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12 trampas 2

Por Jon San José Beitia

La segunda parte del relativo éxito cosechado por 12 trampas, película protagonizada por el luchador de lucha libre John Cena, ofrece unas bases similares a su predecesora. Un argumento simple y con escasos diálogos, sirve de excusa para ofrecer un ritmo trepidante de acción, con alguna novedad en forma de moraleja, y para el lucimiento de la musculatura de otra estrella de la lucha libre, en este caso Randy Orton.

12 trampas parecen pocas, cuando uno llega a la conclusión del visionado de esta película termina con la sensación de que ha caído conscientemente en más de 12 trampas. Pero es lo que tiene lanzarse a ver una producción que tiene el sello de WWE, es la marca de la lucha libre, que intenta sacar partido de sus estrellas con producciones de bajo coste, que sirvan para embolsarse algún que otro beneficio.

Lo que ofrecen en 12 trampas, es cine de acción sin complejos, para los amantes del género de acción y del entretenimiento acompañado por palomitas. Sin grandes cuestiones ni planteamientos, nos sitúa sin demora en una sucesión de pruebas de vida o muerte a las que el protagonista debe hacer frente si quiere proteger la vida de su novia.

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Los motivos de que el protagonista esté en esa situación se irán desvelando a medida que avanza la trama pero no sorprenden y, en muchos momentos, llega a ser previsible todo lo que se cuenta y sucede.

Peca de una simplicidad excesiva y de imitar, consciente o inconscientemente, producciones recientes similares a Saw, donde un maníaco somete a pruebas de vida o muerte a sus protagonistas.

Por desgracia, las secuencias de acción no resultan tales y las pruebas no dejan la sensación de ser un verdadero peligro para el protagonista, a no ser que poner a prueba la inteligencia y dotes de deducción puedan considerarse un autentico riesgo.

Para una producción de estas características no se puede pedir mucho en el apartado argumental ni en el interpretativo, los diálogos brillan por su ausencia y digamos que Randy Orton hace el mismo teatro que en sus combates de lucha libre, pero nada destacable. Su presencia es simplemente un reclamo para los seguidores de la lucha libre.

Se agradece el intento por parte del guionista de ofrecer una historia con moraleja y de plantear algunas cuestiones alrededor de la justicia, el poder y la venganza, que sin profundizar mucho en el tema, logra ofrecer una ligera crítica social poco habitual en este tipo de productos.

El director y la compañía productora abusan del empleo de música cañera para las supuestas secuencias de acción, que no lo son tanto, intentando incrementar la sensación de riesgo y tensión de la situación, sin conseguirlo por completo. Deja más bien un extraño dolor de cabeza, ante el elevado volumen de la música, los movimientos de cámara bruscos, a base del empleo abusivo de zoom para plasmar las emociones fuertes.

En términos generales deja la impresión de ser un producto precocinado, preparado para el consumo de un público poco exigente, para el lucimiento de su estrella principal, que promete más acción y entretenimiento, del que realmente ofrece.

Pobre en su concepto y creación, a pesar de su corta duración, se hace larga, monótona y previsible, a pesar de todo, si hacen otras “12 trampas”, muchos volverán a caer en la misma trampa.

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