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12 años de esclavitud

Por Enrique Fernández Lópiz

Estamos ante una película que trata un acontecimiento real ocurrido en 1850, cuando Solomon Northup, un músico negro y libre que vivía en Nueva York con su familia una vida normal, es secuestrado y drogado por unos desconocidos para venderlo en el sur como esclavo, concretamente en Louisiana. Solomon, que siempre alberga la esperanza de recobrar su anterior vida, contempla en su actual circunstancia de esclavo, cómo a su alrededor, sus colegas de destino, hombres y mujeres, sucumben a las vejaciones, la tortura y al abuso de todo tipo, entrando en estado de desesperanza total muchos de ellos. A partir de ahí se desarrolla esta odisea, en la que el protagonista corre grandes riesgos, y pone su confianza en la gente más insospechada a fin de recobrar su libertad, lo cual por lo general le acarrea malas consecuencias.

Un enorme Steve McQueen dirige este film con un gran guión de John Ridley basado en la biografía de Solomon Northup, un negro libre del norte que pasó doce años de pesadilla esclavista. Una genial música de Hans Zimmer, banda sonora taciturna, contenida y minimalista, acompaña a una excelente fotografía de Sean Bobbitt, que a través de paisajes boscosos pero inhóspitos, adoba la historia de una gran desolación.

Y qué decir de las interpretaciones. El papel protagonista de Chiwetel Ejiofor es de una calidad excepcional y con toda seguridad será mencionado al Oscar en su modalidad de actor principal; pero es que el de Michael Fassbender es también un rol de gran intensidad como esclavista psicópata, alcohólico y violador. La escena suya en el momento del castigo a latigazos a la joven esclava, hace retumbar los corazones sensibles hacia el odio y la rabia, aunque en realidad sabes que estás asistiendo a una interpretación de lujo; pero tan de lujo que hasta se olvida la actuación en sí. Y en realidad es todo el reparto el que da un do de pecho coral sobresaliente: Sarah Paulson (la pareja de cuidado de Fassbender), el vendedor de esclavos Giamatti, el esclavista escrupuloso Cumberbatch, Paul Dano el capataz, o el civilizado canadiense que precipita el final, Brad Pitt. Todos están a cual mejor.

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Esta película se convertirá de seguro en un clásico. Su vehemencia, su realismo, su crudeza y una trama que aunque no lo parezca es muy actual, convierten a este film en una apología contra la trata de personas, contra la esclavitud y la explotación. Tal como si leyéramos al psiquiatra y psicólogo existencialista Victor Frankl (1905-1997) cuando refiere su experiencia en los campos de concentración nazi, en esta película destaca de manera principal la voluntad de vivir del ser humano que se encuentra en situaciones de extrema humillación, padecimiento y angustia. Esa es la fuerza que hace soportar todo lo insoportable a Solomon. Frankl refirió el concepto “optimismo trágico”: la capacidad de tolerar y afrontar con entereza e incluso optimismo, acontecimientos dramáticos, la pérdida de la libertad, el sufrimiento, la vejación, todos éstos extremos que enfrentan a una persona con sus interrogantes más profundos. En terminología del propio Frankl, estos acontecimientos y otros de gran envergadura dolorosa, se engloban como la “triada trágica de la vida”: el sufrimiento inevitable, la culpa inexcusable y la muerte inevadible.

Se me ocurre y asocio también que el insigne psicoanalista Erich Fromm (1900-1980) expuso interesantes ideas y observaciones sobre el temor del hombre a liberarse de sus ataduras sociales y morales convencionales para atreverse a ser genuinamente libre (El miedo a la libertad). Y entonces, al ver esta película, uno se da cuenta del esfuerzo y enorme batalla interna que se ha de desplegar, cuando la libertad se pierde en toda su crudeza y alguien tiene que deshacerse, no ya del yugo físico meramente, sino de la sombra introyectada del opresor que entra dentro del esclavo y lo aliena hasta límites insospechados.

Quizá a muchos espectadores les chirríe la crudeza de muchas escenas, pero si uno se deja llevar por la excelencia del film, entonces puede atisbar una especie de identificación con el oprimido, que pone en claro la necesidad de que esa escenografía sangrienta y cruel se proyecte en la pantalla a modo de denuncia. Y como decía, no sólo a modo de denuncia de lo que fue en aquel siglo XIX en la América del Norte de pre Guerra de Secesión, sino de lo que ocurre hoy día, pues es en este mundo en que vivimos cuando la trata de personas cobra una relevancia inusitada en la prostitución, los trabajos humillantes para gentes del tercer mundo, la utilización de personas para forzarlas a delinquir por unas monedas, los niños soldados, y tantos ejemplos que colocan a esta cinta en un tema de absoluta actualidad y vigencia.

Este tipo de películas son necesarias; son filmes que tratan con honorabilidad y valor el núcleo que diferencia a un ser humano de quien no merece ser llamado así. Al ser humano civilizado, de la bestia inmunda capaz de las mayores atrocidades. Es, pues, un film de ayer y de siempre, y en particular de los tiempos que corren. No hay más que leer la prensa.

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