas chasquear los dedos. Me repatea esta filosofía. Me cansa que se repita una y mil veces que un macho omega enamore a primera vista a la hembra alfa que se cruza en su camino. ¿Soy la única que encuentra ofensiva esta imagen del mundo de los jugones? En Pixels los catalogados como frikis parecen hacer una competición para ganar el premio a quién hace más tonterías. Me altera que la sociedad, y por lo tanto el cine, confunda lo estúpido con lo infantil y lo complejo con la adulto. Pixels no es infantil porque salga un niño como personaje secundario, se añadan bromas de fácil comprensión y el guión no necesite pensarse. Es para adultos, y además adultos hombres, porque los conflictos personales, los problemas que plantea, las aspiraciones, las actitudes y los fines son de personas mayores. Los niños, claro está, quedarán muy contentos con los juegos a escala real y su bonito colorido, quién no, pero serán los adultos quienes más disfruten de su actualización del pasado y de un humor mitad grueso, mitad liviano que logra sus mejores golpes de humor con un maravilloso Peter Dinklage, un actor que confirma lo bueno que es precisamente demostrando sus dotes cómicas.

Tras una primera parte de presentación y explicación que no estimula en absoluto, Pixels ofrece la verdadera diversión cuando entra por fin en la fase de juegos. Yo me he quedado con ganas de que aprovechasen más lo que me ha parecido que es el Arkanoid, un videojuego de interfaz sencilla y enorme jugabilidad que hubiera sido increíble ver adaptado al mundo humano y, a ser posible, como pantalla definitiva a la que enfrentarse; porque entonces sí que los protagonistas lo hubieran tenido realmente difícil y el desenlace nos hubiera puesto a todos de los nervios. Los efectos especiales son fantásticos y en la selecta banda sonora destacan temazos como el Surrender de Cheap Trick que abre y cierra la película.

Medianamente entretenida pero perjudicada por el patrón que domina la comedia comercial de los últimos tiempos, a Pixels le ha faltado una auténtica visión de niño. ¿Nos echamos una partida?

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